Vivimos el tiempo pascual, un tiempo que se prolonga a lo largo de cincuenta días y que nos lleva hacia la celebración de Pentecostés. A lo largo del año litúrgico se nos invita a revivir los principales acontecimientos de la historia de la salvación, no se trata de recordarlo de forma rutinaria, sino que esta memoria nos permita, recordando los cimientos de nuestra fe, seguir avanzando hacia el Reino.
Cristo es la puerta que nos permite acceder a este camino, una ruta que a veces no nos parece muy cómoda, pero que es el camino seguro que Cristo nos ha mostrado. Su encarnación, su magisterio, su pasión, su muerte, su resurrección y su ascensión al cielo para sentarse a la derecha del Padre, no son simples acontecimientos, son hitos que nos marcan y abren el camino de la salvación.
Todo lo que Él nos ha enseñado nos sirve de bagaje para recorrer el camino, nos sirve de ejemplo. Él no quiso ahorrarse nada de lo que supone nuestra vida, quiso compartirla y todo lo hizo por amor. Puede parecer a veces una contradicción, que quien lo tenía todo a su alcance renunciara a ella para sufrir nuestra misma debilidad. Para abrirnos la puerta hacia Dios, quiso hacerlo desde dentro, y nos mostraba en cuanto llegar es posible, no por nuestros méritos, sino por su gran misericordia y ese amor hasta el extremo que el mismo Cristo experimentó y nos mostró.
La vida, la vida humana es un don inmenso, no es un don que se nos entrega en vano; vivirla y amarla como un don nos obliga a defenderla desde el mismo momento de la concepción hasta el final que, querido por Dios, se convierte en la puerta que nos conduce al Padre. El camino para llegar no siempre es llano, lo vemos día tras día a nuestro alrededor: hay quien se juega la vida para sobrevivir, hay quien ve la muerte como una esperanza liberadora del sufrimiento humano, hay gente que vive verdaderamente desde la desesperanza a la que el mundo nos aboca a menudo.
La fe, nuestra experiencia de Cristo resucitado, debe empujarnos a ser mensajeros de esperanza, a mostrar que en el camino de la vida, aunque recorrerlo sea difícil -a veces muy muy difícil- siempre hay lugar para la esperanza, siempre encontraremos esa puerta que es Cristo mismo, que nos abre una nueva perspectiva. Situaciones de angustia, de dolor físico y moral, hambre y guerras, odios y desprecios son los obstáculos de la esperanza. Cristo se hizo hombre para estar junto a quien sufre, y nos invita a nosotros a estar también, siempre desde el amor a Dios ya los demás. Escribe un padre sobre la experiencia de la vida con su hija que no habla, sólo sonríe, abraza y ama: «la verdad, sin embargo, es que el amanecer siempre acaba llegando, quién sabe si demasiado tardía o demasiado temprana. Albada en que se abre paso a la certeza de que las despedidas nunca lo son del todo.» ( Sin palabras de Francesc Brunés).
Cristo es la puerta de la esperanza, Cristo es ese amanecer. Debemos ayudar a quien nos rodea a encontrarla ya reconocerla.
Share this…







