En Múrmansk, la Navidad es siempre blanca Navidad. Porque siempre, cada día y cada hora del día, está todo helado. No es difícil imaginarse el frío. Aquí, además, la Navidad nos llega después del Adviento. Como en todas partes, me podrán decir. Sí, es cierto, pero permítanme que presuma de que aquí, en pleno Círculo Polar, se confiesa el 99,95 % de los parroquianos. Que a la gente le gusta recibir al Niño Jesús con el corazón limpio. Como Dios quiere. No celebramos la Misa del Gallo, porque las doce de la noche es muy tarde y, como también comprenderán, hay serios problemas con el transporte. Además, ni que decir tiene que está muy oscuro, pues, como se ve en tantos y tantos documentales, en este lugar recóndito siempre vivimos la Navidad en plena noche polar, con un mínimo de luz natural al día. Solemos tener la Eucaristía a las siete de la tarde, y participan, de media, unas 60-70 personas. Para los ambientes rusos, está muy bien. Cuando suena el «Gloria a Dios en los cielos», encendemos las luces y suenan las campanas. Entonces, se siente que de verdad algo está pasando.
Hay una tradición de origen polaca que resulta muy sugerente y que ayuda a sentir el espíritu de la Navidad. Después de la Misa, nos reunimos en la sala grande, donde celebramos la Pascua, la Navidad, a san Miguel —el patrono de la parroquia— o al padre Claret y nos deseamos mutuamente todo lo mejor, compartiendo un pedacito de oblatka —un trocito de la oblea que cada uno tiene— que simboliza la comunión entre nosotros. En la parroquia compartimos las obleas, y en las casas, después, antes de la cena, se vuelve a hacer con los familiares y conocidos. Sin duda alguna, se trata de una bonita tradición.
Este año, el 24 de diciembre cae en domingo. Así que celebraremos a mediodía la Misa del cuarto domingo de Adviento y, a las 19:00 horas, la Misa de Nochebuena. El calendario es lo que tiene. Porque cada año intento transmitir a nuestros parroquianos que no importa las veces que hayas vivido el Adviento, pues siempre es diferente. Cada año, tú has cambiado, has madurado, has vivido nuevas experiencias. Y cada año, en Navidad, recordamos que para Dios no hay nada imposible. Su amor es tan grande que se hizo hombre para poder amar en nosotros lo que amaba en su Hijo.
Con esa esperanza, sabiendo que el amor de Dios todo lo puede, hemos vivido las Navidades otros años. En este 2023, con varias guerras abiertas —alguna muy cercana— y con las fronteras cerrándose, seguiremos rezando al Príncipe de la paz para que vuelva a nacer en el corazón de cada uno de nosotros. Para que el nuevo año venidero sea un poco mejor.
Ese es el misterio de la Navidad. Así esperamos celebrar este año en la parroquia de san Miguel Arcángel, en Múrmansk, desde el norte de la gélida Rusia.








