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El Papa llama a reflexionar sobre el asombro y la gratitud ante la Eucaristía

Durante el Ángelus, Francisco resaltó la sencillez de Jesús al identificarse con «el alimento más común y cotidiano, el pan», y recordó la necesidad del sacramento.

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo» (Jn 6,51). Este fue el pasaje elegido el domingo por el Papa para reflexionar durante el rezo del Ángelus sobre la «sencillez» de Jesús. «Ante la multitud, el Hijo de Dios se identifica con el alimento más común y cotidiano, el pan», en palabras recogidas por el departamento de Comunicación de El Vaticano.

Semejante declaración, recordó Francisco, los que escuchaban empezaron a discutir: «’¿Cómo puede Jesús darnos a comer su propia carne?’ También nosotros nos hacemos hoy esta pregunta, pero con asombro y gratitud». En definitiva, dos actitudes sobre las que reflexionar «ante el milagro de la Eucaristía».

Jesús siempre nos sorprende, «incluso hoy, en su propia vida». Pero la Eucaristía lo desborda todo: «El pan del cielo es un don que supera todas las expectativas. Quien no capta el estilo de Jesús sigue desconfiando: parece imposible, incluso inhumano, comer la carne de otro (cf. v. 54). La carne y la sangre, en cambio, son la humanidad del Salvador, su propia vida ofrecida como alimento para la nuestra». 

Esto nos lleva a la segunda actitud, la gratitud, «porque reconocemos a Jesús allí donde está presente para nosotros y con nosotros. Él se hace pan para nosotros. ‘El que come mi carne permanece en mí y yo en él’ (cf. v. 56). El Cristo, verdadero hombre, sabe bien que hay que comer para vivir. Pero también sabe que esto no basta. Después de haber multiplicado el pan terrenal (cf. Jn 6,1-14), prepara un don aún mayor: Él mismo se convierte en verdadera comida y verdadera bebida (cf. v. 55)». 

Todos necesitamos la Eucaristía

El pan celestial, que viene del Padre, continuó el Papa, «es el mismo Hijo hecho carne por nosotros. Este alimento nos es más que necesario, porque sacia el hambre de esperanza, el hambre de verdad, el hambre de salvación que todos sentimos, no en el estómago, sino en el corazón. La Eucaristía nos es necesaria, a todos».

Porque «Jesús se ocupa de la mayor necesidad: nos salva, alimentando nuestra vida con la suya, y esto, para siempre. Y gracias a Él podemos vivir en comunión con Dios y entre nosotros». Pero, advirtió Francisco, «el pan vivo y verdadero no es algo mágico; no es una cosa que resuelve de repente todos los problemas, sino que es el Cuerpo mismo de Cristo, que da esperanza a los pobres y vence la arrogancia de los que se jactan en su detrimento».

Por eso concluyó el Santo Padre el Ángelus instando a preguntarnos «¿Tengo hambre y sed de salvación, no sólo para mí, sino para todos mis hermanos? Cuando recibo la Eucaristía, que es el milagro de la misericordia, ¿soy capaz de maravillarme ante el Cuerpo del Señor, muerto y resucitado por nosotros?

Después del Ángelus, el Papa recordó la beatificación en la República Democrática del Congo de Luigi Carrara, Giovanni Didoné y Vittorio Faccin, misioneros javerianos italianos, junto con Albert Joubert, sacerdote congoleño, asesinados en aquel país el 28 de noviembre de 1964. También instó a seguir rezando por la paz en Oriente Medio, Palestina, Israel, Ucrania, Myanmar y todas zonas en guerra, y envió un especial saludo a los peregrinos del Estado de São Paulo, en Brasil, a las Hermanas de Santa Isabe, a las mujeres y a las jóvenes reunidas en el santuario mariano de Piekary Šląskie, en Polonia, y a los jóvenes de la Inmaculada.

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