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Sínodo: humor sin miedo, con amor

En un mundo tan saturado de mensajes, para captar la atención de alguien se necesita uno de estos ingredientes: hacerlo llorar, reír o asustarlo. Desde el equipo de comunicación de la Secretaría General del Sínodo hemos optado por ir a contracorriente, sin dejarnos llevar ni por el miedo ni por esos fantasmas que alteran la lucidez y reducen la esperanza: los tópicos que deambulaban antes de que comenzaran los propios trabajos de la asamblea sinodal. Eso sí, ha habido un ingrediente que hemos cultivado como equipo de variopintas nacionalidades: la risa. Quizá por ser obedientes a lo que el Papa nos repetía: «¡No pierdan el sentido del humor!». Quizá también por el estilo de fino humor inglés que el padre Radcliffe ha impregnado en sus meditaciones.

En esta segunda sesión de la Asamblea General del Sínodo los participantes ya se conocían. Sabían la «dinámica del juego». Esto quita un poco de emoción, pero hace que el ambiente sea sereno, ayude en la reflexión y al compartir. Impresionaban los momentos de silencio en el Aula Pablo VI, siguiendo el método de la conversación en el Espíritu. Tampoco eran tan novedosas las mesas redondas, porque nos habituamos pronto a las imágenes. Sin embargo, los que estaban sentados en torno a las mesas han sido conscientes de la multiculturalidad de la que está conformada nuestra Iglesia, nunca mejor dicho «católica». Pasar de multiculturalidad a interculturalidad, a conocerse, respetarse, valorar las diferentes tradiciones que nos aportan los otros ha sido, a mi modo de ver, un ejercicio transformador y estimulante, una oportunidad para conocer y profundizar en las realidades que están detrás de cada uno de los participantes. Asimismo, siguiendo las reflexiones de la madre Maria Ignazia Angelini para hacer vida del «Evangelio de las relaciones», que es el de san Lucas. La Iglesia es una comunidad de peregrinos que pone su grano de arena al cambio del mundo, de toda la familia humana, en comunidad de camino, para ayudar a extender la dinámica del compartir.

Un mismo pueblo

En los testimonios que hemos ido recogiendo en las declaraciones en vídeo o en los boletines, se ha tratado precisamente de exponer tanto la riqueza de lo vivido en las diócesis como lo que supone la experiencia sinodal concreta en el Aula Nervi. Uno de los aspectos que más nos ha llamado la atención es que los testimonios hablan por sí mismos de una «experiencia transformativa» para los padres y madres sinodales. Hacer entrevistas te da pie a tener momentos de encuentro con los entrevistados que, por lo general, mostraban gratitud y satisfacción por estar viviendo este momento histórico de la Iglesia, entroncado con el Vaticano II. No he notado ni miedos ni reticencias. Quizá alguno ha sentido que el proceso va más lento de lo que esperaba, pero la dinámica de generar consensos proporciona la involucración de todos, acogiendo las diferencias —e incluso comprendiéndolas— y exponiendo los propios sueños para la Iglesia, en la que resuena con fuerza que todos en la misma formamos parte del pueblo de Dios, enraizado en nuestro Bautismo. No es el descubrimiento de la pólvora, pero sí es una toma de conciencia fuerte de lo que supone la gracia bautismal en la vida eclesial y en los desafíos que se nos presentan, al aire de la libertad del Espíritu que manifiesta sus dones de manera diferente en cada bautizado. Estos dones y ministerios han de estar al servicio de la misión, cosa que se ha ido explorando hondamente en las congregaciones generales y trabajos grupales. No es una tarea cerrada, en la que se han de proporcionar los medios para una mayor participación de los laicos, mujeres y hombres, en consonancia con las exigencias pastorales de nuestro tiempo.

No se me olvidará tampoco la actitud del Papa y su paciencia para escuchar a los que se le iban acercando antes o después de las congregaciones generales. «¡Qué paciencia tiene usted, Santo Padre!», le dijo alguien. A lo que respondió Francisco: «Más paciencia tiene Dios conmigo». Sin duda, una clave interesante para aplicar en el futuro. 

El documento final

El documento final, que ha concentrado las respuestas de los grupos a lo largo del mes, es lo suficientemente flexible para poder implementar la nota sinodal misionera en las diferentes diócesis y comunidades. No es algo estrecho, ni encorsetado, pero sí contiene propuestas que se han de ir desarrollando en los próximos años. Uno de los puntos más fuertes, según mi opinión, y creo que una de las grandes aportaciones del actual pontificado, es el del discernimiento. El discernimiento como base para madurar las decisiones y el proceso que está en torno a las mismas, que concentre la adhesión, teniendo en cuenta que no todos han de estar de acuerdo con todo, con un tiempo de acogida, transparencia, verificación y evaluación.

Culmina la segunda sesión de la Asamblea del Sínodo sobre la Sinodalidad; no obstante, no somos ya evidentemente totalmente sinodales. Esto es un proceso más pausado, como en la buena cocina algunos platos hay que hacerlos a fuego lento. El fuego del Espíritu que va entrando por las rendijas de la frialdad, la pasividad y la rutina.  Comunicativamente, resultaba extraño que un par de días antes de la clausura de la asamblea el Papa publicara su encíclica sobre el Corazón de Jesús. Quizá ese Corazón y el Sínodo estén íntimamente relacionados. Quizá esta opción papal tenga algo importante que decirnos a través de este texto magisterial en su petición final: «Pido al Señor Jesucristo que de su Corazón santo broten para todos nosotros esos ríos de agua viva que sanen las heridas que nos causamos, que fortalezcan la capacidad de amar y de servir, que nos impulsen para que aprendamos a caminar juntos hacia un mundo justo, solidario y fraterno. Eso será hasta que celebremos felizmente unidos el banquete del Reino celestial. Allí estará Cristo resucitado, armonizando todas nuestras diferencias con la luz que brota incesantemente de su Corazón abierto».  

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