Auxi Rueda, directora de Comunicación de la diócesis de Ávila, acaba de publicar Atrincherados. Una pandemia que nos cambió la vida
Recuerdo perfectamente el 14 de marzo de hace cinco años. Era un sábado lluvioso. Parecía como si el tiempo hubiera querido ir conjuntado con nuestro estado de ánimo. Era un sábado, sí, pero, para los que nos dedicamos a la comunicación, fue probablemente uno de los días de mayor actividad de aquellas semanas.
Llevábamos días escuchando hablar de un virus que estaba dejando en todo el mundo unas cifras de contagios y de fallecidos como nunca habíamos visto en la Historia más reciente. Días barruntando qué se podía hacer al respecto, para frenar aquella escalada pandémica que parecía no tener fin. Días especulando con algo de lo que apenas habíamos escuchado hablar antes: Estado de Alarma.
Y se hizo realidad, aquel lluvioso sábado 14 de marzo de 2020. No fuimos pocos los que tuvimos que recurrir al texto de la Constitución para tener claro qué implicaba aquella declaración que acababa de pronunciar el Presidente del Gobierno. Un cierre total del país, que nos avocaba a una situación totalmente nueva e inesperada, generando una asfixiante incertidumbre.
Aquel 14 de marzo cambió nuestra vida por completo. También para la Iglesia. Muchos de nuestros templos se cerraron, pero nuestros sacerdotes no permanecieron escondidos ni con miedo. Al contrario, supieron buscar las herramientas necesarias para escenificar una cercanía total con el pueblo, haciéndose presentes en la cotidianeidad de una rutina totalmente cambiada, así como en el sufrimiento y en la muerte que se hicieron uno en aquellos días.
Aquel 14 de marzo, la Iglesia comenzó a ser un verdadero hospital de campaña, con un trabajo excepcionalmente excepcional, que, lamentablemente, creo que no se le ha dado la importancia que realmente se merece. Más allá de un compendio de medidas anti contagios (que también fueron la tónica en aquellos primeros días), la Iglesia supo estar ahí, 24/7, pendiente de quienes la necesitaban, que no fueron pocos. Ofreciendo consuelo en la tribulación, así como las orientaciones pastorales necesarias para vivir el sufrimiento en clave de fe y esperanza.
Muchos recordaremos aquellas Misas retransmitidas «rudimentariamente» por Instagram, charlas de algunos sacerdotes en streaming, las propuestas para vivir la Cuaresma y la Semana Santa desde casa. Y en la memoria colectiva quedará la sobrecogedora bendición en soledad que realizó el Papa Francisco en una vacía Plaza de San Pedro, recordando la esperanza en Cristo en medio de la tempestad. «No nos abandones…».
«Iglesia online» llegó a ser una de las búsquedas más consultadas en Google en aquellos meses de encierro. Prueba de que el hombre necesita de la fe para superar la dificultad. Y supimos estar ahí, en aquellos momentos tan complejos. Con muchos errores, por supuesto. Con pocos medios para hacer retransmisiones de gran calidad. Pero estando, acompañando, siendo cercanos.
Me siento tremendamente orgullosa del trabajo que hicimos todos en aquellos días, especialmente de mis compañeros, de todos cuantos se esfuerzan día a día por ser la voz que lo que es y lo que hace la Iglesia en España. Logramos muchos hitos superando nuestros propios miedos. Y es de justicia reconocerlo.
“Recordar” significa “volver a pasar por el corazón”. Por eso, he querido hacer pasar por mi corazón todos aquellos momentos tan intensos que comenzaron hace justo hoy cinco años. Y he recopilado todas esas experiencias en un libro que acaba de ver la luz. “Atrincherados” es un diario muy personal, una memoria viva de esos meses de aislamiento. Una manera de acercarnos a comprobar aquel esfuerzo ímprobo de las personas, de las familias, y también de la Iglesia, para cuidarnos, para cuidar a los demás, y para hacer frente al dolor y el sufrimiento.
Atrincherados está ya disponible en Amazon: en este enlace. Deseo que su lectura sea para todos un signo de cómo, en medio de las sombras más profundas, supimos encontrar la luz. Que nunca se nos olvide.







