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Péter Erdő, el cardenal húngaro de Juan Pablo II que sufrió el comunismo y apuesta por el diálogo interreligioso

A sus 72 años, acredita una vasta experiencia y sólida formación académica. En su momento, fue el más joven entre todos los cardenales, hoy es, por experiencia y firmeza doctrinal, una figura central en las discusiones sobre el futuro de la Iglesia

El cardenal Péter Erdő, arzobispo de Esztergom-Budapest, sede primada de Hungría, ha emergido en las últimas semanas como una figura destacada dentro del inminente Cónclave. Reconocido por su ortodoxia doctrinal, se destaca de este cardenal creado por san Juan Pablo II su profundo dominio del derecho canónico y habilidad para el diálogo interreligioso. Además, el húngaro ha desempeñado durante décadas un rol central en la estructura de la Iglesia católica.

Nacido el 25 de junio de 1952 en Budapest, Erdő creció en un hogar cristiano sometido a la fuerte represión del régimen comunista, una experiencia que, según ha reconocido en numerosas ocasiones, influyó significativamente en su vida y vocación religiosa. Completó sus estudios seminarísticos en Esztergom y Budapest, y posteriormente alcanzó sus doctorados en Teología y Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

Tras ser ordenado sacerdote en 1975, el actual arzobispo de Esztergom-Budapest se dedicó a la enseñanza y la investigación. Fue rector del Instituto Pontificio Húngaro en Roma y profesor en la prestigiosa Universidad Gregoriana de la capital. Su experiencia académica, y muy en particular su profundo conocimiento del derecho canónico, le ha granjeado reconocimiento internacional. No es de extrañar, por tanto, que su ascenso en la jerarquía eclesiástica haya sido notable. En 2002, el papa Juan Pablo II lo nombró arzobispo de Esztergom-Budapest y, solo un año después, fue creado cardenal, el más joven del sacro colegio en aquel momento. En 2005 y 2006, consolidó su liderazgo al ser elegido presidente de la Conferencia Episcopal Húngara y del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa, respectivamente.

Así las cosas, Erdő ha participado activamente en sínodos de obispos, desempeñando el importante papel de relator general en los Sínodos sobre la Familia desarrollados durante el pontificado de Francisco en 2014 y 2015. Aunque sus propuestas en estos sínodos no siempre coincidieron plenamente con la «visión pastoral del Papa», se esforzó siempre en poner énfasis en los aspectos positivos de los documentos finales.

Desde el punto de vista doctrinal, Erdő es reconocido entre los cardenales por su firme defensa de la doctrina tradicional de la Iglesia, y por no rehúir ningún debate político, por peliagudo que sea. Sus relaciones y supuesta simpatía con el gobierno húngaro de Viktor Orbán han sido motivo de suspicacia entre sus críticos.

Del mismo modo, Erdő ha sido un firme promotor del diálogo interreligioso, habiendo trabajado duramente para mejorar las relaciones con otras confesiones cristianas y comunidades judías. En 2012, participó en la Marcha por la vida en Budapest, conmemorando a las víctimas del Holocausto nazi y declarando que «el antisemitismo no tiene cabida dentro del cristianismo». Su conocimiento de idiomas, incluyendo el ruso, le ha facilitado trabar relaciones con líderes ortodoxos, como el patriarca Kirill de Moscú. Estas relaciones son muy valiosas en los esfuerzos diplomáticos acometidos por la Santa Sede, especialmente en contextos geopolíticos complejos como el de la invasión de Ucrania.

A sus 72 años —una edad óptima para un cardenal—, acredita una vasta experiencia, sólida formación académica y roles de liderazgo que lo convierten en un líder entre los purpurados. Nadie duda de que Péter Erdő, quien en su día fuera el más joven de todos los cardenales, es hoy, por experiencia y firmeza doctrinal, una figura central en las discusiones sobre el futuro liderazgo de la Iglesia.

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