El nuevo Papa llevaba dos años en Roma trabajando con Francisco pero conocía a su predecesor desde que este era obispo de Buenos Aires
Hace solo unos días, tras la muerte del papa Francisco, el cardenal Robert Prevost, entonces prefecto del Dicasterio para los Obispos, compartió en una entrevista para Vatican News sus recuerdos sobre el Pontífice fallecido, a quien conoció cuando era arzobispo de Buenos Aires. Le describió como «un hombre que quería vivir el Evangelio con autenticidad, con coherencia». Destacó de manera particular su «auténtico corazón cristiano», su generosidad, su caridad y un constante deseo de «vivir esta dimensión del Evangelio hasta estos últimos días». Y también su amor a la Iglesia y la voluntad de «darlo todo para servirla», junto a su gran sentido de la responsabilidad.
Los gestos de Francisco, señaló el cardenal, «hablan con mucha elocuencia». Entre ellos, Prevost recordó la cercanía especial a los pobres y a los que sufren. El Papa anhelaba una «Iglesia pobre, que camina con los pobres, que sirve a los pobres». Prevost coincidía con Francisco en que el mensaje del Evangelio se comprende mejor desde la experiencia de los pobres, y consideraba que el Pontífice dejó un gran ejemplo en este sentido para el mundo y para él personalmente, especialmente por su labor como obispo en Perú.
El cardenal compartió anécdotas personales con él. Recordó la preocupación constante del Papa por el pueblo de Perú cuando Prevost era obispo en Chiclayo . Como demostró durante la visita apostólica a Perú en 2018, cuando Francisco se bajó del coche para saludar personalmente a una mujer ciega de 99 años que había viajado para verlo. «Nos ha dejado muchos ejemplos así», afirmó Prevost, destacando que, en su hermosa humanidad, el Papa quiso vivir y transmitir el Evangelio. Otros ejemplos que son muestra de ello fueron su primer viaje apostólico a Lampedusa, mostrando cercanía a los migrantes; la carta escrita en febrero pasado a los obispos de Estados Unidos sobre la importancia de estar cerca de los que sufren, en el contexto de programas de deportación; o su última visita a la cárcel de Regina Coeli el Jueves Santo, un gesto que «lo dice todo» sobre su deseo de estar con los presos a pesar de sus problemas de salud, para comunicarles amor y cercanía.
Prevost también subrayó la alegría de Francisco, expresada en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, y que nos recuerda la importancia de vivir la alegría del Evangelio y de la fe. Recordó cómo el Papa a menudo le decía, al final de sus encuentros semanales, «no pierdas el sentido del humor, tienes que sonreír», citando la oración de Santo Tomás Moro para afrontar responsabilidades con confianza en la gracia.
Durante dos años, mientras Prevost fue Prefecto del Dicasterio para los Obispos, tuvo una cita fija con el Papa todos los sábados por la mañana, a menudo con el Pontífice esperándolo antes de la hora acordada. Prevost lo describió como siempre «muy bien informado de las cosas» y que no escatimó esfuerzos en servir a la Iglesia.
Sobre el legado del pontificado, el Cardenal Prevost destacó el espíritu de querer continuar el camino iniciado con el Concilio Vaticano II, la necesidad de una Iglesia que siempre se reforma («Ecclesia semper reformanda est»). El Papa transmitió la convicción de que «no podemos detenernos, no podemos volver atrás», sino que debemos discernir cómo el Espíritu Santo quiere que sea la Iglesia en el mundo actual, adaptando la manera de anunciar el mensaje de Jesucristo a la gente de hoy. Dejó un mensaje fuerte a las autoridades del mundo, invitando a ir «hacia adelante».
Tras la pérdida de Francisco, el cardenal Prevost reconoció que es difícil evaluar plenamente el legado del Papa y que era un tiempo para vivir primero en silencio, con profunda reflexión y gratitud. E instó a vivir la muerte de Francisco, un momento similar al Sábado Santo, abrazando el gran misterio de la vida.








