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Papa León XIV y Luis Marín

Luis Marín de San Martín: «León XIV nos guiará en el mundo nuevo que está surgiendo»

El nuevo Papa fue decisivo en la vida de Luis Marín, pues siendo prior de la Orden de San Agustín lo llamó a Roma, donde comenzó una gran amistad

Luis Marín de San Martín, obispo, subsecretario general del Sínodo, todavía habla de León XIV como Roberto. Son los años compartidos en el día a día de la oración, la Eucaristía y la misión al servicio de la Iglesia desde la Orden de San Agustín. Fue Robert F. Prevost quien llevó a Roma a nuestro entrevistado para encargarle el archivo general de la orden. Pero, además, cuando fue enviado por el papa Francisco a Chiclayo, también reclamó a Luis Marín para ayudar a formar a su clero. Con todo este bagaje, puede decir que el nuevo papa es reflexivo, sistemático, tranquilo, decidido, de gran humanidad. Un hombre de oración y muy implicado socialmente. Es reservado con sus emociones, lo cual no quiere decir que no las tenga. La emoción contenida en el momento que se presentó ante el mundo es un buen ejemplo de ello. Hablamos con Luis Marín del nuevo Papa, su amigo Roberto.

—¿Le sorprendió la elección de Robert F. Prevost como papa? ¿Qué se le pasó por la cabeza cuando escuchó su nombre?
—Los primeros momentos fueron una explosión de gozo profundo, alegría y gratitud. La verdad es que aparecen muchos sentimientos. Más que por la cabeza, todo pasa por el corazón. Yo esperaba y deseaba que fuera elegido él. Mi único papable era Roberto. Me parecía la persona indicada, entre otras cosas, por su capacidad y sus cualidades. Estaba en boca de muchos cardenales. Era muy respetado en la Curia Romana, en un ambiente que, en ocasiones, resulta complejo. Sin embargo, nunca ha buscado los focos ni las cámaras, porque su carácter no es de estar en los medios de comunicación, sino de trabajar con tranquilidad y cumplir la tarea encomendada. Sé que para él es difícil otro cambio en su vida, aunque todos los anteriores los ha asumido con mucha paz, pero es un hombre disponible a la Iglesia, que confía en el Señor y se deja guiar por el Espíritu.

—Usted lo conoce bien. ¿Desde cuándo?
—Desde que fue prior general. Lo conocí cuando visitó las comunidades de España. Yo era en aquel momento el prior en el Monasterio de Santa María de La Vid, muy cerca de Aranda de Duero. Luego coincidimos en Roma. Fue él quien me trajo aquí para ser archivero general y miembro de algunas comisiones de la Orden. Compartimos la vida cotidiana. Fueron cinco años de hermosa convivencia. Luego, el Papa lo envió a Chiclayo como obispo y, estando allí, me llamó para ofrecer un curso de formación permanente a sus sacerdotes. Estuve en Chiclayo, conocí la gente, los sacerdotes, celebré en la catedral… Cuando ya estaba trabajando en el Sínodo, me pidió que explicara la sinodalidad al clero, y tuvimos varios encuentros telemáticos. Ya en Roma, volvimos a compartir oración, Eucaristía, comidas y diálogo cuando venía por aquí. También el trabajo sinodal.

—Ustedes que han compartido oración. ¿Cómo reza el nuevo papa?
—Es un hombre de profunda oración, un hombre contemplativo. Siempre llegaba antes a la capilla para permanecer un rato a solas con el Señor. Además, celebra la Eucaristía con gran devoción y, a la vez, con sencillez, sin artificios. No es «espiritualista», sino que la oración le lleva a implicarse en la vida cotidiana.

—Hablaba ahora de la formación. ¿Qué importancia le da el nuevo Papa?
—Este es uno de los grandes retos actuales de la Iglesia. Roberto Prevost cuidó mucho la formación y fue un excelente formador. Hay que estar bien preparados. Todos, pero de forma especial los ministros ordenados. Por la dignidad del mensaje, pues no se puede anunciar el Evangelio de cualquier manera; por la dignidad de las personas a las que se dirige, que tienen derecho a recibir adecuadamente el anuncio; y por la efectividad, que necesita preparación y conocer los contextos.

—En sus primeras intervenciones ha citado la Rerum novarum de León XIII, de quien ha tomado el nombre, o el Concilio Vaticano II, que situaron a la Iglesia ante un mundo nuevo. ¿Lo hará también León XIV?
—León XIV es hijo del Concilio Vaticano II y va a seguir desarrollando su eclesiología: la sinodalidad, la corresponsabilidad y la evangelización, leyendo atentamente los signos de los tiempos. León XIV nos guiará en el mundo nuevo que está surgiendo; dará respuesta a sus retos, a sus necesidades. Por ejemplo, es importante abordar el tema de la inteligencia artificial, los medios de comunicación y tantas otras cuestiones actuales, para responder con nuevos lenguajes y nuevas presencias al desafío evangelizador. Si no llega el mensaje, se frustra la evangelización. León XIV es una persona abierta a los retos culturales y uno de ellos es la presencia ineludible de la Iglesia como generadora de cultura desde la fe cristiana. 

—Es un hombre que sabe leer los signos de los tiempos… ¿Qué otras cualidades destacaría de León XIV?
—En primer lugar, hablaría de las cualidades espirituales. Es un hombre de Dios, y esto le lleva a amar a la Iglesia, a estar disponible y a trabajar por la misión, la evangelización y la justicia social. Está abierto a la renovación de la Iglesia, entendida como coherencia, y se implica en ella. Entre las cualidades humanas, destacaría que es un hombre profundo, reflexivo, sistemático.  No suele improvisar. Es tranquilo y a la vez decidido, reservado con sus emociones y de gran humanidad. Sabe escuchar, no confronta, sino que une e integra. Tiene una gran capacidad de gobierno y sabe liderar. Y, como buen agustino, es intensamente comunitario. Posee también un gran sentido pastoral. Se hace enseguida con la gente, por su capacidad para conectar con todos, dada su sencillez y cercanía.

—¿Le ayudará en el ministerio petrino haber sido prior general de la Orden de San Agustín?
—Además de acreditar su capacidad de gobierno, esta experiencia le ha dado una visión amplia del mundo y de la Iglesia. Ha visitado todos los continentes para conocer cada una de las comunidades y hablar con cada fraile. Valora y asume la pluralidad de la Iglesia, que es uno de los grandes desafíos actuales y que el Sínodo ha puesto de manifiesto. Durante los próximos años deberemos profundizar la relación entre las dimensiones comunitaria, colegial y personal de cada Iglesia local y de toda la Iglesia. El Papa tiene cualidades, formación y experiencia suficientes para abordar esta tarea.

—Se presentó en la Logia de las Bendiciones de la basílica de San Pedro como hijo de san Agustín. ¿Qué le puede aportar la espiritualidad agustiniana en la tarea de guiar a la Iglesia?
—El ser agustino podemos decir que «imprime carácter». Pero esto no lo debemos considerar desde criterios reductivos y cerrados, sino como la aportación de un carisma a la Iglesia para enriquecerla. Es una forma específica de seguir a Cristo y vivir el Evangelio. Los cuatro rasgos de la espiritualidad agustiniana vienen de san Agustín y de nuestra situación dentro de las llamadas órdenes mendicantes. El primero es la interioridad, es decir, el encuentro con el Señor, el cuidado de la vida interior. El segundo es la comunidad, que es el hilo que une todo en nuestra vida. Se entiende en sentido muy fuerte, como unión de almas y corazones en camino hacia Dios. El tercer aspecto es la implicación en el mundo, la preocupación social, la lucha por la justicia, la paz y los derechos humanos. Los agustinos no nos separamos, sino que nos integramos en medio del pueblo. El último elemento es el servicio a la Iglesia. A los agustinos no nos define un apostolado específico, sino que estamos disponibles para lo que la Iglesia nos pida. Y esto se puede ver en la trayectoria de León XIV. Fue misionero, formador, prior, obispo, prefecto…

—¿Puede ayudar la elección de León XIV, un papa agustino, a que la espiritualidad de san Agustín sea más y mejor conocida?
—Espero que sí. Es una invitación a leer sus textos y puede ayudar a conocer su mensaje. San Agustín es un santo muy actual. Su alma palpita en sus escritos y nos habla. Pero a veces nos quedamos solo con su faceta teológica, que es magnífica y yo valoro mucho, pues soy teólogo. Pero hay que volver también al hombre Agustín, al ser humano. Siente y vive como cualquier persona, tiene los mismos problemas y las mismas ilusiones que nosotros. Apasionado buscador de la verdad, converso y ejemplo de coherencia cristiana. Hay que bajar a san Agustín a la calle, hacer de él un compañero de camino, ayudar a que lo conozcan más allá de los habituales clichés. Creo que puede hacer mucho bien.

—Como subsecretario de la Secretaría General del Sínodo, ¿qué le pareció que citase en su primera intervención la sinodalidad? ¿Seguirá la línea iniciada por Francisco?
—Como decía antes, Roberto Prevost es hijo del Concilio Vaticano II y ahí tenemos la eclesiología del Pueblo de Dios, que aparece sobre todo en Lumen gentium y promueve la corresponsabilidad y la participación. Además la sinodalidad tiene sólidos fundamentos en la Sagrada Escritura y en los Padres de la Iglesia, en la vivencia del Evangelio desde las primeras comunidades. Por otra parte, los agustinos somos muy sinodales en nuestro modo de vida y en nuestras estructuras, como toda la vida religiosa en general. León XIV ha experimentado la sinodalidad, se ha implicado en ella y, sin duda, la potenciará y concretará.

—¿Qué es lo que más le ha llamado la atención de sus primeros discursos?
—En su primer saludo vi las claves de lo que va a ser el pontificado. Fue el primer esbozo de su programa. Luego, me gustó que retomase con los cardenales la eclesiología del Vaticano II, las referencias a Evangelii gaudium del papa Francisco y a Rerum novarum de León XIII. En el primer Regina Coeli, me impresionó la llamada a la paz, que luego ha reiterado en otros discursos, como en el dirigido al Cuerpo Diplomático. La voz del papa Prevost se va a escuchar, va a ser una voz autorizada. La integración de unidad y variedad en la Iglesia la tenemos en el discurso a las Iglesias Orientales con motivo del Jubileo, que refleja un profundo acento espiritual. Y está la magnífica y clarificadora homilía en la misa de inicio del ministerio petrino. También me conmovieron sus primeras salidas: a nuestro santuario de Genazzano, para rezar ante la Madre del Buen Consejo y pedirle sabiduría, y a Santa María la Mayor, para orar ante la tumba del papa Francisco. O, particularmente, la emotiva visita a nuestra comunidad de la Curia General Agustiniana en la que ha vivido. Compartió con nosotros unos momentos inolvidables. Creo que, además de los textos, tendremos que saber leer los gestos y las actitudes de León XIV. 

—Ciertamente, este pontificado va en continuidad con el de Francisco, pero con su propio estilo, forma de ser y acentos, ¿no?
—Tiene una edad distinta y una experiencia diferente. Y, sobre todo, tiene su propia personalidad, su particular forma de ser. Evidentemente, no vamos a tener un clon del papa Francisco. Existirá continuidad, pues León XIV es un hombre de Francisco, que lo hizo obispo, lo trajo a Roma y lo creó cardenal. Comparten orientaciones y opciones: renovación de la Iglesia, sinodalidad, evangelización, lucha por la paz y la justicia, corresponsabilidad, ecumenismo y diálogo interreligioso, cuidado de la creación. Todo esto va a continuar, pero de otra forma, con otros acentos y con diferente estilo.

—En su lema aparece la cuestión de la unidad, un aspecto subrayado por los cardenales en las congregaciones generales e incluso por el cardenal decano en la homilía de la Misa pro eligiendo pontifice
In Illo uno unum, en el único Cristo somos uno. Es un lema tomado de san Agustín. En un momento en el que la polarización, el enfrentamiento y la incomprensión parecen imponerse en el mundo y, en ocasiones, también en la Iglesia, resulta fundamental recuperar la comunión, que se fundamenta en el amor (caritas), Dios es amor. Por eso, debemos comenzar por el amor, no por la fe. El amor supera e integra las diferencias, resuelve los conflictos, hace que nos veamos como hermanos, no como enemigos, y que nos impliquemos con los demás. Perdemos tiempo y energías en luchas absurdas, cuando deberíamos evangelizar al mundo de hoy, dar testimonio de Cristo resucitado. Con distintas perspectivas y sensibilidades. Pero en comunión. Como en una sinfonía. Estoy seguro de que León XIV nos guiará y ayudará.

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