En su discurso, el Pontífice ha subrayado la necesidad de que los obispos, antes de ser pastores, se reconozcan como «ovejas del rebaño del Señor»
El papa León XIV ha pronunciado un significativo discurso a los prelados congregados en la Basílica de San Pedro con motivo del Jubileo de los Obispos, en el día de hoy. En su reflexión, el Pontífice ha subrayado la necesidad de que los obispos, antes de ser pastores, se reconozcan como «ovejas del rebaño del Señor». Y ha recalcado que deben dejarse «renovar profundamente por Él, el Buen Pastor, para conformarnos plenamente a su corazón y a su misterio de amor».
Como no podía ser de otra forma, el discurso se ha centrado en la cuestión de la esperanza, un tema recurrente para el papa Francisco, cuyo lema, «Spes non confundit» —«La esperanza no defrauda» (Rm 5,5)—, es el íncipit de la Bula de convocación de este Año Jubilar. Así las cosas, el Santo Padre ha afirmado que los obispos son los primeros herederos de esta consigna y tienen la misión de custodiarla y transmitirla al Pueblo de Dios, tanto con la palabra como con el testimonio. Ha reconocido que esto a menudo significa «ir a contracorriente, incluso contra la evidencia de situaciones dolorosas que parecen no tener salida». Sin embargo, ha subrayado que es precisamente en esos momentos cuando «mejor se manifiesta que nuestra fe y nuestra esperanza no provienen de nosotros mismos, sino de Dios».
De este modo, León XIV ha destacado que el obispo es un «testigo de esperanza» a través del ejemplo de una vida firmemente anclada en Dios y totalmente dedicada al servicio de la Iglesia. Esta identificación con Cristo, ha explicado, permite que el Espíritu del Señor moldee su manera de pensar, sus sentimientos y sus comportamientos.
El discurso ha delineado varias características clave del obispo como testigo de esperanza: en primer lugar, el prelado ha sido presentado como el principio visible de unidad en su Iglesia particular, encargado de velar por la comunión entre todos sus miembros y con la Iglesia universal. Ha recibido una gracia divina especial en su ordenación episcopal que lo sostiene como maestro de la fe, santificador y guía espiritual. En segundo lugar, el Santo Padre lo define como hombre de vida teologal, un pastor «plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, que suscita en él la fe, la esperanza y la caridad».
Sin olvidar, por supuesto, que también es un hombre de fe: como Moisés, quien «se mantuvo firme como si estuviera viendo al Invisible» (Hb 11,27), el obispo es el intercesor en su Iglesia, con la llama de la fe viva en su corazón. Y un hombre de esperanza, especialmente cuando el camino del pueblo se hace más difícil. El pastor, por virtud teologal, ha sido llamado a ayudar a no desesperar, no con palabras, sino con cercanía. León XIV se ha referido a situaciones de familias con cargas excesivas, jóvenes decepcionados y ancianos abandonados, donde el obispo debe ofrecer la experiencia de comunidades que viven el Evangelio con sencillez y generosidad.
Por otra parte, toda la vida y el ministerio del obispo encuentran su unidad en lo que san Agustín llama «amoris officium», es decir, ser un hombre de caridad pastoral. La caridad de Jesucristo Pastor debe animar todo, desde la predicación hasta las decisiones administrativas. Su corazón y su casa, ha agregado el Papa, deben ser «abiertos y accesibles».
Además de este núcleo teologal, León XIV ha resaltado otras virtudes indispensables que deben acompañar al pastor, como la prudencia pastoral, sabiduría práctica que guía al obispo en sus decisiones y relaciones. En este sentido, ha enfatizado el diálogo como estilo y método, y la gestión de la sinodalidad en la Iglesia particular.
Otra virtud indispensable sería la pobreza evangélica: el obispo debe vivir con un estilo «sencillo, sobrio y generoso», para que las personas pobres puedan encontrar en él un padre y un hermano, sin sentirse incómodas. León XIV ha sido claro al afirmar que el obispo debe estar «personalmente desapegado de las riquezas y no cede a favoritismos». Sin olvidarse de la perfecta continencia en el celibato, pues no solo se trata de ser célibe, sino de practicar la castidad de corazón y conducta para manifestar la verdadera imagen de la Iglesia. Por último, también ha insistido en la firmeza al afrontar situaciones que puedan provocar escándalo y cualquier caso de abuso, especialmente contra menores.
En cuanto a las virtudes humanas, el Santo Padre ha mencionado como propias de la figura del obispo la lealtad, la sinceridad, la magnanimidad, la apertura de mente y corazón, la capacidad de alegrarse y sufrir con los demás, el dominio de sí mismo, la delicadeza, la paciencia, la discreción, una gran propensión a escuchar y al diálogo, y la disponibilidad al servicio. Ha recordado que estas virtudes deben cultivarse a semejanza de Jesucristo, con la gracia del Espíritu Santo.
Finalmente, León XIV ha invocado la intercesión de la Virgen María y de los santos Pedro y Pablo para que los obispos sean «hombres de comunión». Ha deseado que promuevan siempre la unidad en el presbiterio diocesano y que cada sacerdote pueda experimentar la paternidad, la fraternidad y la amistad de su obispo. El discurso ha concluido, como acostumbra, con un agradecimiento por las oraciones y una bendición.








