En la festividad de la Virgen del Carmen, el prelado repasa la realidad de su diócesis: «Tenemos una gran ciudad y pueblos habitados, y también la realidad de migrantes que se instalan trayendo su fe y costumbres. Es un trabajo de adaptación y acogida»
El sacerdote Antonio José Valín Valdés (Ribadeo, 1968) fue nombrado hace meses nuevo obispo de Tui-Vigo, una diócesis que, como cada 16 de julio, se viste de fiesta con la Virgen del Carmen, patrona de las gentes del mar. Con 32 años de sacerdocio y experiencia como vicario general de Mondoñedo-Ferrol, afronta este nuevo ministerio con «mucha esperanza, consciente de que todo es un regalo y una gracia».
—¿Cómo describiría el momento en que sintió la llamada de Dios en su vida?
—Llevo 32 años como sacerdote y ahora como obispo de Tui-Vigo. Mi testimonio es el de una persona que siempre está buscando responder a la vocación con confianza en Dios y sabiendo que necesita su ayuda. Me siento feliz y agradecido por la llamada al ministerio presbiteral y episcopal.
—¿Cuáles fueron sus primeras impresiones al llegar a Tui-Vigo?
—Me siento estupendamente recibido por sacerdotes, consagrados y laicos. Percibo cercanía y acogida. Mis primeras impresiones son muy buenas, veo una diócesis con mucho potencial humano y pastoral. Hay gente con ganas de trabajar el Evangelio y afrontar juntos los retos de la Iglesia, lo cual me alegra.
—¿Cuál será su principal proyecto para la diócesis y qué valores guiarán su ministerio episcopal?
—Ahora estoy conociendo la diócesis y a las personas. Mi prioridad es escuchar la historia de la diócesis, sus realidades y los retos que me plantean. Quiero escuchar, acompañar y aprender con la gente. Los valores fundamentales son caminar juntos y hacer las cosas entre todos.
—¿Cómo piensa involucrar a los jóvenes en la vida diocesana?
—Es un gran reto. He trabajado con jóvenes y quiero acercarme a la Delegación de Pastoral Juvenil. Es fundamental contar con los jóvenes, escuchar sus necesidades y ver cómo involucrarnos para un mejor servicio pastoral. Son el presente y futuro de la Iglesia.
—Ante la despoblación, ¿tiene alguna estrategia para mantener la presencia de la Iglesia en áreas rurales?
—Es un tema complicado que se nota en algunas zonas. Tenemos una gran ciudad y pueblos habitados, y también la realidad de migrantes que se instalan trayendo su fe y costumbres. Es un trabajo de adaptación y acogida. La solución a la despoblación debe ser plural y poliédrica, afectando también a las vocaciones.
—¿Qué figuras han sido referentes en su camino como sacerdote y obispo?
—El papa Francisco es un referente claro por su estilo, cercanía, apertura de nuevos caminos y humildad. También he aprendido de todos los obispos con los que he trabajado codo con codo.
—¿Qué papel juegan la oración y la vida sacramental en su vida y deben jugar en la comunidad diocesana?
—En mi experiencia, cuando descuido la oración, pierdo entusiasmo y motivación, mi vida es menos evangélica. La oración nos sostiene. En las comunidades, debemos configurarnos con Cristo conociéndolo y amándolo. La oración y la vida sacramental son esenciales.
—¿Qué espera lograr en su episcopado y cómo le gustaría ser recordado?
—No pienso en logros personales, sino en un trabajo entre todos. Soy consciente de que me inserto en la larguísima historia de esta Iglesia y apenas soy un punto más. Quiero ser una buena persona, un obispo cercano y sincero, que la gente sienta que puede hablar conmigo y que les acerco a Dios.
—¿A qué cree que se debe la crisis de vocaciones y cómo piensa abordarla?
—La vocación va más allá del ministerio presbiteral; cada vida es una vocación para compartir con los demás, como hizo Jesús con la suya. Una de las razones de la crisis es que, a veces, no nos planteamos esto, y tenemos que romper con esa dinámica de decir «mi bienestar, mi realización personal». Sobre esto tenemos que reflexionar para ir creando una cultura vocacional y caer en la cuenta de que realmente nuestra vida es responder a esa pregunta: «¿Para quién soy yo?». Después, en nuestra diócesis tenemos que adaptar todo esto a la realidad que tenemos, seguir planteando la vida cristiana como una respuesta vocacional en las parroquias, en los grupos, en los movimientos… Hay otro tema que es importante, y es que cada uno, cuando descubre ya su vocación, dé el mejor testimonio posible, haciendo ver a cualquier persona que vivir nuestra fe y responder a esa llamada que Dios nos hace da alegría e ilusión. Cuanto más auténtica sea nuestra vida, más será un cuestionamiento a otras personas. Creo que es momento de volver a lo más auténtico y vivir con fidelidad la propia llamada.








