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VII. De beatos e historias de romanos

Siempre me gustó de Pier Giorgio Frassati, que no tenía una vida necesariamente extraordinaria. Que, desde la sencillez de su día a día, fue capaz de encontrar la santidad. Y qué bonito es eso. Porque planta esperanza en los que, como nosotros, buscamos algo más allá de lo que nuestros ojos ven.

Su ataúd, el que hay expuesto estos días en la Minerva, es sencillo. Cómo él. Una caja de madera con apenas unas letras escritas encima. «Verso l’alto». Inspiración de todos los que nos arrodillamos ante él, pidiendo fuerza e intercesión. Compartiendo el altar con santa Catalina.

Recuerdo que Fra Angélico también está aquí enterrado e intento buscarlo con la mirada, acordándome inevitablemente de I., pero el de seguridad no me deja pasar. Así que doy media vuelta. No sin antes pedir por él, porque consiga encontrar lo que le falta, porque el beato le acompañe.

Subimos a Santa Sabina andando. Hay demasiadas cuestas, el calor se pega a la piel y, aunque hemos conseguido encontrar una fuente hace un rato, nada parece saciar la sed. Pero el paisaje romano es tan bonito desde aquí arriba y la luz de la tarde lo ilumina todo de una forma tan bella que cuesta quejarse. A la que subimos vamos escuchando la historia de Roma. Y a mí me da por pensar que tiene que haber algo más allá si una ciudad como esta ha conseguido llegar donde está y cómo está. Que hay cosas que han sido conservadas porque hay alguien cuidando de ellas.

A lo lejos, entre los árboles, se atisba San Pedro. Iluminada por la luz de la tarde que cae. Desde aquí arriba todo se ve más pequeño, y parece que nosotros también lo somos. Como si todos nuestros problemas, miedos y preocupaciones se redujeran a lo mínimo porque hay quien los sostiene. Y nos sostiene.

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