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La reconciliación pendiente entre las dos Coreas

Cuando se cumplen 80 años de la separación, el arzobispo de Seúl cuenta a ECCLESIA que se están dando pasos para construir una nueva relación

En un mundo donde solo parece crecer la confrontación y la belicosidad, hay un pueblo que, pese a llevar décadas separados, sigue rezando para que algún día puedan volver a ser uno. Y, sobre todo, para que la reconciliación sea posible después de que, durante mucho tiempo, se haya alimentado la desconfianza y el odio recíproco.

Se cumplen 75 años del estallido de la guerra de Corea y 80 de la división del país en dos. Asimismo, ya han pasado 60 del establecimiento de la Jornada de Oración por la Reconciliación y 30 años de la fundación, en el seno de la Iglesia coreana, del Comité para la Reconciliación de la archidiócesis de Seúl. Todas estas fechas redondas hablan del único lugar en el mundo donde siguen siendo visibles las consecuencias de la Guerra Fría. Así lo explica a ECCLESIA monseñor Peter Chung Soon-Taick, arzobispo de Seúl y administrador apostólico de Pyongyang, además de presidente de este Comité para la Reconciliación. El prelado recuerda que «aunque la Guerra Fría terminó oficialmente con la disolución de la Unión Soviética y la transformación de los regímenes de Europa del Este, su lógica aún perdura».

Después de la II Guerra Mundial y la derrota de Japón, Corea, que fue una colonia japonesa durante 35 años, se sumió en el conflicto. En 1945, la Unión Soviética ocupó la mitad norte hasta el paralelo 38 y Estados Unidos, la mitad sur. La idea era que el pueblo coreano decidiera su propio futuro, pero la ocasión nunca llegó. 

El 25 de junio de 1950, Corea del Norte, apoyada y armada por la Unión Soviética, invadió el sur, secundado a su vez por una fuerza de Naciones Unidas y EE. UU. La guerra duró tres años. Los dos últimos, especialmente duros. Se estima que perecieron más de tres millones y medio de coreanos, aunque hay cálculos que elevan la cifra a seis. El 27 de julio de 1953, se firmó un armisticio en Panmunjong, que estableció la división del país en dos estados a lo largo del paralelo 38 con un área de seguridad, la llamada Zona Desmilitarizada (DMZ), de 250 kilómetros de largo por cuatro de ancho. El armisticio nunca se ha traducido en un tratado de paz, por lo que, técnicamente, las dos Coreas siguen en guerra.

Un camino lento

Por ello, desde 1965, cada 25 de junio se reza por la reconciliación; y, desde hace 30 años, cada martes se celebra una Misa en la catedral católica de Myeongdong, en Seúl, para coser lo que la guerra desgarró. Ya van casi 1500. Los pasos en ese camino son muy lentos, pero hay gestos significativos. El arzobispo de Seúl señala uno reciente: «Con la toma de posesión de un nuevo gobierno en Corea del Sur se han producido cambios sutiles en la política hacia el norte. Por ejemplo, Corea del Sur ha detenido las transmisiones a gran escala por megafonía en la Zona Desmilitarizada y el lanzamiento de globos de propaganda. En respuesta, Corea del Norte también ha hecho lo mismo. Si bien estos pueden parecer gestos menores, constituyen pasos fundamentales para construir una nueva relación».

Además de institucionalmente, la tarea de construir la paz día tras día también sigue siendo individual en medio de una sociedad militarizada y de «una cultura de demonización del otro y de justificación de la propia superioridad», añade el arzobispo de Seúl. El prelado afirma que el impacto invisible de la división es más profundo incluso que el visible, puesto que el clima bélico «nos ha entrenado para ser desconfiados y cautelosos». «Hemos sido condicionados a distinguir constantemente entre quién es amigo y quién es enemigo», lamenta. Incluso entre las propias familias coreanas que quedaron divididas entre norte y sur. Aunque ya cada vez quedan menos, puesto que han pasado muchos años. La última reunificación familiar entre coreanos de la península fue en 2018. Prácticamente, todos los participantes rozaban los 90 años. En los 80, llegaron a participar en estas citas dos obispos norcoreanos, que escaparon siendo jóvenes del norte al sur, y pudieron reunirse con sus familias en Pyongyang. A la Iglesia no se le ha permitido llevar a cabo iniciativas de este tipo y prácticamente siempre han partido de los gobiernos con la colaboración de la Cruz Roja.

La guerra fratricida dividió el país, a las familias y los corazones, dejando un poso de resentimiento en ambas sociedades que se ha seguido nutriendo con los años. «Para superar el clima de odio y confrontación que nos rodea, la oración es esencial. Con ella podemos encontrar la valentía para dejar atrás la enemistad. Cuando nuestros corazones cambian, las tensiones también pueden disminuir», dice Chung Soon-Taick. 

La oración también se eleva a Dios desde el sur por los hermanos del norte. Algunos de los desertores han abrazado la fe católica en el sur. El comité que preside el arzobispo de Seúl también organiza actividades con estos refugiados, aunque sean muy pocos. Les ayudan a adaptarse a la nueva vida y les invitan a compartir sus historias para contribuir a cambiar la percepción de sus vecinos.

La Iglesia se afana en transformar la cultura de la enemistad en cultura del encuentro, en promover la conversión del corazón y en trabajar en el ámbito de la educación y la formación «para que más personas sueñen con la paz y crean firmemente en su posibilidad», añade el administrador apostólico de Pyongyang.

Sobre todo, se intenta incidir en las nuevas generaciones para que no hereden una enemistad que poco o nada tiene que ver ya con ellos. Una de las principales iniciativas con jóvenes del Comité para la Reconciliación son las peregrinaciones a la Zona Desmilitarizada, llamadas The Wind of Peace (El viento de paz). Se trata de un encuentro cuyo objetivo es formar «apóstoles para la paz», especialmente, en este año jubilar y de cara a la Jornada Mundial de la Juventud del año 2027, que tendrá lugar en Seúl. 

En este 2025, los jóvenes surcoreanos han peregrinado por décima vez a esa frontera que más que física «se ha convertido en una frontera emocional», como reconoce a ECCLESIA una joven peregrina. Yeoeun Michaela Kim tiene 23 años y es la cuarta vez que ha participado en esta iniciativa, ahora ya como parte de la organización. Su madre le animó a apuntarse y ella misma se dio cuenta, tras la experiencia, de que gracias a este camino se abre una posibilidad para cambiar la realidad que se les ha impuesto. «En lugar de insistir en nuestras propias identidades y crear más divisiones, deberíamos preguntarnos: “¿Hay paz en mi vida?”. A través del diálogo y el compromiso, podemos comenzar a cultivar la paz en nosotros mismos y en nuestras comunidades. Creo que los jóvenes deben liderar este cambio, priorizando la empatía y la comprensión por encima del conflicto», cuenta a ECCLESIA.

Religiosas liberan globos durante una Misa por la paz cerca de la Zona Desmilitarizada en 2011. / CNS. Reuters

La peregrinación a la Zona Desmilitarizada se ha desarrollado entre el 10 y el 13 de julio y, además de caminar por los lugares que marcan la división de un único pueblo, también ha permitido a unos 40 jóvenes conectar con sus vecinos del norte y rezar para que lo imposible se vuelva posible. «Vine aquí por recomendación de mi tía católica y realmente sentí que Corea del Norte y Corea del Sur son inseparables», comenta Oh Hye-in, de 19 años, quien asegura no ser creyente. Como parte de la experiencia, los jóvenes caminan por los escenarios de la guerra, donde se produjeron combates encarnizados, y también observan de cerca el territorio norcoreano.

«Si tenemos el poder de iniciar una guerra, también tenemos el poder de crear la paz. Hay quien se pregunta si la oración puede conducir a la paz o la reconciliación en un mundo lleno de violencia y conflicto. Para mí, la oración es el primer paso, y el más crucial. Nos recuerda que somos un solo pueblo y nos ayuda a no ignorar el dolor ajeno», afirma con rotundidad Yeoeun Michaela Kim. Los jóvenes, además, pueden conocer a otros jóvenes norcoreanos que trabajan en un café cerca de un puesto de control en la frontera septentrional de Corea del Sur. Viven en una casa de acogida dirigida por una mujer surcoreana.

Los peregrinos de The Wind of Peace tienen ahora la misión de hacer extensiva su iniciativa hasta los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud de Seúl en 2027. Monseñor Peter Chung Soon-Taick indica que será toda «una alegría y un privilegio acoger a jóvenes de todo el mundo en Seúl». Supondrá, sobre todo, una oportunidad para «compartir con los peregrinos el mensaje de paz». «Si, junto con los jóvenes, podemos reflexionar, orar y actuar según la visión de una cultura del Evangelio, la paz que construyamos no se limitará solo a Corea, sino que se extenderá a todo el mundo. La Jornada Mundial de la Juventud en una tierra dividida ofrecerá una valiosa oportunidad para reflexionar sobre la paz global», concluye el arzobispo de Seúl. 

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