El artista canadiense presentó en agosto una nueva escultura del santo millennial en la ciudad de Asís
Timothy Paul Schmalz (Ontario, 1969) es uno de los escultores contemporáneos más reconocidos en el ámbito del arte sacro. Apodado «el escultor del Papa Francisco» por la difusión mundial de obras como Homeless Jesus o Angels Unawares, sus creaciones buscan conjugar la tradición bíblica con los desafíos del presente. Su más reciente trabajo, St. Carlo at the Cross, inaugurado en Asís a las puertas de la canonización del joven beato, refleja su empeño por dar forma visible a una espiritualidad que dialoga con la cultura contemporánea.
—Entre tantas figuras posibles de la tradición cristiana, ¿qué le llevó a detenerse precisamente en Carlo Acutis?
—Lo que me encanta es que es un santo joven que ofrece, en cierto modo, una alternativa a la cultura secular dominante. Lo que encuentro fascinante en él es precisamente que es muy reciente: una persona contemporánea, con problemas contemporáneos, representado de esa manera. La intención es celebrar, promover y honrar a nuestra Iglesia católica con este nuevo santo.
—En la escultura que ya está instalada en Asís lo muestra sosteniendo un ordenador portátil…
—Sí, al trabajar en esta obra, sentí que estaba creando un David frente a Goliat, porque nuestra cultura actual es tan secular y, a menudo, tan antirreligiosa. Pensé: aquí está este joven, lleno de valor, utilizando su portátil como una honda para luchar contra la indiferencia, contra una cultura que minimiza o rechaza la fe católica, la espiritualidad y todo lo que trasciende las búsquedas mundanas. Para mí, el beato Carlo es precisamente eso: la valentía de la nueva generación que defiende y promueve con audacia la fe católica.
Creo que el beato Carlo es el santo embajador de todos esos jóvenes que buscan más, que buscan espiritualidad, que buscan sentido. Por eso se está convirtiendo en uno de los santos más conocidos. Hoy Asís está tan concurrida como Roma con peregrinos que visitan su tumba, y me parece algo hermoso. Lo que la gente debería comprender es que esta es una Iglesia para los jóvenes: para los de 13, 14, 16 años, que a menudo son más escépticos pero también más hambrientos de espiritualidad de lo que imaginamos.
—Usted ha definido la honda en la mochila de Carlo como una referencia a David frente a Goliat. ¿Qué Goliat cree que enfrentan hoy los jóvenes cristianos?
—Las grandes compañías mediáticas, sin duda. Son las que dicen a los jóvenes qué deben hacer y qué deben pensar. Los medios dominantes, con todas sus absurdas presentaciones, terminan por difuminar las líneas de todo, incluso las de nuestra moral y de nuestra civilización. Como dijo san Juan Pablo II, vivimos en una cultura de la muerte. Esa cultura dominante lo que quiere es silenciar al catolicismo, silenciar al cristianismo.
Y por eso detestan a Carlo Acutis. Claro, aceptan a un santo de hace 200, 300 o 500 años: eso pertenece al pasado. Pero no quieren algo que apunte al futuro. Eso les asusta, eso les amenaza. Ese es precisamente el problema con Acutis. Muchos de los que viajan a Asís sienten que caminan por la historia; pero al tener allí una escultura de este nuevo santo, Asís se proyecta de nuevo al presente, al ahora.
Eso es lo verdaderamente hermoso: el símbolo de que el cristianismo es para hoy. Aunque tenga un pasado riquísimo, no vive en el pasado. Carlo Acutis es esa figura, y la escultura representa justamente esa verdad.

—Ha dicho que cada nuevo santo trae consigo nuevas obras de arte. ¿En qué medida cree que el arte sacro sigue siendo hoy una forma de predicación necesaria?
—El arte sacro es la forma más grande de evangelización. Son como homilías congeladas. No es como la industria del cine, que todos consideran el arte por excelencia de hoy. Pero necesitas dos horas para ver una película, encender el dispositivo, encontrar el tiempo. En cambio, una escultura está allí las 24 horas del día, los siete días de la semana, año tras año, siglo tras siglo. No requiere sentarse en una sala oscura frente a una pantalla: simplemente está, se convierte en parte de la vida.
Por desgracia, si la Iglesia no continúa abrazando esa tradición visual, corre el riesgo de parecer un museo, algo del pasado. Por eso es tan importante. Así como un sacerdote cada domingo prepara una nueva homilía para su pueblo, la Iglesia católica “crea” nuevos santos y los presenta al mundo. Y yo, como escultor católico, realizo esculturas de esos nuevos santos y las ofrezco a los fieles. Es la parte “publicitaria” de la Iglesia, que existe desde hace siglos. Y yo quiero formar parte de ella.
—En su opinión, ¿qué señales ha dado el papa León XIV en sus primeros meses que podrían marcar el rumbo de la Iglesia en los próximos años?
—Mi primer pensamiento es que León y Francisco no son tan diferentes. León siempre habla del papa Francisco. De hecho, al presentarse le mencionó. Creo que lo que tenemos con el papa León es exactamente lo que el mundo necesita: su énfasis en la paz mundial. Y como se puede ver hoy en día, el mundo está fracturado. Necesitamos a este Papa ahora mismo para promover la paz mundial. Así que sí, ya estoy trabajando para describir y ofrecer, en cierto sentido, un embajador visual de sus profundas preocupaciones por la paz mundial.








