El matemático, filósofo y teólogo Matthieu Lavagna propone en La razón es provida un debate sereno y racional sobre esta cuestión. Luis Argüello, presidente de la CEE, citó ampliamente esta obra en su discurso de apertura de la Asamblea Plenaria de los obispos españoles
Los partidos han vuelto a situar el aborto en el centro del debate político en España. El Gobierno de Pedro Sánchez acelera para blindar esta práctica en la Constitución —una operación muy difícil más allá de las proclamas, pues, para que se convirtiera en realidad, necesitaría del apoyo de algunos grupos de la oposición—, operación que convertiría a España en el segundo país del mundo en hacerlo, siguiendo el ejemplo de Francia, que lo incluyó en 2024.
El Ejecutivo socialista ha aprovechado la aprobación por parte del Ayuntamiento de Madrid de una iniciativa de Vox que pretende ofrecer información sobre el supuesto «síndrome postaborto» a las mujeres embarazadas para lanzar su ofensiva. Como sucede con la maniobra de Pedro Sánchez, es difícil considerar esta propuesta algo más que una mera declaración de intenciones, ya que, según ha recordado la propia delegada de Hacienda y Personal del consistorio madrileño, Engracia Hidalgo, las proposiciones de Pleno son «no normativas» y, en consecuencia, «de momento» no se ha trasladado a los trabajadores «ninguna» instrucción.
Bajo el fuego cruzado, el ministerio de Igualdad ha lanzado con fondos públicos la página web «Quiero abortar», una propuesta de «aborto como única solución» que se ha intentado neutralizar desde la sociedad civil con la plataforma «Quiero ser madre». Y, como una prueba más de la importancia que está adquiriendo el debate, ha llegado recientemente a los cines de toda España Heridos, un documental que «da voz a la herida silenciosa que deja el aborto».
En este contexto de escalada ideológica ha aparecido también una reflexión profunda, serena y racional del matemático, filósofo y teólogo francés Matthieu Lavagna. En su libro La razón es provida, publicado recientemente por Rialp en nuestro país, este intelectual y científico ofrece un compendio de argumentos no religiosos contra el aborto que buscan elevar la discusión desde la evidencia de la biología y la lógica de la filosofía. A continuación, se desgranan los principales puntos de su discurso.
El fundamento científico: la humanidad del embrión
El principal eje de la argumentación provida debe residir en una premisa científica que, según Lavagna, es incuestionable: el embrión es un ser humano. Existe un consenso médico sobre el inicio de la vida en todos los manuales de embriología: la inmensa mayoría de científicos consultados por el autor, ya sean proaborto o provida, coinciden en que la vida humana comienza en la concepción. Desde ese momento, el embrión es un organismo vivo que, además, al ser procreado entre dos seres humanos solo puede resultar en un miembro de la especie Homo Sapiens, es decir, un ser humano. Biológicamente, es imposible que el embrión sea de otra especie. El cigoto, como primera célula de un nuevo ser humano tras la fecundación, revela ya un patrimonio genético único y distinto al de la madre. Incluso, destacados defensores del aborto a nivel internacional, como el filósofo Peter Singer, reconocen que el debate debe partir con la honestidad intelectual de admitir que el embrión es un ser humano.
La refutación del embrión como «amasijo de células»
El médico proaborto Thomas Verney ha advertido sobre el peligro de esta «falacia biológica» y recuerda que para los facultativos es imprescindible «no mentir a las mujeres embarazadas», restando importancia al embrión y haciéndoles creer que no es lo que es. Lo que sí nos demuestra la ciencia que es un embrión es «un organismo completo y unificado que se desarrolla continuamente hacia la madurez». En contraste con lo que sería un puñado de arena o cualquier acumulación confusa de sustancias, «un embrión es un ser vivo organizado, dotado de una cierta autonomía y con todas sus partes coordinadas para formar un ser unificado y completo. Si se le da el tiempo, alimento y entorno adecuados, crece hasta convertirse en un miembro maduro».
El imperativo ético: el derecho universal a la vida
Una vez demostrada de manera científica la humanidad del feto, la argumentación de Lavagna se mueve al plano ético para reconocerle su estatus moral. Aquí, el principio fundamental es que resulta inmoral —y debería ser ilegal— matar directa y voluntariamente a un inocente. Y qué se produce en el aborto sino la muerte intencionada de un ser humano aún no nacido. El autor introduce el matiz de «inocente» para sortear posibles objeciones como la defensa propia.
El derecho a la vida, así las cosas, es un principio ético universal y fundamental que debe respetarse para todos los seres humanos, sin importar su raza, sexo, tamaño, grado de desarrollo o estatus social. Y, más allá de que este estatus sagrado sea proclamado por la Palabra de Dios, la Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce la dignidad intrínseca de todos los miembros de la familia humana. Adherirse a ella no requiere ninguna creencia religiosa previa; cualquier ateo materialista podría y debería admitirla.
La lógica y el argumento de la discriminación TEDN
Otra de las principales defensas que se establecen desde la lógica contra la eliminación intencional del no nacido es el conocido como argumento TEDN: Tamaño, Entorno, grado de Dependencia y Nivel de desarrollo. No hay ninguna diferencia sustancial entre un ser humano prenatal y cualquier nacido, ya sea niño o adulto, que escape a estas cuatro categorías.
El aborto implica una discriminación injusta si se niega el derecho a la vida al no nacido basándose en características tan arbitrarias como su tamaño o la capacidad de valerse por sí mismo. La dignidad intrínseca de los seres humanos después del nacimiento —o en la vejez— es independiente de sus atributos —coeficiente intelectual, aptitudes físicas, etc.— y esta se fundamenta exclusivamente en su naturaleza humana. Dado que el niño en el útero comparte esta misma naturaleza humana, cigoto, embrión y feto poseen la misma dignidad intrínseca que los seres humanos nacidos. Y a todo ello hay que sumar la máxima en las democracias occidentales de que la sociedad tiene la responsabilidad de proteger a los más vulnerables, incluidos los no nacidos —como hace el Código Penal, por ejemplo, ante el asesinato de una mujer embarazada—. Ninguna de las diferencias TEDN justifica lógica ni moralmente matar de manera intencional al ser humano prenatal.








