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«Afirmamos el derecho de toda persona a profesar su religión y ser respetada en su conciencia»

Miembros de todas las confesiones cristianas presentes en España se unen en una celebración ecuménica en La Almudena con motivo del 1700º aniversario del Concilio de Nicea

Miembros de todas las confesiones cristianas presentes en España se han unido para realizar, de manera conjunta, una celebración ecuménica con motivo del 1700º aniversario del Concilio de Nicea. La ceremonia se ha llevado a cabo en la madrileña Catedral de la Almudena y, como no podía ser de otra manera, se ha centrado en la meditación del Credo Niceno-Constantinopolitano, profesión estructurada conforme a la fe trinitaria: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Durante el acto, varios representantes de las confesiones cristianas presentes en la Almudena han proclamado, tras consensuarla, una declaración ecuménica, dividida en cuatro partes.

Primera parte: Creemos en un solo Dios, Padre

Leída por un representante de la Iglesia Española Reformada Episcopal, afirma el señorío de Dios sobre toda la Creación, ante «una cultura que ensalza al ser humano y endiosa su potencial creativo científico-técnico, que se enorgullece de su autosuficiencia y llega a fabricar proyectos humanistas de salvación al margen de Dios».

Subraya asimismo la dignidad fundamental del ser humano, explicando que este «es intrínsecamente religioso, abierto a la trascendencia, y que posee una sed de Dios que no puede ser apagada sin negar la verdad de su propia naturaleza. Por eso, afirmamos el derecho de toda persona a profesar su religión y a ser respetada en su conciencia como un bien esencial».

En esta línea, el texto resalta la «dignidad infinita e inalienable que le corresponde a todo hombre y a toda mujer, más allá de las circunstancias, estado o situación en la que se encuentre». Esta convicción ha de mover a los cristianos a trabajar por la promoción humana y el respeto de los derechos fundamentales, especialmente donde la dignidad es vulnerada, como en la falta de respeto a la vida, la discriminación, la persecución por la fe, la violencia, la guerra, la desigualdad, la explotación de los pobres, el rechazo a los inmigrantes y la trata de personas. Finalmente, pero como consecuencia lógica de lo proclamado, se ha incluido una «llamada urgente a detener el uso irresponsable de los bienes de la tierra y la explotación», abogando por una ética de la creación que conduzca a una auténtica ecología integral.

Segunda parte: Creemos en un solo Señor Jesucristo

A cargo de un lector de la Iglesia Ortodoxa de Rumanía, en este fragmento los cristianos renuevan la fe proclamada en Nicea, al «afirmar con firmeza que Jesucristo es de la misma naturaleza del Padre, verdadero Dios, engendrado y no creado; y, al mismo tiempo, verdadero hombre, semejante a nosotros, sin pecado». En consonancia con esta declaración, se afirma que Cristo no fue simplemente «un hombre “especial” que proclamó un mensaje ético atrayente» ni un ser «“sobrenatural” despojado de la carne».

El texto proclama que Jesús es el Verbo encarnado, la imagen de Dios invisible, quien revela el auténtico rostro del Padre y la plenitud de la vocación humana. Los participantes han confesado que Jesucristo es el Mesías, el centro de la historia y del universo, y que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros podamos salvarnos». Y es precisamente esta fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, la que impulsa a los creyentes a «defender la dignidad de todo ser humano» y a comprometerse con la caridad, especialmente ante el «escándalo del hambre en nuestro mundo».

Tercera parte: Que por nuestra causa fue crucificado y resucitó

La tercera parte, a cargo de un lector de la Iglesia Evangélica Española, recuerda que la muerte no tiene la última palabra y que la resurrección de Jesús «suscita en nosotros esperanza». «El anuncio de Cristo resucitado recorre como un eco gozoso toda la historia y se actualiza en cada tiempo», afirma.

También anuncian el amor incondicional de Dios en un momento de reduccionismo de amor que dejan vacío el corazón humano. Un amor, el de Jesús, «que excede toda expectativa, absolutamente gratuito, entregado y servicial, capaz de sacrificio y fiel, sobre el que se sustenta el matrimonio, la familia y la sociedad».

Cuarta parte: Creemos en el Espíritu Santo

Enunciada por un representante de la Iglesia Ortodoxa Rusa, afirma que los cristianos, juntos, proclaman que «el Espíritu Santo es una persona divina, que, al igual que el Hijo eterno de Dios, procede del Padre». La tercera persona de la Trinidad es descrita como la fuente de agua viva que vivifica a la Iglesia, la guía hacia la verdad, la embellece con sus dones y la «renueva con la luz del Evangelio». Es el Espíritu, precisamente, quien conduce a la Iglesia hacia la unidad plena, superando todas las divisiones.

Los representantes de las distintas confesiones cristianas han invocado constantemente al Espíritu Santo durante la celebración para que nos conceda el don de la unidad visible, siguiendo la petición de Jesús: «Padre, que todos sean uno para que el mundo crea».

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