Rosario Livatino, el primer magistrado beato, fue asesinado por La Stidda, organización mafiosa, para que su ejemplo de integridad no se extendiera. Uno de los instigadores del crimen se convirtió en prisión tras leer sus escritos
Un coche acribillado a balazos en la carretera italiana 640 Agrigento-Caltanissetta. El cuerpo de un hombre de casi 38 años con varios tiros por la espalda. Es la escena de un crimen. Es también la escena del martirio del juez Rosario Angelo Livatino. Era un 21 de septiembre de 1990. El juez iba a su trabajo a bordo de su viejo Ford Fiesta granate cuando fue interceptado en la autopista, embestido por el coche de cuatro sicarios. Dispararon al vehículo. Rosario Livatino se detuvo e intentó escapar, tirándose al arcén y corriendo campo a través. Pero había sido herido en un hombro y le fue imposible librarse de los cuatro asesinos enviados por la Stidda, una organización mafiosa que rivalizó con la Cosa Nostra en los años 80. Antes de morir, tuvo la fuerza y el temple suficiente como para mirar a sus asesinos y preguntarles: «Pero, ¿yo qué os he hecho?».
Al lugar del crimen llegaron los mejores investigadores sicilianos, entre ellos el juez Giovanni Falcone, conmocionado por el brutal asesinato. Gracias al testigo ocular Pietro Nava, se identificó a los miembros del comando asesino y a los instigadores de su muerte. Todos fueron condenados en tres juicios separados. El testigo tuvo que vivir de incógnito.
35 años después, la memoria de Rosario Livatino se recuerda y se celebra como la del primer magistrado que llega a los altares como beato. En 1993, el obispo de Agrigento puso en marcha la recopilación de testimonios para la causa de beatificación. Se encargó de hacerlo una profesora del propio Livatino. El 21 de septiembre de 2011, comenzó la fase diocesana inaugurada en la iglesia de San Domenico en Canicattì, la parroquia de toda la vida del joven juez. Durante esa fase diocesana, 45 personas testificaron sobre la vida y santidad de Rosario Livatino, entre ellas Gaetano Puzzangaro, uno de los cuatro criminales que lo asesinó.
El 21 de diciembre de 2020, el papa Francisco autorizó el decreto sobre su martirio in odium fidei. La ceremonia de beatificación tuvo lugar el 9 de mayo de 2021 en la catedral de Agrigento, en el aniversario de la visita de Juan Pablo II en la que lanzó aquel anatema contra la mafia: «¡Convertíos, porque el juicio de Dios llegará!». Era 1993 y el papa Wojtyla también se reunió esa ocasión con los padres del juez, al que definió como «mártir de la justicia e, indirectamente, de la fe».
Rosario era un hombre amable y discreto, poco apegado a los reflectores, pese a que había conseguido asestar importantes golpes al crimen organizado. Fue un buen magistrado que trabajó en silencio, uno de los primeros en comprender la trama financiera y económica de estas redes mafiosas a través de empresas fantasma y facturaciones falsas. Las investigaciones revelaron que la orden de matarlo se dio debido a la confiscación de bienes que había ordenado. La Stidda, además, lo consideraba «incorruptible» y era, por tanto, un activo peligroso, porque podía cundir su ejemplo. Como muchos otros magistrados de la época, especialmente los que metían las manos en la ponzoña de la mafia, se le había asignado una escolta. Livatino la rechazó, porque no quería poner en peligro la vida de otras personas. Lo hizo también para no asustar a sus padres.
«Hoy presté juramento: desde hoy soy magistrado. Que Dios me acompañe y me ayude a cumplir mi juramento y a comportarme según la educación que me dieron mis padres». Así escribía el joven Rosario en su diario en julio de 1978, a los 25 años. Acababa de cumplir su sueño de convertirse en juez. Una vocación truncada por la violencia. Hasta entonces había vivido una vida normal marcada por la fe. Acudía cada mañana a su parroquia para rezar antes de ir a trabajar. Escribía en sus documentos y en ese diario siempre tres letras «STD». Cuando murió y se comenzó a indagar en su peregrinar terreno, durante un tiempo nadie pudo descifrar su significado hasta que alguien se dio cuenta: «Sub tutela Dei», bajo la mirada de Dios.
Con motivo de los 35 años de su asesinato, coincidiendo con la fecha del crimen, se expusieron sus reliquias, que descansan en su parroquia. Allí también está la camisa manchada de sangre. Como cada año, a finales de septiembre se conmemoró al juez beato con una Misa y con un homenaje en el punto exacto de la carretera donde le fue arrebatada la vida. Ese fin de semana se celebró además el Jubileo de los Operadores de justicia. En la plaza de San Pedro, monseñor Juan Ignacio Arrieta, secretario del Dicasterio para los Textos Legislativos, recordó su figura con estas palabras: «Para él, la ley y la fe eran realidades continuamente interdependientes, sometidas cotidianamente a un debate a veces armonioso, a veces lacerante, pero siempre vital, siempre indispensable». Livatino era consciente de que desempeñaba una función en presencia del Todopoderoso y confiaba en él.
La conversión de Calafato
En este aniversario también ha salido a la luz el testimonio de conversión de uno de los instigadores del crimen, arrepentido tras leer la vida y escritos de Livatino. Salvatore Calafato, de 58 años, cumple cadena perpetua por distintos asesinatos, incluido el del joven juez. Ha pasado más de la mitad de su vida en la cárcel.
«Durante mi detención en la prisión de máxima seguridad de Pianosa, leí los escritos de Livatino y descubrí una figura luminosa, un hombre de fe y un servidor de la justicia. Recuerdo un episodio que me dejó una huella imborrable. Un 15 de agosto fue personalmente a entregar la orden de puesta en libertad de un recluso. A quienes se mostraron sorprendidos, les dijo: “En prisión hay un hombre que no debe quedarse ni un minuto más, porque la libertad personal prevalece sobre el resto”. Descubrir la humanidad de Livatino agudizó aún más el dolor de mis delitos, pero también se convirtió en un impulso para mi propio cambio. Hoy me siento una persona diferente», cuenta el instigador en unas declaraciones recogidas por varios medios italianos. Como arrepentido, Calafato ha recibido varios beneficios penitenciarios. Frecuenta la capilla y ayuda a los voluntarios. Esa vuelta a la fe la describe como «pequeños, pero significativos signos de la misericordia que Dios quiso mostrarme, una misericordia cuyo rostro más radiante es Rosario Livatino».








