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El camino de paciencia de la Iglesia en China


El cardenal Parolin afirma que el Acuerdo Provisional entre la Santa Sede y el gigante asiático «sigue avanzando» y es «positivo». El Gobierno chino acaba de reconocer a un obispo considerado clandestino después de que el Papa aceptase su renuncia

Hace unas semanas, en Roma, se volvía a recordar un hito tan importante como fue el centenario del Concilium Sinense, el primer, y hasta ahora único, Concilio de la Iglesia católica china, que tuvo lugar en Shanghái entre mayo y junio de 1924. En la Universidad Urbaniana se presentaron las actas de un evento académico que meses antes había conmemorado y traído a la actualidad este Concilio, obra en buena parte de un hombre que marcó el camino de la Iglesia católica con el gigante asiático hasta nuestros días. 

«Con los chinos, creí conveniente no despertar en modo alguno la sospecha de que la religión católica estaba siendo tutelada y, peor aún, utilizada como instrumento político al servicio de las naciones europeas. Desde mis primeras acciones, quise afirmar mi libertad de acción en el ámbito de los intereses religiosos, negándome a que me acompañaran representantes de naciones extranjeras ante las autoridades civiles locales. En China, habría parecido subordinado a esos representantes». Son las palabras de Celso Costantini, recordando su llegada a Pekín en 1922. El arzobispo, que años más tarde sería creado cardenal, fue enviado por el papa Pío XI como primer delegado apostólico en China. Su visión, completamente revolucionaria, sobre cómo evangelizar en el país propició la situación actual que, si bien no es la mejor, es probablemente la mejor posible. 

Costantini trabajó para desvincular la presencia católica en aquellas tierras del dominio colonial europeo. Por ejemplo, decidió que la residencia de la Delegación Apostólica no estuviera situada en el barrio de las embajadas. Como recordó el cardenal Luis Antonio Tagle, proprefecto del Dicasterio para la Evangelización, en el mencionado evento, la aplicación práctica del Concilio de Shanghái se tradujo en disposiciones que tenían como fin la misión en China, facilitando la relación con sus autoridades y con el mismo pueblo. Se dispuso que las inscripciones y letreros en el exterior de las iglesias y casas religiosas debían estar en chino y que no debía haber banderas ni otros símbolos que recordaran a otras naciones. Se recordó a los misioneros que debían vestir su hábito religioso, evitando la vestimenta secular de estilo occidental. Se dieron instrucciones para identificar sacerdotes chinos idóneos para las ordenaciones episcopales. Y también se prohibió a los católicos cultivar opio, un punto importante, considerando que el cultivo y el comercio del opio habían sido impuestos por las potencias occidentales, principalmente Inglaterra, con dos trágicas guerras. 

Los esfuerzos de Costantini propiciaron que el 8 de octubre de 1926 Pío XI pudiera ordenar en la basílica de San Pedro a los seis primeros obispos chinos. En 1927, promovió la fundación de la Congregatio Discipulorum Domini (CDD), el primer instituto religioso clerical de China. Y su obra también impulsó la fundación de la primera Universidad Católica de China, actualmente en Taiwán.

«En el caso de China, los acontecimientos históricos del siglo pasado condujeron a la liberación del pueblo del colonialismo extranjero. Sin embargo, desde la Revolución Cultural, el nuevo orden político establecido en el país ha generado inevitablemente divisiones en la comunidad eclesial católica, que culminaron en la práctica de ordenaciones episcopales celebradas sin el consentimiento del obispo de Roma», recordó el cardenal Pietro Parolin, cuya intervención abundó en aquello que une aquel importante Concilio de Shanghái con el momento presente. Y ese es precisamente el punto. Todo este preámbulo se hace importante para comprender sobre qué terreno se mueve la Santa Sede y pivota el Acuerdo Provisional con China firmado en septiembre de 2018, y renovado por tres veces más, y del que Pietro Parolin es en buena parte artífice.

Consenso mínimo

Preguntado por ECCLESIA, el secretario de Estado vaticano aseguró que «el Acuerdo Provisional sigue avanzando». «Seguimos considerándolo positivo, ya que ha permitido a la Santa Sede y a China alcanzar un consenso mínimo sobre la cuestión fundamental del nombramiento de obispos. Hay todavía grupos que se declaran clandestinos, pero el acuerdo también tenía como objetivo superar la situación divisoria y llevar a la Iglesia hacia la normalización. Esto requiere paciencia y voluntad de trabajar», abundó.

Uno de los frutos del acuerdo, del camino a la normalización, se pudo ver en los últimos días. El viernes recibió la ordenación episcopal Francesco Li Jianlin, sacerdote de Xinxiang. Este había sido nombrado obispo de la prefectura del mismo nombre el 11 de agosto, una decisión tomada «en el marco del Acuerdo Provisional entre la Santa Sede y China». También se había aceptado la renuncia de monseñor Giuseppe Zhang Weizhu, no reconocido por las autoridades chinas.

Hasta este sábado. «Se recibe con satisfacción la noticia de que hoy se ha reconocido civilmente la dignidad episcopal de Giuseppe Zhang Weizhu, obispo emérito de la Prefectura Apostólica de Xinxiang», comunicó el director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni.

«Paciencia» es la palabra que también utiliza Elisa Giunipero, profesora de Historia de la China Moderna y Contemporánea en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán y directora del Instituto Confucio de esa misma universidad. Consultada por ECCLESIA explica que la renovación del Acuerdo «confirma la determinación de las dos partes en seguir por el camino de afrontar pragmáticamente cuestiones complejas, buscando posibles soluciones». La experta menciona, por ejemplo, la delimitación de las diócesis que reflejan todavía las divisiones administrativas pasadas. «Esto significa que algunas diócesis existen solo para una de las dos partes y, por lo tanto, sus obispos son reconocidos solo por una de ellas. Este es un ejemplo de cómo la prolongada renovación del Acuerdo está condicionada por el deseo y la necesidad de resolver complejos asuntos locales que requieren tiempo y paciencia».

Lo hemos visto a mediados de septiembre con la decisión de León XIV de suprimir las diócesis de Xiwanzi y Xuanhua y unificarlas en la de Zhangjiakou, creada por el Gobierno chino en 1980 y que no había sido reconocida por Roma. Desde 1992 estuvo gobernada por obispos no reconocidos y llevaba ya 33 años vacante. Además de crearla para la Iglesia católica, el Papa nombró a su primer obispo, monseñor José Wang Zhengui.

Para Giunipero, los beneficios del Acuerdo se expresan en cuestiones que, desde su punto de vista, hubieran sido impensables sin este nuevo entendimiento, como el hecho de que «todos los obispos chinos estén ahora en plena comunión con el Papa, hayan participado obispos de la República Popular China en Sínodos, viajes y visitas al Vaticano. O los encuentros entre el secretario de Estado y obispos chinos». 

¿Un vaso medio lleno o medio vacío? 

La profesora señala que hay piedras en el camino, «especialmente debido a la inflexibilidad política general imperante en China, que dificulta el diálogo». El sinólogo y director editorial del prestigioso portal AsiaNews, el padre Gianni Criveller, cree, por su parte, que los resultados del Acuerdo están por debajo de las expectativas que creó: «Incluso por debajo de las necesidades, ya que todavía hay muchas diócesis en China que no tienen obispo. Y se firmó hace siete años».

Comenta a ECCLESIA que, si bien el Acuerdo no ha empeorado la situación de los católicos en China, tampoco la ha mejorado. Criveller, que ha vivido durante años en China, cree que ha creado una situación «ambigua», porque, «a nivel internacional, hay menos atención y menos presión para conseguir la libertad religiosa en China, ya que la opinión pública piensa que la situación ha mejorado, cuando en realidad no es así». «De hecho, en los últimos años se ha producido un endurecimiento: las normas sobre libertad religiosa se han vuelto más estrictas y se aplican con mayor vigor, aunque no por igual en toda China», insiste.

A finales de septiembre, el presidente chino, Xi Jinping, pidió a sus correligionarios una regulación más estricta de los asuntos religiosos para «sinizar» las religiones del país. Lo hizo en una sesión del Politburó del Partido Comunista Chino en la que afirmó que «las doctrinas, reglas, sistemas de gestión, rituales, costumbres y normas de comportamiento han de incorporar características chinas». «Solo promoviendo continuamente la sinización de la religión en China podremos fomentar la armonía social y la estabilidad nacional a largo plazo. Es un requisito ineludible orientar activamente la religión para que se adapte a la sociedad socialista», añadió en un claro mensaje a las cinco religiones oficialmente reconocidas: budismo, taoísmo, islam, protestantismo y catolicismo. 

La profesora Giunipero evoca el sufrimiento histórico que han vivido las comunidades católicas chinas a lo largo de decenios sin perder la fe. «Nos enfrentamos en general a una represión política que tiende a un mayor control sobre las comunidades religiosas. Ante esto, creo que el principal desafío para la Iglesia china sigue siendo la evangelización, porque la sociedad y los jóvenes se están desilusionando con la práctica religiosa. Los católicos chinos, dentro de las limitaciones que les imponen las circunstancias actuales, buscan una vez más las maneras más eficaces de guiar a la Iglesia en tiempos turbulentos y proclamar el Evangelio», asegura.

«El ser buenos católicos no contradice para nada la fidelidad a la propia patria y la colaboración para su construcción y para el bienestar de toda la sociedad», insistía el cardenal Parolin en la Universidad Urbaniana. Para el cardenal Tagle, nieto de chino, es mejor ver el vaso medio lleno. En el ateneo universitario pidió «no ignorar las experiencias de la vida real y el caminar cotidiano de las comunidades católicas chinas, con una densa red de iniciativas pastorales y caritativas inspiradas directamente por el Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro». «Dentro de los límites en los que opera», puntualizaba también.

¿Y qué dice el Papa? 

León XIV sigue en la estela de su predecesor, de momento. Así lo afirmó en la primera entrevista que concedió a una periodista. En su respuesta a la pregunta sobre China, sin embargo, incluyó un matiz. Está escuchando distintas voces para «comprender mejor cómo puede continuar la Iglesia su misión, respetando tanto la cultura como las cuestiones políticas, que obviamente tienen una gran importancia, pero también respetando a un número significativo de católicos chinos que durante muchos años han vivido una cierta forma de opresión o dificultad para vivir su fe libremente y sin tomar partido».

Para Criveller es «interesante» que el Papa esté en contacto también con los católicos de comunidades clandestinas. Aunque no se pueda saber qué decisiones concretas tomará, tanto para la profesora Giunipero como para el director editorial de AsiaNews, León juega con ventaja porque conoce el país, al haber viajado en varias ocasiones allí cuando era superior de los Agustinos. En cualquier caso, el tiempo dirá si León XIV adopta una línea diferente e intenta acortar los tiempos. Paciencia. 

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