Ante la nueva ola de cristianismo, cabe una prudencia crítica por parte de los cristianos. Hay que estar atentos: todo esto puede no ser más que un juego pendular de aritméticas ideológicas. De hecho, puede no ser más que el cambio de tendencias que continuamente exige la mercadotecnia. Puede, acaso, que ahora la fe no sea más que un fetiche exótico para una cultura aburrida de sí misma.
Pero, al mismo tiempo, y teniendo en cuenta tan atentas reservas, conviene escuchar una vez más lo que el Evangelio tiene que decirnos.
Un excesivo celo por la pureza de la fe puede llevar al riesgo de cortar el trigo queriendo eliminar la cizaña. Los siervos del Señor, en la parábola, le piden permiso para arrancarla; mas su señor les dice: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega» (Mt 13,30). Y también existe el riesgo del fariseo observante que mira de reojo al que acaba de llegar, a la entrada del templo: «Menos mal que no soy como el resto» (Lc 18,10). Pero no salió justificado. Y por no hablar del más que comprensible razonamiento del asalariado que se quejó de aquel que llegó a última hora y recibió la misma remuneración que él, mereciendo así la reprensión del propietario: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20, 15). Y cómo olvidar al hermano mayor de la parábola, que lamentó que el padre hiciera una fiesta al hijo perdido, que había gastado licenciosamente la fortuna familiar. A esto, el padre misericordioso responde: «Era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido» (Lc 15,32).
Las reservas ante los recién llegados, aunque razonables, son reprobadas por el Señor, quien proclamó que «muchos últimos serán los primeros» (Mc 10,31) y que, con respecto a nosotros, «las prostitutas van por delante en el reino de Dios» (Mt 21,31).
Jesús encomia la capacidad de asombro del nuevo, del recién llegado, que con su capacidad de asombro, humildad, con espontánea confianza y sencillez, se aproxima a la fe con corazón puro, aunque intención imperfecta. La humildad es la llave de la misericordia de Dios. La preferencia amorosa de Dios por el alma alejada que vuelve a él parece incontestable. Dice san Juan de la Cruz que, si por algo queda Dios prisionero, es por el amor: «Por amor, en un cabello le ligan» (CB 32,1).
El juicio, por parte de los cristianos viejos, dice más del que predica que de a quien su juicio se refiere.







