Tras el aniversario del Concilio de Nicea y los 60 años de la clausura del Vaticano II que celebramos en 2025, «se trata de una ocasión preciosa para redescubrir la belleza y la importancia de este acontecimiento eclesial»
León XIV ha presidido su primera audiencia general del nuevo año 2026, en lo que ha supuesto un punto de inflexión tras el ciclo de catequesis enunciadas durante el Año Jubilar de la Esperanza. Ante una Plaza de San Pedro expectante, el Santo Padre ha inaugurado una nueva etapa que, según ha comunicado, dedicará al Concilio Vaticano II y a la relectura profunda de sus documentos.
De esta manera, el Pontífice ha situado esta iniciativa en la lógica, fluida continuidad del camino de la Iglesia, subrayando que, tras el aniversario del Concilio de Nicea y los 60 años de la clausura del Vaticano II que celebramos en 2025, es el momento de redescubrir la belleza de este evento tan importante para los católicos del último siglo. Y así lo ha expresado el Papa: «Se trata de una ocasión preciosa para redescubrir la belleza y la importancia de este acontecimiento eclesial». Consciente del paso del tiempo, León XIV ha advertido que, aunque la generación que vivió el Concilio ya no está entre nosotros, su profecía debe permanecer viva.
Para evitar lecturas sesgadas y equívocos, el Pontífice ha insistido en la importancia de acudir a las fuentes originales, pues «será importante volver a conocerlo de cerca, y hacerlo no a través del “he oído decir” o de las interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus documentos y reflexionando sobre su contenido». En este sentido, ha recalcado que el magisterio del Concilio Vaticano II sigue siendo plenamente vigente: «Aún hoy constituye la estrella polar del camino de la Iglesia».
Citando a Benedicto XVI, el Papa ha remarcado que «con el paso de los años, los documentos no han perdido actualidad», pues «sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes en relación con las nuevas exigencias de la Iglesia».
Durante su reflexión, León XIV ha hecho un recorrido por los grandes logros conciliares, que comenzaron con lo que san Juan XXIII evocó como «el amanecer de un día de luz». Entre estos hitos, ha destacado el redescubrimiento de Dios como Padre, la Iglesia como misterio de comunión y la reforma litúrgica que promueve la participación activa de todo el Pueblo de Dios. Además, ha señalado que el Concilio nos enseñó a ser una Iglesia abierta al mundo, capaz de dialogar y hacerse eco de las «esperanzas y angustias de los pueblos».
El Santo Padre también ha incidido en que el objetivo último del Concilio no fue simplemente un cambio de métodos, sino el florecimiento de un camino más hondo hacia el Cielo. Y, recordando las palabras de monseñor Albino Luciani, ha afirmado en este sentido que «existe, como siempre, la necesidad de realizar no tanto organismos, métodos o estructuras, cuanto una santidad más profunda y más extendida». Asimismo, y apoyándose en el magisterio de Francisco, ha proclamado que redescubrir el Vaticano II sirve para «devolver el primado a Dios y a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres».
En la parte final de su catequesis, León XIV ha recordado que el compromiso de la Iglesia abraza la totalidad de los tiempos. Así, el Santo Padre ha manifestado que «al acercarnos a los documentos del Concilio Vaticano II y redescubrir su profecía y su actualidad, acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente». Finalmente, el Papa ha llamado a los fieles a, partiendo de las enseñanzas del Concilio, ser «gozosos anunciadores del Evangelio» en un mundo que tiene sed de justicia y paz.








