«Creo que el Papa quiere que el colegio cardenalicio viva como una comunidad», afirma el agustino recoleto
Catequista de confirmación, confesor, celebrante cotidiano de la Eucaristía. Así transcurren hoy muchos de los días del cardenal José Luis Lacunza Maestrojuán, OAR, cardenal emérito de Panamá. Escuchar el testimonio de un cardenal siempre resulta interesante, pero el suyo lo es de un modo particular. Religioso agustino recoleto desde su juventud, tras años de servicio a la Iglesia vuelve a su comunidad para vivir y servir como un hermano más. Desde ahí, desde lo cotidiano y sencillo, reflexiona también sobre la Iglesia universal y sobre la experiencia vivida recientemente en el consistorio convocado por el papa León.
Volver a la comunidad después de muchos años de servicio
El cardenal Lacunza no habla desde un despacho ni desde una distancia institucional. Habla desde la comunidad del Colegio San Agustín, donde celebra la Eucaristía cada mañana, acompaña la adoración, confiesa, reza el rosario con la gente y coordina la catequesis de confirmación.
«Ahí me entretengo», dice con sencillez, como quien habla de lo más normal. Y quizá así debería de ser. Después de años de responsabilidades pastorales, de vida de curia, vuelve a la vida comunitaria, no como una retirada, sino como una forma concreta de seguir sirviendo. Como un fraile más.
Este dato no es menor. Marca el tono de todo su testimonio. Lacunza habla de la Iglesia desde dentro, desde la vida compartida, desde la escucha cotidiana del pueblo de Dios.
Un cardenal emérito que vuelve a Roma
Desde esta realidad concreta, el cardenal Lacunza vuelve a Roma para participar en el consistorio extraordinario convocado por el Papa León. Es la segunda vez que vive una experiencia así. La primera fue muy cercana a su creación como cardenal. Hoy lo hace desde otra posición, la del cardenal emérito. Al inicio sin experiencia, hoy con años de experiencia.
Y esa condición importa. No participa desde la urgencia del gobierno diocesano, sino desde una libertad distinta, con la serenidad que da el tiempo y la experiencia. «Los cardenales eméritos también fuimos escuchados», subraya. No como un gesto simbólico, sino como parte real del discernimiento.
Su palabra, como la de otros cardenales eméritos, aporta memoria, perspectiva y realismo pastoral. La Iglesia no descarta la experiencia vivida. La integra.
Escucharse sin discutir: una experiencia de Iglesia
El consistorio se desarrolló siguiendo la metodología sinodal. Grupos pequeños, mesas compartidas, tiempos reales para escucharse. «La idea no era discutir, sino escuchar», explica Lacunza.
No hubo debates ni confrontaciones. Hubo escucha. Respeto. Acogida. Una forma de proceder que permitió un clima sereno y fraterno, donde la diversidad no rompía la comunión, sino que la hacía más rica.
Aquí aparece una clave importante. El consistorio no fue solo una reunión de trabajo. Fue una experiencia de Iglesia como comunidad. Y eso, para el cardenal, tiene mucho que ver con el estilo del Papa León.
Un Papa fraile y la intuición de la vida comunitaria
El Papa León es fraile. Ha vivido durante años en comunidad. Y esa experiencia se percibe, según Lacunza, en su manera de convocar y de escuchar. No busca solo opiniones técnicas. Busca relaciones. Encuentro. Conocimiento mutuo.
«Creo que el Papa quiere que el colegio cardenalicio viva como una comunidad», intuye el cardenal. No como un órgano funcional, sino como un cuerpo que camina unido. Una sinodalidad que no se reduce a estructuras, sino que se expresa en la forma de relacionarse.
Matteo Bruni lo resumía bien al hablar de una sinodalidad no técnica ni organizativa, sino como instrumento para crecer en las relaciones.
Evangelización y sinodalidad, prioridades claras
Entre los cuatro temas propuestos —Evangelii gaudium, la sinodalidad, Praedicate Evangelium y la liturgia—, la elección fue clara. Evangelización y sinodalidad.
Para Lacunza, esto dice mucho del momento que vive la Iglesia. «La evangelización no es una tarea más: es la razón de ser de la Iglesia», afirma. Y recuerda que no puede haber anuncio creíble del Evangelio si la Iglesia no vive internamente aquello que proclama.
Por eso evangelización y sinodalidad aparecen unidas. No se trata solo de qué anunciar, sino de cómo vivirlo. La sinodalidad, insiste, no es un procedimiento. Es un modo de ser Iglesia. Comunidad que escucha, discierne y camina junta.
Estas prioridades marcan el horizonte inmediato. Los próximos dos años estarán llamados a profundizar en una evangelización más encarnada y en una sinodalidad vivida de verdad en las Iglesias locales, con ritmos distintos, sí, pero con un horizonte común.
La Iglesia que se discierne caminando
El consistorio no terminó con un documento final. Las aportaciones de los cardenales —también de los eméritos— fueron entregadas al Papa como insumos para su discernimiento. «Nosotros ayudamos, pero es el Papa quien decide», recuerda Lacunza con realismo eclesial.
Habrá continuidad. Un nuevo consistorio en junio. Y, en el horizonte, la fase final del Sínodo de la Sinodalidad en 2028.
Mientras tanto, la Iglesia sigue caminando.
Y el cardenal José Luis Lacunza seguirá ahí donde hoy se siente en casa. En comunidad. Como catequista. Como confesor. Como fraile agustino recoleto. Desde ahí, su testimonio resulta no solo interesante, sino profundamente elocuente.








