El sacerdote explica en una entrevista con ECCLESIA que la vida espiritual en esta remota región junto al Ártico es «sencilla y muy concreta», marcada por la «cercanía a la naturaleza, los largos inviernos y el silencio»
La tensión sobre el control de Groenlandia sigue escalando tras el renovado interés del Gobierno estadounidense por anexionarse la isla, cuya situación actual es la de un territorio semiautónomo bajo soberanía danesa. En este tablero geopolítico, el párroco de Nuuk —capital del país—, Tomaž Majcen, detalla en entrevista con ECCLESIA que la población local está viviendo este debate con más sorpresa e inquietud que entusiasmo.
El sacerdote y misionero franciscano —es de nacionalidad eslovena— explica que a su alrededor percibe un sentimiento generalizado de que las discusiones sobre el futuro de su tierra se producen muy lejos y sin escuchar a la comunidad, pues «se siente con fuerza que se vuelve a hablar de Groenlandia, en lugar de hablar con ella». Y agrega que, para muchos habitantes, esta incómoda situación «despierta viejas heridas relacionadas con la historia colonial y el miedo a perder el control sobre su tierra, cultura e identidad». Donald Trump, de hecho, ha llegado a cuestionar la soberanía danesa ironizando sobre su defensa como «dos perros tirando de un trineo».
El vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio, han mantenido en las últimas horas reuniones clave en la Casa Blanca con ministros de Dinamarca y de la propia isla para discutir una posible compra o control militar del territorio. Washington ve en la isla una pieza fundamental para el despliegue de su Cúpula Dorada —un escudo antimisiles de 175.000 millones de dólares—.
Dentro de la comunidad católica de Nuuk —una feligresía marcadamente internacional compuesta por groenlandeses, filipinos, polacos, africanos y latinoamericanos—, el tema se aborda estos días con cautela. El padre Majcen señala que, más que ira política, lo que percibe es una profunda preocupación por la dignidad y el respeto hacia su gente, con preguntas que surgen de forma natural: «¿Quién decide? ¿De quién es la voz que importa? ¿Se protegerá a los más débiles?». Y subraya, en este sentido, que «la fe ayuda a la comunidad a ralentizar la discusión» para que el enfoque pase de la estrategia geopolítica a las vidas humanas, rezando para que las decisiones se guíen por la «justicia, la sabiduría y el cuidado de la creación».
La vida espiritual de Groenlandia
La vida espiritual en esta remota región junto al Ártico es, en palabras del sacerdote, «sencilla y muy concreta», marcada por la «cercanía a la naturaleza, los largos inviernos y el silencio». El párroco ha confirmado con los años que, en un entorno tan extremo, «muchos experimentan a Dios no tanto a través de las palabras, sino a través de la presencia, la resistencia y la confianza».
Aunque la comunidad católica es numéricamente pequeña, Majcen destaca su vitalidad y el fuerte sentido de pertenencia de quienes acuden a Misa tras largas jornadas laborales, afirmando que «aquí, en Nuuk, la fe no es ruidosa, pero es real y vívida».
El servicio misionero en el Ártico no está exento de dificultades, siendo la soledad y las enormes distancias los mayores retos cotidianos. El padre Tomaž confiesa que ha tenido que aprender a cultivar la paciencia, ya que el clima decide a menudo los planes y nos da una lección de humildad, pues no todo puede ser controlado: «Como misionero, debo aceptar que no puedo hacerlo todo y que la presencia es a menudo más importante que la actividad», explica. Además, recalca la importancia de la escucha profunda en una cultura donde el lenguaje y la expresión de emociones son distintos, admitiendo que «a veces, el silencio habla más alto que las palabras».
El Evangelio crece silenciosamente
Pese a estos desafíos, el sacerdote encuentra habitualmente una alegría profunda en la confianza que le brindan los fieles al abrir sus corazones, comparando su labor con una metáfora natural propia del paisaje groenlandés: «Aquí, se me recuerda constantemente que el Evangelio crece silenciosamente, como una semilla en la nieve». Su origen esloveno —procedente de un país pequeño y codiciado— le permite empatizar con el deseo local de ser respetados frente a las grandes potencias, mientras que su carisma franciscano le otorga una sensibilidad especial hacia el entorno. «Aprendes rápidamente que no eres el amo, sino un invitado», explica al referirse a la abrumadora naturaleza del Ártico.
Y concluye que ser franciscano en Groenlandia implica estar presente en lugar de ser poderoso, la escucha en lugar de la dominación. Por último, invita a través de ECCLESIA a la comunidad internacional a rezar por la soberanía de la isla y por la protección de su frágil ecosistema, al que define como una «obra maestra de Dios, impresionante pero vulnerable», resaltando que el futuro de este territorio debe basarse en el respeto a las personas y a la creación, y no solo en intereses geopolíticos.








