La BAC alumbra una obra que recoge una verdadera edad de oro del quehacer teológico
Con el concurso de la Universidad Pontificia de Comillas, en cuyas filas están algunos de los más reputados profesores de Teología actuales; de la Fundación Universitaria Comillas – ICAI, por dar sufragio económico al proyecto; y de la Biblioteca de Autores Cristianos, que le ha dado forma editorial, sale a la luz La teología del siglo xx. Once figuras, bordeando el año 2025 y cerrándolo con broche de oro. Y decimos de oro no porque nos guste el lugar común sino porque, si algo puede decirse de la teología del siglo xx es que supuso, en términos históricos, una verdadera edad de oro, un siglo dorado cuyo parangón ha de buscarse, si acaso, en el XII —con Aquinos, Claravales, Lombardos o Buenaventuras— o en el xvi —cuyos santos y teólogos fueron tantos y tan deslumbrantes que excusamos la mención—. Pues tal fue la magnitud de la renovación teológica que esta generación ilustre de maestros llevó a cabo en el siglo xx.
El equipo de investigadores, coordinados al punto por el decano de la Facultad de Teología, D. Ángel Cordovilla, aborda en cada capítulo la figura de uno de estos teólogos ilustres, sintetizando magistralmente la peripecia vital con el asombroso, y a veces inabarcable, quehacer teológico. Así, al inicio, Pável Florenski concibe la Verdad como una síntesis viviente de antinomias imposibles de encajonar y clasificar en «casillas». Verdad que es recogida y puesta en valor, a continuación, por Romano Guardini, que la hará resplandecer a través de aquello que dio en titular «contemplación católica del mundo». Paul Tillich, obsesionado con relacionar las preguntas últimas del hombre con el mensaje cristiano, terminará por afirmar que Dios es, en sí mismo, la respuesta al interrogante humano sobre su propia finitud. Por su lado, Erik Peterson, defensor a ultranza de la especificidad radical de la teología, dedicará su vida a mostrar que esta «no tiene que ver con las opiniones personales, sino con la fe eclesial», como bien dirá Gabino Uríbarri en su capítulo dedicado a él.
Henri de Lubac abrió, por su lado, un camino definido por una vuelta a las fuentes, convencido de que solo mirando a los Padres podría la Tradición mostrar de nuevo su fecundidad en el mundo moderno. Yves Congar prolongó ese impulso con una pasión incansable por la unidad y la reforma, sustituyendo la imagen rígida y piramidal por una eclesiología de comunión, donde el pueblo de Dios aparece como sujeto vivo y cada fiel es, en sentido propio, sacerdote de su propia existencia. Karl Rahner dio entonces el giro antropológico, al pensar al hombre como espíritu en el mundo y oyente de la Palabra, constitutivamente abierto a una autocomunicación divina que se ofrece gratuitamente en la historia. Hans Urs von Balthasar coronó este movimiento articulando su teología desde los trascendentales del ser —belleza, bondad y verdad—, situando el centro luminoso de toda revelación en el drama de la cruz y en el anonadamiento de Dios, es decir, en su kénosis.
Llegamos a Joseph Ratzinger, de quien todo lo que se diga es poco. Aquella obsesión tan suya por armonizar fe y razón, su defensa a pecho descubierto de la verdad frente a las dictaduras del relativismo y las «patologías de la religión», todo converge, al final, en la noción de que el cristianismo no es idea, sino encuentro. Le sigue Adolphe Gesché con su propuesta de Dios como hipótesis fecunda para que el hombre se piense a sí mismo, es decir, para que vaya descubriendo su propia identidad a través de la alteridad con Dios. Y cierra el volumen Wolfhart Pannenberg, aquel que sostuvo que Dios se manifiesta a través del hecho histórico, hecho que nosotros podemos vivir, leer, conocer, interpretar y que, por tanto, queda abierto a nuestra razón.
Un libro, en fin, amplio y generoso, de hondísimo calado, atractivo para todo tipo de lector, aunque particularmente más para aquellos con inclinación a la teología pero a quienes el cielo aún no ha concedido la oportunidad de estudiarla sistemáticamente. Sin exigir especialización previa, nos ofrece claves, nombres, datos, líneas, horizontes y aparatos bibliográficos para empezar a pensar con rigor una fe que, en el siglo xx, aprendió a tomarse en serio la historia sin dejar de mirar a Dios.








