Siguiendo los pasos de san Demetrio de Tesalónica, ECCLESIA viaja por Grecia y Bulgaria para admirar un patrimonio milenario
Dice el patriarca ecuménico Bartolomé que «la fe no conoce fronteras y el cristianismo es por fe ecuménico». Y más: «En un mundo en el que muchas veces prevalecen las divisiones, san Demetrio nos invita a redescubrir lo que nos une». San Demetrio de Tesalónica es uno de los mártires más venerados en el Oriente cristiano. Los ortodoxos griegos lo llaman «megalomártir», es decir, «un gran mártir», puesto que detentaba un alto cargo en el ejército romano y no abjuró nunca de su fe pese a la persecución de Diocleciano. Demetrio fue ajusticiado en el siglo IV en Serbia, en la actual Sremska, pero, antes, los romanos lo encarcelaron en una prisión en Tesalónica. Sobre las ruinas de esa cárcel se levantó una basílica solo un siglo después.
Demetrio es el patrón de la ciudad que visitara san Pablo en su segundo viaje misionero en torno al año 50 d.C. La tradición atribuye a este santo varios milagros y cuando se visita el templo que lleva su nombre es casi obligatorio tocar su reliquia en una pequeña capilla llena de exvotos. El templo podría considerarse sobrio por fuera, pero dentro impresiona por su gran cantidad de frescos, supervivientes de todo tipo de vicisitudes. La peor, quizá, el incendio de 1917. Junto a san Demetrio, san Jorge fue el patrón de las cruzadas y también es muy venerado en la ciudad; la Rotonda de Galerio, o de san Jorge, es la iglesia más antigua.
Cinco millones de visitantes acuden al año a Meteora, no muy lejos de Tesalónica. Es difícil explicar en pocas líneas la impresión que causan estos monasterios que casi tocan el cielo. No en vano, en griego, el nombre de este conjunto significa «suspendidos en el aire». Desde el siglo IX lo pueblan ascetas y ermitaños, aunque también llega el turismo. Por llegar, lo hicieron hasta los nazis, que robaron a los monjes los tesoros. Siglos antes, los turcos esquilmaron las riquezas de este lugar, donde se refugiaron, además, muchos cristianos. Ahondando en las raíces ortodoxas es imposible no acercarse al Monte Athos, una península cuajada de 20 monasterios ortodoxos que las mujeres no pueden visitar.
A tres horas, en la vecina Bulgaria, san Demetrio es también famoso por ser considerado el artífice del restablecimiento del Segundo Reino de Bulgaria en el siglo XIII. Muchos búlgaros viajan hasta Grecia para pedir milagros a las reliquias del santo. La iglesia búlgara dedicada al santo es la segunda más grande del país, por detrás de la catedral de san Alejandro Nievski, el defensor del cristianismo ortodoxo. Quien visita Sofía no puede dejar de ver este lugar. Como tampoco hay que perderse los monasterios medievales de Rila o Rozhen, enclavados en las montañas boscosas del país, y cuya paz permite comprender el atractivo de retirarse del mundanal ruido.








