En el marco de los ejercicios que están desarrollando el papa León XIV y la Curia Romana con motivo del inicio de la Cuaresma, la segunda reflexión de ayer se centró en «la tentación de las modas»
En el marco de los ejercicios espirituales de Cuaresma para el santo padre León XIV y la Curia Romana, monseñor Erik Varden dirigió este martes 24 de febrero la quinta meditación, centrada en «el esplendor de la verdad». Durante su reflexión, el obispo noruego profundizó en la necesidad de mantener un compromiso firme con la honestidad existencial frente a las asechanzas de la falsedad y la vanagloria.
Así las cosas, el monje trapense comenzó su reflexión apoyándose en la sabiduría de san Bernardo para recordar que la lucha espiritual es constante. El predicador eligió algunas enseñanzas del santo: «Quiero advertirles: nadie vive en la tierra sin tentación; si a alguien se le libera de una, que espere seguramente otra». Sin embargo, lejos de invitar al desánimo, Varden subrayó que estas pruebas son permitidas por Dios porque resultan «útiles» para fortalecer el compromiso con la verdad frente a los ataques del «padre de las mentiras».
Uno de los puntos más incisivos de la tarde fue la denuncia explícita de la ambición, a la que calificó como una forma de capitulación ante la mentira y una «forma poco sutilmente sublimada de codicia». Citando nuevamente de forma elocuente a Bernardo, describió esta falta como «un mal sutil, un virus secreto, una peste oculta, un artesano del engaño; es la madre de la hipocresía, la progenitora de la envidia, el origen de los vicios».
Para el obispo de Trodheim, este vicio es particularmente dañino, pues «hace que las virtudes se oxiden, la santidad se pudra, los corazones se cieguen» y llega incluso a transformar la medicina espiritual en apatía. En su análisis, afirmó que la ambición nace de una «alienación de la mente», una suerte de locura que surge al olvidar la verdad, resultando especialmente «ridícula» cuando se manifiesta en quienes están dedicados al servicio desinteresado.
Frente a la tentación de seguir las «modas del mundo», monseñor Varden defendió que la Iglesia debe hablar su propio lenguaje —el de las Escrituras, la liturgia y los santos— para mantenerse «original y fresca», así como capaz de orientar la cultura. Y afirmó que, aunque la Iglesia pueda parecer «pasada de temporada», es precisamente su fidelidad a las verdades antiguas lo que le permite expresarse de formas nuevas y liberadoras: «Es tentador pensar que debemos seguir las modas del mundo. Es, diría yo, un procedimiento dudoso. La Iglesia, un cuerpo lento, siempre correrá el riesgo de parecer y sonar pasada de temporada. Pero si habla bien su propio lenguaje, el de las Escrituras y la liturgia, de sus padres y madres, poetas y santos pasados y presentes, será original y fresca, lista para expresar verdades antiguas de nuevas maneras, teniendo la posibilidad, como lo ha hecho antes, de orientar la cultura».
Finalmente, el predicador recordó que la verdad cristiana solo es convincente cuando se encarna en la vida diaria. Citando las últimas palabras del cardenal Schuster, señaló que, aunque la gente ya no se deje convencer por la predicación, «en presencia de la santidad, todavía creen, todavía se arrodillan y oran». En este sentido, planteó un interrogante crucial a la Curia: «¿No fue acaso la llamada universal a la santidad, la llamada, es decir, a encarnar la verdad, la nota más fuerte que tocó el Concilio Vaticano II?». La respuesta, sugirió, reside en un amor sacrificial purificado de cualquier tentación de temporalidad.
Cuarta meditación, sobre la libertad
En el marco de estos ejercicios espirituales que están desarrollando el papa León XIV y la Curia Romana con motivo del inicio de la Cuaresma —bajo la batuta de monseñor Erik Varden y con el lema «Iluminados por una gloria oculta»— la cuarta meditación, celebrada en la mañana de hoy, se ha centrado en una cuestión esencial, como la de la «libertad». En el silencio de la Capilla Paulina, el eco de las palabras del obispo cisterciense ha resonado con una contundencia inusual ante el papa León XIV y los principales responsables de la Curia Romana, ante quienes ha despojado al concepto de «libertad» de sus ropajes retóricos modernos para devolverle su raíz evangélica, advirtiendo de paso que, sin la gracia, el ser humano es esclavo de sus propios impulsos.
Desde el inicio de su meditación, titulada «Llegar a ser libres», Varden ha analizado cómo el lenguaje contemporáneo ha erosionado este valor fundamental. El predicador ha observado que «la noción de «libertad» se ha vuelto controvertida en el discurso público» y ha lamentado que se haya transformado en una mera «eficaz herramienta retórica» utilizada para encubrir agendas contrapuestas. Según ha desarrollado, esta desviación genera tensiones sociales profundas, donde lo que un grupo celebra como liberación, otro lo padece como opresión.
Para iluminar esta problemática, el obispo noruego se ha apoyado en la sabiduría de san Bernardo de Claraval, centrando su reflexión en el versículo que habla de ser librados del «lazo de los cazadores». Varden, así las cosas, ha sido tajante al cuestionar la autosuficiencia del hombre contemporáneo y ha manifestado que «la verdadera libertad no es «natural» al hombre caído». En este sentido, ha recuperado el sarcasmo del santo medieval para interpelar a los presentes, exclamando: «¿Qué te crees que eres, ignorante presuntuoso? ¡Te has convertido en una bestia para la cual se tienden trampas!».
El predicador ha argumentado que la prueba de nuestra falta de libertad reside en la facilidad con la que volvemos a tropezar en los mismos errores, aun conociendo su ubicación y temiéndolo. Por ello, ha propuesto una «revolución» en el entendimiento humano, basada en el ejemplo de Cristo. Varden ha defendido que la libertad cristiana no se trata de imponerse a los demás, sino que «consiste en amar al mundo con un amor crucificado, lo bastante magnánimo como para hacernos desear libremente, unidos a Cristo, dar nuestra vida por él».
En un pasaje especialmente crítico con las ideologías modernas, el obispo ha pedido extremar la vigilancia cuando la libertad es secuestrada por conceptos abstractos. De este modo, ha denunciado que se use el término para legitimar acciones de entes como «»el Partido», «la Economía» o incluso «la Historia»». Frente a estas estructuras opresivas, ha recalcado que «la única libertad con sentido es personal; y la libertad de una persona no puede anular la de otra».
Finalmente, ha realizado un llamamiento al sacrificio personal como camino hacia la auténtica soberanía del espíritu. El prelado cisterciense ha reconocido que seguir este modelo «implica consentir al dolor» y ha aclarado que el mandato de no resistir al mal no es una invitación a la pasividad ante la injusticia, sino una apuesta por no responder a la fuerza con la fuerza. Para el obispo noruego, el horizonte del cristiano debe ser siempre el hijo de Dios, quien, como emblema máximo de la libertad, «se despojó de sí mismo» para redimir a la humanidad.








