En el marco de los ejercicios que están desarrollando el papa León XIV y la Curia Romana con motivo del inicio de la Cuaresma, la reflexión en la mañana de ayer se centró en «los ángeles de Dios»
En la tarde de este jueves 26 de febrero, en el marco de los Ejercicios Espirituales para el papa León XIV y la Curia Romana con motivo de la Cuaresma, el obispo de Trondheim, monseñor Erik Varden, ofreció la novena meditación de su serie, centrada en esta ocasión en la evolución espiritual de san Bernardo de Claraval. Bajo el título de una transición «del idealista al sabio realista», el monje trapense exploró cómo el encuentro con la misericordia divina redefine la percepción de la realidad.
Así las cosas, el predicador noruego describió la identidad cisterciense como un movimiento forjado en la «intersección entre lo ideal y lo concreto», donde sus protagonistas son purificados por las tensiones entre ambos mundos. Al analizar la figura de san Bernardo, el obispo señaló que, aunque inicialmente poseía una «inflexibilidad» y una conducta «drástica», estas se suavizaron con el tiempo.
Para definir este «realismo», el monje cisterciense recurrió al psicoanalista Jacques Lacan, explicando que «lo real» es aquello con lo que chocamos. En el caso de Bernardo, su choque frecuente con la realpolitik lo llevó a una comprensión más profunda: la realidad no es solo aceptar las cosas como son, sino reconocer que «la realidad más profunda de todos los asuntos humanos es un clamor de misericordia».
Según Varden, san Bernardo aprendió a reconocer este grito de auxilio en los corazones angustiados, los conflictos mundanos e incluso en la naturaleza. La respuesta a ese clamor la halló en el nombre de Jesús, a quien describió como un «aceite fragante, sanador y purificador» derramado sobre la humanidad.
El predicador recordó la advertencia del santo a sus monjes: cualquier alimento para el alma, ya sea la escritura o la discusión, resulta «seco e insípido» si el nombre de Jesús no resuena en él. Bernardo llegó a considerar a Cristo como un «principio hermenéutico» indispensable para interpretar situaciones, personas y relaciones.
La meditación destacó el concepto de affectus, subrayando que la gracia mueve al ser humano como un ser encarnado, permitiendo que los sentidos perciban a Dios. Esta perspectiva afectiva y profunda es la que, según Varden, permitió que Bernardo fuera admirado incluso por figuras posteriores como Martín Lutero y John Wesley.
Al cierre de su intervención, el obispo noruego afirmó que fue el conocimiento de la «realidad absoluta del amor de Cristo» lo que convirtió a Bernardo en un gran reformador, doctor y santo. Este realismo maduro no solo ofrece un modelo de libertad personal, sino que proporciona un «paradigma para un mundo renovado» donde la gloria escondida en la naturaleza humana puede finalmente brillar con intensidad.
Octava meditación
En la mañana de ayer jueves, la Capilla Paulina fue el escenario de la octava meditación de los ejercicios espirituales de Cuaresma predicados por monseñor Erik Varden, obispo de Trondheim, ante el Papa y la Curia Romana. Bajo el tema central de «Los ángeles de Dios», el monje trapense reflexionó sobre la naturaleza de estas criaturas celestiales como mediadores de la gracia y guardianes de la santidad, resaltando el contraste entre su misión con las tentaciones del mundo contemporáneo.
Varden comenzó su alocución recordando el pasaje de las tentaciones de Cristo en el desierto, donde Satanás utiliza el Salmo 90 para incitar a Jesús a arrojarse al vacío. El obispo precisó una distinción fundamental en la relación con lo divino: mientras que el diablo busca el espectáculo del riesgo, «solo Dios puede invitarnos a saltar desde lo alto», y su llamada siempre será para saltar hacia sus brazos, nunca hacia la nada. En este sentido, subrayó que los ángeles no son figuras destinadas a complacer caprichos humanos, sino que tienen la misión de «iluminar, guardar, regir y gobernar». Son, en esencia, guardianes de la santidad que actúan como canales de la providencia divina.
Citando de nuevo a san Bernardo, el obispo describió el papel de los ángeles como mediadores necesarios en la «cadena de alabanza» que resuena desde la tierra hasta el cielo. Según la visión del santo, la acción de un ángel —y la de quien desee imitarlo— debe seguir un doble movimiento: descender para mostrar misericordia al prójimo mientras se eleva hacia la verdad eterna, orientando incluso los deseos y anhelos naturales del ser humano hacia Dios.
Varden, así las cosas, destacó que esta mediación es un regalo de Dios, quien, aunque puede tocar directamente al hombre, prefiere permitir que sus criaturas sean canales de gracia unas para otras.
La reflexión, por otra parte, también abordó el pensamiento de san John Henry Newman, quien consideraba el ministerio sacerdotal como una tarea «angélica». Para Newman, el sacerdote debe habitar el mundo buscando a los extraviados en «bosques oscuros», pero manteniendo siempre los ojos fijos en el resplandor del Padre para iluminar la realidad presente.
El obispo noruego lanzó además un desafío profético sobre la educación, lamentando que hoy se delegue gran parte de ella a los medios digitales. Varden señaló que los jóvenes anhelan encontrar maestros que sean «iluminadores angélicos», capaces de transmitir sabiduría y no solo habilidades técnicas. En un contundente cierre, afirmó que un encuentro angélico es estrictamente personal y que, por su naturaleza, «no puede ser sustituido por una descarga ni por un chatbot».
Finalmente, el prelado recordó que el acto de caridad más decisivo de los ángeles ocurre en el momento de la muerte, cuando conducen al ser humano hacia la eternidad. En ese instante, donde la retórica y las apariencias caen, solo permanecerá la verdad en sintonía con la misericordia, guiada por seres que «no pueden ser vencidos ni seducidos».








