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Sexta y séptima meditaciones de Erik Varden a la Curia Romana: «No hay tragedia en la muerte cuando lo mejor de la vida humana se ha visto y vivido»

En el marco de los ejercicios que están desarrollando el papa León XIV y la Curia Romana con motivo del inicio de la Cuaresma, la reflexión de esta mañana se ha centrado en «las caídas»

En un ambiente de profundo recogimiento en la Capilla Paulina, el predicador Erik Varden ofreció este miércoles la séptima meditación de Cuaresma ante el papa León XIV y la Curia Romana. Bajo el título de «Gloria oculta», el obispo noruego de Trondheim desgranó una reflexión sobre el inmenso potencial que Dios ha depositado en el ser humano, asegurando que «su plan para nosotros «es infinitamente maravilloso»».

De este modo, el monje trapense comenzó recordando el momento en que Jesús, al explicar las exigencias de su Reino, vio cómo gran parte de sus seguidores flaqueaban. El predicador señaló que «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no iban con él», al no estar dispuestos a aceptar el «realismo sacramental, la indisolubilidad del Matrimonio, la necesidad de la Cruz». En este contexto, destacó que la verdadera glorificación de Cristo se manifiesta paradójicamente en la kenosis y el abandono en el Calvario, donde «precisamente esta escena de abandono manifiesta la gloria de Cristo». Y, citando a san Bernardo, explicó que la plenitud llegará al final del viaje terrenal: «Nuestra esperanza está en el nombre del Señor; la realidad esperada está en verlo cara a cara».

Uno de los puntos centrales de la meditación fue la presencia de una «gloria oculta» que ya reside en nosotros aquí y ahora. Apoyándose en san Agustín, el predicador noruego describió que portamos la imagen de la gloria en una «forma oscura», la cual está «encarnada y sujeta a las vicisitudes de la existencia concreta». No obstante, Varden subrayó que esta gloria es imborrable: «La gloria de la imagen no puede perderse; está impresa en nuestro ser», aunque a veces quede «sepultada bajo capas de oscuridad» que deben ser eliminadas para que surja la «forma formosa» o belleza original.

Por otra parte, el obispo de Trondheim presentó a la Iglesia como la institución que revela que «la mediocridad y la desesperación del presente (…) no tienen por qué ser definitivas». A través de los santos, la Providencia demuestra que la enfermedad y la degradación pueden ser medios para alcanzar un «propósito glorioso», convirtiendo a los débiles en «santos radiantes».

Finalmente, el predicador se centró en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, como la vía principal por la que se comunica esta luz. Y concluyó con una poderosa reflexión sobre la experiencia sacerdotal y el asombro ante lo sagrado, afirmando que, tras vivir estos misterios, «la muerte no sería realmente una tragedia: porque lo mejor de lo que hay en el centro de la vida humana se ha visto y se ha vivido».

Sexta meditación

En la mañana de hoy, la Capilla Paulina ha sido el escenario de la sexta meditación de los ejercicios espirituales de Cuaresma predicados por monseñor Erik Varden, obispo de Trondheim, ante el Papa y la Curia Romana. Bajo el título «Caerán mil», inspirado en el Salmo 90, el prelado noruego ha diseccionado la naturaleza de las crisis espirituales, advirtiendo de que «las caídas pueden humillarnos cuando estamos hinchados de orgullo, mostrando el poder de Dios para salvar», pero señalando también la existencia de fracasos mucho más oscuros.

El predicador y monje trapense no ha eludido temas espinosos, refiriéndose directamente al daño causado por la falta de integridad en la Iglesia. Durante su reflexión, ha afirmado con crudeza que «no toda caída termina en exaltación. Hay caídas que exhalan un hedor infernal, que traen destrucción al culpable y arrastran ruina a su paso». A su juicio, el mayor desafío de la cristiandad hoy no proviene del exterior, pues «nada ha causado a la Iglesia un daño más trágico, ni ha comprometido más nuestro testimonio, que la corrupción surgida dentro de nuestra propia casa».

En un análisis sobre la crisis de abusos y los escándalos en comunidades que inicialmente parecían florecientes, Varden ha subrayado que «la peor crisis de la Iglesia no ha sido provocada por la oposición secular, sino por la corrupción eclesiástica». A este respecto, ha invitado a los presentes a no simplificar la realidad, reconociendo que incluso en los orígenes de grupos hoy cuestionados se pueden encontrar «huellas de santidad», lo que hace aún más compleja la explicación de sus posteriores «desarrollos deformados».

De este modo, citando a san Bernardo, monseñor Varden ha explicado que los ataques del enemigo se intensifican allí donde hay mayor nobleza de propósito. Según el predicador, «los hombres espirituales de la Iglesia son atacados mucho más terriblemente que los carnales». Utilizando la simbología del salmo, asoció la «izquierda» a la naturaleza carnal y la «derecha» a la espiritual, ha advertido de que «las bajas son más numerosas en la derecha porque es allí donde, en el campo de batalla espiritual, se emplean las armas más letales».

Esta vulnerabilidad surge porque, al profundizar en la vida espiritual, afloran hambres existenciales que pueden presentarse como un asalto a la libertad humana. Por ello, el obispo noruego ha enfatizado que «el progreso en la vida espiritual exige configurar nuestra dimensión física y afectiva en sintonía con la maduración contemplativa».

La meditación ha concluido con un fuerte llamamiento a evitar el dualismo existencial. Varden ha recordado a la Curia que «la integridad de un maestro espiritual se acreditará por su conversación, pero no solo por ella; se evidenciará igualmente en sus hábitos en línea, en su comportamiento en la mesa o en el bar, en su libertad frente a la adulación de los demás».

Finalmente, les ha instado a tener presente que la vida espiritual es el alma de toda la existencia y no un compartimento estanco, exhortándolos con una visión integradora: «Debemos cuidarnos de todo dualismo, recordando siempre que el Verbo se hizo carne para que nuestra carne fuera impregnada por el Logos». Solo así, ha concluido, se podrá aprender a vivir con serenidad tanto en la dimensión carnal como en la espiritual, permitiendo que Cristo reine en ambas.

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