Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

La nueva ascesis tecnológica

El proyecto Blueprint de Bryan Johnson, orientado a frenar el envejecimiento mediante control biométrico extremo, revela una paradoja profundamente humana. El asceta antiguo sacrificaba el cuerpo para educar el espíritu; hoy se sacrifica la libertad interior y la espontaneidad para optimizar el cuerpo. Como advertía G.K. Chesterton: «El hombre que no cree en Dios no cree en nada, pero cree que puede crearse a sí mismo». En un tiempo fascinado por la inteligencia artificial y la biotecnología, surge la pregunta decisiva: ¿puede la técnica salvarnos?

Nada colma del todo nuestro anhelo de plenitud. Rozamos a veces la felicidad, pero no la poseemos. El mal y, sobre todo, la muerte nos enfrentan a un límite que no podemos atravesar solos. Por eso, como recuerda Fabrice Hadjadj, «el hombre no puede salvarse a sí mismo porque ha sido hecho para recibir, no para producir la salvación».

A lo largo de la historia han surgido múltiples intentos de autosalvación: el héroe que se perfecciona, el sabio estoico, las utopías políticas inspiradas por Karl Marx, y, hoy, la promesa tecnológica. Todos comparten la ilusión de superar el límite humano por las propias fuerzas. Pero el límite permanece.

La originalidad cristiana es desconcertante: no propone huir del límite, sino que en Jesucristo Dios mismo lo habita. La carne, la herida y la muerte no son eliminadas, sino asumidas y transfiguradas. La salvación no coincide con la autosuperación, sino con la acogida de un don. La vida inmortal comienza cuando aceptamos ser hijos: depender, confiar y dejarse sostener.

Frente a la tecnosalvación, el cristianismo anuncia que la salvación es gracia, no conquista. Redime la totalidad de lo humano y comienza cuando aceptamos que no podemos salvarnos a nosotros mismos, pero sí podemos dejarnos amar hasta el extremo. 

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now