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El pingüino místico

El pasado mes, se hizo viral en redes un clip de un pingüino que abandonaba a su grupo, camino a una muerte segura. Se trata de una escena de un documental de 2007 que ahora, por motivos que nos pueden resultar de gran interés, se ha popularizado. 

Mientras que toda la colonia de pingüinos migra hacia el mar —su camino habitual para alimentarse y sobrevivir—, uno de los pingüinos se detiene, gira y empieza a caminar en sentido contrario, hacia el interior del continente, tras un horizonte montañoso e incierto, donde no hay comida ni refugio. 

¿Por qué se hizo viral ahora y no antes? ¿Por qué el algoritmo percibe que la gente se agolpa a las puertas de la caja de comentarios, obsesionada por completo con el sujeto, con un animalillo que abandona al grupo y se dirige solitario a las montañas?

Hay algo en el interior del hombre, un anhelo de eternidad, que le mueve a ocultarse de todas las cosas criadas, y a poner la mente en el silencio y el vacío fuera de los cuales no puede venir a habitar el alma el criador de todas las cosas. El hartazgo de los bienes y males de los que la mundanidad rebosa mueve al hombre dentro de sí, y le proyecta hacia la eternidad. ¿Qué habrá más allá de las montañas?

El pingüino es Frodo, que «comenzó a sentirse intranquilo, y los viejos caminos le parecían ahora demasiado trillados; estudiaba los mapas y pensaba en lo que habría más allá». 

El pingüino es santa Teresa, en aquella primera etapa de su vida espiritual, que exclama «vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero».

El pingüino, mientras quede una chispa del fuego imperecedero en el espíritu humano, somos tú y yo. 

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