Tras sesenta años de ausencia, la Cofradía de Jesús Nazareno recupera el Viernes Santo donostiarra con una respuesta ciudadana que ha desbordado todas las previsiones
En las calles de San Sebastián, el silencio del Viernes Santo solía ser el de una ciudad que, durante más de medio siglo, dio la espalda a sus tradiciones de fe en la vía pública. Desde que en los años setenta la crisis de religiosidad popular, que fue especialmente virulenta en Gipuzkoa, y la retirada del apoyo eclesiástico silenciaran los pasos, las procesiones se convirtieron en un recuerdo borroso para generaciones enteras. Sin embargo, este 2026, lo que comenzó como una propuesta humilde de unos pocos laicos ha terminado convirtiéndose en un fenómeno de masas que ha devuelto el sentimiento religioso a las calles de la capital.
Según relata Santiago Reyes, miembro de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, la chispa se encendió casi por azar el año pasado, cuando la exposición de un paso en la Catedral despertó el anhelo de muchos fieles. El párroco, viendo el interés, fue claro: la tarea de recuperar la tradición debía recaer en los laicos. Así nació un grupo de trabajo que, partiendo de la nada absoluta, se propuso el reto de organizar una procesión en apenas unos meses.
Un taller contrarreloj
El desafío logístico fue titánico. Al no existir una estructura previa, el patrimonio se encontraba disperso o perdido. Reyes describe meses de jornadas maratonianas: «Ha habido que confeccionar los hábitos, limpiar los faroles, pintar las andas… Como gran parte del patrimonio se había perdido, nos hemos dedicado a recuperar cosas de otras parroquias que nos las han prestado».
Durante el último mes, el sótano de la parroquia se convirtió en un taller que reunía a voluntarios de todas las edades. En ese espacio convivieron jóvenes de apenas veinte años, que jamás habían visto un capirote en su ciudad, con veteranos que recordaban su «pronta juventud» antes de que las procesiones fueran suprimidas. Es el caso de un cofrade que, pese a enfrentarse a una operación delicada el Martes Santo, logró recuperarse a tiempo para cumplir su promesa: «Salió bien y pudo procesionar el viernes santo con nosotros», comenta Reyes con emoción.
Impacto inesperado
La intención inicial de la cofradía era modesta. En un primer momento se planteó una pequeña procesión que rodease la plaza de la Catedral. Pero el apoyo fue creciendo de tal forma que el recorrido se extendió hasta la Avenida de la Libertad y la Plaza de Gipuzkoa.
Santiago Reyes confiesa que la imagen, a la salida, fue «abrumadora». Miles de personas se agolpaban en las aceras en un silencio sepulcral. «En el País Vasco las procesiones tenían un carácter muy austero, un carácter en el que también la forma de ser de los vascos quedaba reflejada en esa seriedad, y yo creo que conseguimos recuperar la procesión con el estilo propio del País Vasco», afirma Reyes.
Relevo generacional
Los organizadores destacan que muchos de los nuevos cofrades pertenecen a una generación cuyos padres ni siquiera llegaron a conocer esta tradición; el vínculo se ha saltado una etapa para conectar directamente con los abuelos.
El sentimiento de los participantes fue de asombro y gratitud. «Cuando salimos no éramos conscientes de lo que había ahí fuera, no teníamos palabras», admite el cofrade, quien subraya que el mensaje de la procesión encontró cabida en una ciudad donde la fe rara vez tiene presencia pública.
Con la vista puesta en el futuro, el siguiente paso es la consolidación canónica de la Cofradía de Jesús Nazareno para que esta «recuperación» no sea un evento aislado, sino una costumbre que eche raíces de nuevo en San Sebastián.






