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A propósito de vida consagrada y reducción

Todo empezó con la kénosis, literalmente con el vaciamiento. La base del cristianismo es el dogma de la encarnación: la realidad de un Dios que se vacía y se anonada; que cambia el poder por el servicio y se aleja de la parafernalia ceremonial, despojándose de su rango y haciéndose obediente hasta la muerte.

Todo siguió con la cruz. Los relatos de la Pasión describen con detalle el proceso de destrucción moral y física de Jesús de Nazaret, al que se detiene injustamente, se desnuda y tortura en público, se le obliga a subir a un monte cargando con su propio patíbulo, se le clava a martillazos en un madero y se le expone sin pudor ante una multitud que antes le aclamaba y ahora le vuelve la mirada. ¿Se puede hablar de una reducción mayor que la muerte en estas circunstancias?

La cruz no fue la última palabra. Sabemos bien que la Pascua se completa en la mañana de Resurrección. Ahora bien, como sugiere agudamente el cardenal Martini, la enorme fuerza vital que contiene el término resurrección condiciona y quizá distorsiona la comprensión de los relatos pascuales. Los evangelistas se explayan hablando de la cruz, pero son más sobrios al narrar la resurrección. Tanto es así que sus medidísimas palabras parecen no corresponder a la enorme transcendencia del acontecimiento que relatan. 

Algo tan grande como el anuncio de que todo tiene sentido, de que la vida ha vencido a la muerte, es proclamado por la comunidad cristiana con toda claridad, pero también con términos cuidadosamente escogidos, sin concesiones a la desmesura. Tal modo de proceder de los escritores sagrados reclama indudablemente una mirada que profundice, que trascienda lo anecdótico. Se trata de una realidad que debe ser contemplada y vivida, evitando vaciarla de contenido por medio de palabras impropias. Nada más lejos del triunfalismo, las cifras y el poder. Una lectura superficial de los Hechos de los Apóstoles es elocuente en este sentido.

El mensaje es claro. La gran fuerza de la resurrección estriba en el humilde y, paradójicamente, enorme cambio de vida que se produce entre los primeros discípulos. Una transformación tan callada que parece no existir, pero tan evidente que pronto despierta interés y curiosidad; tan motivante que crea una nueva comunión y tan movilizadora que, superando los miedos, pone a los discípulos en camino de misión en solo 50 días. Tan intensa que otorga a Esteban, a los apóstoles y, tras ellos, a miles de cristianos en todo el Imperio romano, la valentía necesaria para correr la suerte del maestro, para dar la vida, para resucitar muriendo y morir resucitando. En una palabra, para ser mártires. 

Conducidos al desierto

El relevo martirial, una vez pasado el ciclón impetuoso de las persecuciones, pasó al monacato. Los monjes del desierto y quienes siguieron su estela se declararon herederos de los mártires, asumiendo desde el primer momento su suerte; pero metamorfoseándola, es decir, convirtiéndola en lo que llamaron el martirio blanco: una vida empeñada en una ascesis que permitiera la búsqueda de Dios, el seguimiento de Cristo y el servicio humilde a los hermanos. Si los paganos decían de los mártires que estaban locos; de los primeros monjes dijeron muchos cristianos: ¿por qué hacen esto? ¿por qué lo dejan todo? ¿por qué lo pierden todo, lo entregan todo, se quedan en nada, lo relativizan todo con tal de ganar a Cristo?

La vida consagrada lleva impresa en la memoria recóndita de sus carismas la memoria de haber nacido en el desierto, la contrastante tensión entre el perder y el ganar… La paradoja de que perder es ganar y ganar es perder. Su legado también incluye la capacidad de transformar la negatividad en instrumento de resurrección, la contrariedad en puerta hacia el Misterio, la posibilidad de la muerte en el principio de la nueva vida, el peor Calvario en la mejor Pascua. 

El camino espiritual de configuración con Cristo conduce a la vida consagrada a intuir en la profundidad de su ser que cualquier reducción personal e institucional de fuerzas y recursos puede inscribirse en un tiempo de gracia, pues ofrece la posibilidad de descubrir que solo Jesucristo, el Señor, es la esperanza radical. 

De algún modo, podría afirmarse que los consagrados han heredado material genético ligado a tres momentos: el de la encarnación de Jesús y los primeros pasos de la Iglesia; el del monacato incipiente, en el escenario del desierto y lugar de martirio incruento; y el del don carismático que les otorga identidad y misión específicas. 

En cada uno de estos tres tiempos, la reducción —o las características ligadas a ella— ha estado presente de un modo u otro. Los consagrados hoy, sin buscarlo ni desearlo, vuelven a sus orígenes, viéndose emplazados a reaprender nuevos modos de relación y a repensar su servicio eclesial y su aportación al designio de Dios ¿Por qué no aceptar pues serenamente lo que expresa el término reducción y la metamorfosis que conlleva?  

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