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Camerún: una Iglesia con acento propio entusiasmada por recibir a León XIV

En 1932, el país no contaba con un solo sacerdote nativo y apenas se registraban 250.000 bautizados. Hoy, con 8 millones de católicos, sigue siendo considerado territorio de misión al 100 %

Las calles de Yaundé tienen hoy un aire festivo. Una «ebullición tremenda» se ha apoderado de la capital camerunesa, lista para acoger la segunda etapa del viaje apostólico del papa León XIV. No es una visita más: se trata de la primera gran travesía programada íntegramente por el nuevo Pontífice, quien apenas un mes después de su elección, en mayo de 2025, pidió expresamente al nuncio que fuese preparando este desembarco en suelo africano. Mientras sus viajes anteriores seguían la estela y culminación de la agenda de Francisco, León XIV ha querido que África fuera el escenario de su bautismo de fuego como arquitecto de su propia misión universal.

La expectación se palpa en el color de las vestimentas locales. Siguiendo una tradición cargada de simbolismo, se ha elaborado una tela oficial para la ocasión que los fieles han adquirido con entusiasmo. «Se ha hecho una tela oficial, que luego se vende y cada uno se hace su camisa, sus pantalones con ella, y así se da sentido de unión y celebración», explica Pablo Muñoz, misionero español de Verbum Dei que vive en el país. El despliegue de preparativos ha llegado incluso a la infraestructura urbana, transformando el paisaje cotidiano: «Aquí bromeamos diciendo que el Papa tendría que venir al menos una vez al año, porque han arreglado en poquísimo tiempo calles que estaban intransitables».

Bajo la superficie de la fiesta, subyace una realidad compleja. La Iglesia en Camerún, aunque joven y vibrante, enfrenta el reto de una fe que lucha por despojarse de etiquetas coloniales. Muchos católicos locales sufren la presión de ser señalados por haber abrazado lo que algunos consideran una «religión de blancos». Esta tensión social deriva en ocasiones en un sincretismo defensivo. Como relata Muñoz, existe «la tentación de estar con un pie aquí y otro en otro lado, ir a Misa y también ir al marabú —jefe espiritual— a que haga sus encantos y les libre de los espíritus que les acechan». Para estos fieles, la presencia del sucesor de Pedro no es solo un evento institucional, sino un bálsamo que puede «reforzar ese sentido de pertenencia a una realidad universal que dé la seguridad de que es aquí realmente donde encuentro la salvación».

La metamorfosis de la Iglesia camerunesa en el último siglo es, sencillamente, estadística pura. En 1932, el país no contaba con un solo sacerdote nativo y apenas se registraban unas 250.000 almas bautizadas. Hoy, la realidad es un clamor: cerca de 8 millones de católicos —el 28,87% de la población— sostienen una red que incluye más de 3.100 sacerdotes, 1.325 parroquias y cerca de 2.000 centros educativos que forman a más de 400.000 alumnos. La Iglesia ya no es un injerto extranjero; es una institución que gestiona 44 hospitales y cientos de dispensarios y orfanatos, siendo un pilar fundamental de la estructura social del país.

Este crecimiento, como no podía ser de otra manera, no es fruto del azar ni de la autarquía económica. Camerún sigue siendo un territorio de misión al 100 %, lo que significa que sus 26 diócesis dependen vitalmente de la solidaridad de la Iglesia universal a través de Obras Misionales Pontificias (OMP). Solo en el último lustro, esta institución ha inyectado casi 13,5 millones de euros para financiar desde la construcción de 75 nuevas parroquias hasta el sostenimiento de 21 seminarios diocesanos que, sin este apoyo, se verían abocados al cierre.

Es esta Iglesia, sostenida por la oración y la solidaridad fraterna de católicos de todo el mundo, la que hoy sale al encuentro de León XIV. Una Iglesia que, tras casi 140 años desde el primer bautismo en su tierra, ha dejado de ser un eco de Europa para hablar con su propia voz, su propio rostro y, sobre todo, su propio acento.

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