El Pontífice presidió una multitudinaria Eucaristía en Duala, donde pidió de forma especial a los jóvenes que sean buena noticia para el país
El papa León XIV inició la tercera jornada de visita a Camerún en Duala, el centro económico del país, donde presidió una multitudinaria Eucaristía ante más de 120.000 personas. Una celebración en la que hizo una llamada a aliviar las necesidades físicas y espirituales.
«Cada gesto de solidaridad y perdón, cada iniciativa de bien es un bocado de pan para la humanidad necesitada de cuidados. Y, sin embargo, esto no es suficiente. Al alimento que nutre el cuerpo hay que unir, con igual caridad, el alimento del alma, que nutre nuestra conciencia, que nos sostiene en la hora oscura del miedo, en medio de las tinieblas del sufrimiento. Este alimento es Cristo, que siempre nutre en abundancia a su Iglesia y nos fortalece en el camino con su Cuerpo», afirmó el Pontífice.
Durante la homilía, el Pontífice se dirigió especialmente a los jóvenes, a los que pidió que multipliquen sus talentos con la fe, la tenacidad y la amistad que los animan y sean «rostros y manos que llevan al prójimo el pan de la vida».
«Incluso en su país tan fértil, Camerún, muchos sufren la pobreza, tanto material como espiritual. No cedan a la desconfianza y al desánimo; rechacen toda forma de abuso y violencia, que engañan prometiendo ganancias fáciles, pero endurecen el corazón y lo vuelven insensible. No olviden que su pueblo es aún más rico que esta tierra, pues su tesoro son sus valores: la fe, la familia, la hospitalidad, el trabajo. Sean, pues, protagonistas del futuro, siguiendo la vocación que Dios da a cada uno, sin dejarse comprar por tentaciones que malgastan las energías y no contribuyen al progreso de la sociedad», aseveró.
Dirigiéndose a todos, los invitó a ser testigos del Evangelio y les puso el ejemplo del beato Floribert Bwana Chui. «Conviértanse en buena noticia para su país, como lo es él para el pueblo congoleño», agregó.
Y concluyó: «Anunciar a Jesús resucitado significa trazar signos de justicia en una tierra que sufre y está oprimida; signos de paz entre rivalidades y corrupciones; signos de fe que nos liberan de la superstición y de la indiferencia. Con este Evangelio en el corazón, dentro de poco compartiremos el Pan eucarístico, que nos sacia para la vida eterna. Con fe gozosa, pidamos al Señor que multiplique entre nosotros su don, por el bien de todos».
Con el mundo universitario
Tras una emotiva visita privada al hospital católico Saint Paul de Duala, León XIV volvió a la capital, Yaundé, donde se encontró con el mundo universitario en la Universidad Católica de África Central.
«El Evangelio y la doctrina de la Iglesia están llamados hoy a promover una verdadera cultura del encuentro, en una sinergia generosa y abierta hacia todas las instancias positivas que hacen crecer la conciencia humana universal; es más, una cultura del encuentro entre todas las culturas auténticas y vitales, gracias al intercambio recíproco de sus propios dones en el espacio de luz que ha sido abierto por el amor de Dios para todas sus criaturas», comenzó León XIV.
Reflexionó asimismo sobre la necesidad de ampliar horizontes y de considerar la fe en el marco de los escenarios culturales y los retos actuales. «La grandeza de una nación no puede medirse únicamente por la abundancia de sus recursos naturales, ni tampoco por la riqueza natural de sus instituciones. Ninguna sociedad puede prosperar si no se fundamenta en conciencias rectas, educadas en la verdad», recalcó.
También subrayó que formar conciencias libres y piadosamente inquietas «es una condición indispensable para que la fe cristiana se presente como una propuesta plenamente humana, capaz de transformar la vida de cada persona y de la entera sociedad, de impulsar cambios proféticos ante los dramas y las pobrezas de nuestro tiempo, así como alentar una búsqueda de Dios cada vez más profunda, y que nunca se sacia».
Ante la pérdida de referentes morales, que aprueba «prácticas que antes se consideraban inaceptables», y el auge de la inteligencia artificial, el Pontífice reclamó la necesidad de un nuevo humanismo que debe surgir de la universidad. «Como toda gran transformación histórica, también esta reclama no solo competencias técnicas, sino una formación humanística capaz de revelar las lógicas económicas, los prejuicios incorporados y las formas de poder que moldean la percepción de la realidad», explicó.
Y continuó: «Cuando la simulación se vuelve norma, la capacidad humana de discernimiento se atrofia y nuestros vínculos sociales se encierran en circuitos autorreferenciales que nos dejan de mostrar la realidad. De esta manera vivimos como dentro de burbujas impermeables unas con otras, nos sentimos amenazados por cualquiera que sea diferente y nos deshabituamos al encuentro y al diálogo. Así es como se extienden la polarización, los conflictos, los miedos y la violencia».
Con todo, reclamó que la universidad no debe limitarse a transmitir conocimientos especializados, sino que tiene que formar mentes capaces de discernir y corazones dispuestos al amor y al servicio.








