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León XIV insta a las autoridades en España a «abandonar las narrativas divisivas y polarizantes»

En la primera intervención pública del viaje, reconoce el vínculo entre la fe cristiana y España representa «una fuente de esperanza y de orientación» ante los desafíos que hay que afrontar

La visita de León XIV a nuestro país está llamada a marcar un hito, también en su relación con nuestras autoridades y la sociedad civil. Al tomar tierra en Barajas, el Pontífice ha sido recibido al pie de la escalerilla del avión papal por los reyes Felipe VI y Letizia, quienes le han dado la bienvenida. Tras los saludos de rigor y una ofrenda floral realizada por niños y familias —ante los que el Santo Padre se ha detenido uno por uno y recibido numerosos regalos y muestras de cariño—, la comitiva se ha desplazado hacia el Palacio Real de Madrid.

Ya en la Plaza de la Armería, la atmósfera se percibía cargada de una solemnidad casi coreográfica. Bajo el sol del mediodía, los reyes han recibido formalmente al Santo Padre en un estrado de honor sobre el que han rendido honores militares, acompañados por las salvas de ordenanza y la interpretación de los respectivos himnos nacionales, antes de que León XIV pasara revista a la Guardia Real. Este acto ha tenido un especial significado familiar, ya que ha contado con la presencia de la princesa de Asturias y la infanta Sofía, siendo este el primer encuentro oficial mantenido por las hijas de los reyes con el Pontífice.

Tras los honores en el exterior, la delegación papal y la familia real han accedido al interior del palacio por la Gran Escalera de Honor para iniciar la visita de cortesía en las estancias oficiales. La agenda ha avanzado con precisión cronométrica en el ámbito más reservado de la jornada. Se ha producido un encuentro privado en el Salón de Honor entre el Santo Padre y los reyes, seguido de una reunión en el Salón de los Espejos. Posteriormente, en la Sala Teniers se ha realizado la foto oficial y, en la Cámara Oficial, el tradicional intercambio de regalos.

El punto álgido de la mañana ha tenido lugar en el Salón de Columnas, donde se han congregado las máximas autoridades del Estado, el cuerpo diplomático y representantes de la sociedad civil. Entre los asistentes, además del presidente del Gobierno y sus ministros, se encontraban los anteriores jefes del Ejecutivo Felipe González, José María Aznar y Mariano Rajoy. También acudieron presidentes autonómicos, el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, o el líder de Vox, Santiago Abascal.

Entre los invitados, también había una nutrida presencia de la Conferencia Episcopal Española y de la archidiócesis de Madrid. En este contexto, León XIV pronunció su primer discurso en suelo español.

El Pontífice ha comenzado recordando y reconociendo las milenarias raíces cristianas de España y ha continuado con una llamada a la reconciliación y la paz, a superar la división y la polarización, a apostar por la convivencia, la educación y la investigación frente a la lógica de las armas y los muros.

Ante la «tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones» —que «parece crecer en vez de disminuir»—, el Papa ha invitado a «abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación conjunta de la complejidad».

Así, ha explicado que Europa, y dentro de ella España, está llamada —«es la tarea de quien tiene una gran historia»— a apreciar la complejidad y estudiarla, a aprender a no negarla y a vivirla como una bendición; «a huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y heridos».

En este sentido, ha constatado que las nuevas tecnologías no están ayudando en esta tarea y constituyen en el fondo una prueba más, pues en ellas «los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita, los intereses prepotentes siembran pulsiones de muerte». Pero, ha apostillado, «el bien puede resistir y comunicarse».

León XIV hablaba así, porque, según sus propias palabras, además de venir a España para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio», está aquí para promover «una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de cada nación».

«Su historia —ha profundizado— sugiere que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad. El mensaje de paz que, en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador, encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad».

Para corroborar estas afirmaciones, León XIV ha recurrido a grandes figuras de nuestra nación y de la vida eclesial, como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz o san Ignacio de Loyola. Pero también ha recurrido a experiencias de encuentro entre culturas como la Escuela de Traductores de Toledo, promovida por Alfonso X.

Para el Papa, san Juan de la Cruz nos puede ayudar a afrontar las tensiones y transformaciones «que hacen oscura nuestra época», porque también nosotros, como el místico, estamos llamados a «apreciar la oscuridad como el tiempo en el que el alma se libera de lo que presumía de conocer y poseer». Hoy, ha añadido, lo que más asusta es la desorientación y, por ello, ha afirmado que se necesitan en la vida pública hombres y mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz.

También se necesita trascendencia, ha dicho, tras proponer como modelo a santa Teresa de Jesús. Y por ello, «la Iglesia católica está al servicio de esta sed del corazón humano, no de forma impositiva, sino con el testimonio evangélico respaldado por una multitud de mártires y santos, y hoy dispuesta a ponerse al servicio del futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz».

Con el modelo de san Ignacio de Loyola, ha animado a convertir las crisis en gracia, a apostar por la paz frente a las armas, por los santos frente a los poderosos.

En el discurso también ha habido referencias a Magnifica humanitas —«Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos»— y una cita a Evangelii gaudium, la exhortación programática del papa Francisco, que León XIV, en una carta a los cardenales el pasado mes de abril, dijo que «sigue representando un punto de referencia decisivo».

Por otra parte, el Papa ha reconocido el vínculo entre la fe cristiana y España y ha dicho que «representa una fuente de esperanza y de orientación entre los desafíos que hoy, como familia humana, debemos afrontar juntos».

El Pontífice ha concluido con un agradecimiento al país «por su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo, que se traduce en un compromiso activo con la paz y la solidaridad entre los pueblos». Y también con una llamada a «cultivar el diálogo y la amistad social, a tener en cuenta las perspectivas de los pobres y los jóvenes al imaginar el futuro, a armonizar las demandas de autonomía y de unidad, y a impulsar el proceso de Unión Europea, no como oposición a otras potencias, sino como un plan para toda la familia humana».

El saludo del rey: «Sin la fe católica, nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían»

Antes de la intervención del Papa ha tenido lugar el saludo oficial del rey, que ha dado la bienvenida al Pontífice, resaltando la herencia compartida y la identidad española en el catolicismo. Así, ha manifestado que «llegáis a un país donde está una parte de vuestras raíces. Os recibe un pueblo al que conocéis bien: vital y con carácter, solidario y tolerante; también creativo, y cosmopolita». En este sentido, ha subrayado el peso de la tradición religiosa en la identidad nacional, al afirmar que «la fe católica está enraizada en nuestro país y sin ella —bien lo sabéis— nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían».

Asimismo, el monarca ha querido poner en valor el compromiso social de la Iglesia frente a las sombras. Ha destacado «la enorme labor social de la Iglesia católica, fruto del compromiso de los religiosos y las religiosas, los sacerdotes, los diáconos, los jóvenes que se implican en la vida de la parroquia».

No obstante, con igual contundencia, ha reconocido «el dolor causado por los casos de abuso, que ni son ni pueden ser representativos de la inmensa comunidad eclesial», calificando la claridad y firmeza ante estos hechos como «esenciales en el proceso sanador y de reparación del daño infligido».

Por último, el jefe del Estado ha reflexionado sobre los desafíos éticos de la modernidad y el impacto de las nuevas tecnologías. Ha señalado que, en un tiempo de cambios profundos, «la dignidad de la persona, los derechos humanos, los valores democráticos y la legalidad internacional deben seguir siendo nuestros números primos». En relación a los avances técnicos, ha elogiado la postura papal, señalando que «vuestras palabras nos instan a reemplazar el miedo —que es estéril y paralizante— por un conocimiento, meditado y compartido, del potencial y de los riesgos de esta nueva realidad».

Tras concluir este acto protocolario, habitual en todos los viajes papales, el Pontífice se subió por primera vez en el papamóvil para saludar a todas las personas que poblaban las calles madrileñas. Según la Delegación de Gobierno, unas 130.000 personas dieron la bienvenida a León XIV. Esta cifra se quedará pequeña esta misma tarde, cuando tendrá lugar uno de los actos multitudinarios del viaje: la vigilia con jóvenes.

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