Acción Católica celebró el pasado mes de julio el Encuentro de Laicos de Parroquia en Málaga, que puso por obra las directrices del Congreso de Laicos «Pueblo de Dios en salida». Visitamos la parroquia San Juan de la Cruz en Toledo, un ejemplo de compromiso, acompañamiento y servicio por parte de los fieles
En los frescos bajos de la parroquia de San Juan de la Cruz, en Toledo, reina un recogimiento propio de la contemplación, sin que forme parte —de manera estricta— de una oración. A media tarde, cuando el calor de Castilla aprieta contra los muros de ladrillo, diversos jóvenes del vecindario se reparten por las mesas con sus apuntes universitarios. No están allí para un retiro, al menos no formalmente. Simplemente, estudian. Vicente Yustres, un hombre que ha pasado 40 de sus 64 años vinculado a la Acción Católica, describe la escena con una familiaridad que roza lo doméstico: «Hay jóvenes que estudian más en la parroquia, en estos mismos salones, que en las bibliotecas de la universidad. Es como si fuera nuestra casa».
Este rincón de la periferia toledana es, en muchos sentidos, un modelo de incorporación y militancia de los laicos en la parroquia que la Iglesia que peregrina en España observa con una mezcla de interés y esperanza. Mientras el mapa demográfico del catolicismo occidental se tiñe de incertidumbres, San Juan de la Cruz bulle de vida. No se trata, afortunadamente, de un fenómeno aislado, sino de un reguero de migas que conduce a la gran corriente que pasó en mes de julio por Málaga, donde, entre los días 24 y 26, más de 1.500 laicos se reunieron bajo el lema «Compartiendo caminos, acompañando esperanzas». Es el Encuentro de Laicos de Parroquia, una cita que organiza Acción Católica General cada cuatro años y que busca redefinir qué significa ser cristiano en un mundo que parece empeñado en olvidarse de Dios.
La periodicidad se debe «al enorme volumen de trabajo, la logística y el complejo entramado organizativo que conlleva, lo que requiere prácticamente un curso entero de preparación», explica Javier Ramos, próximo presidente de Acción Católica General, hasta ahora responsable del sector de Adultos y de su proyecto de primer anuncio, Cuatro40, que busca atraer a los que están en la periferia de la parroquia, a esos que van a Misa, pero no tienen un grupo de referencia.
En línea con lo que se vivió en ediciones anteriores, el evento en Málaga dio respuesta a cuestiones como el papel de los laicos en la Iglesia, el paso de la Misa del domingo a un compromiso verdadero o los retos de la corresponsabilidad y la comunión con párrocos y sacerdotes. Inercias seculares, ya fuera por estructuras heredadas, falta de conciencia sobre la propia misión laical o la abundancia de vocaciones sacerdotales, parecen haber configurado al feligrés medio como un receptor pasivo, alguien que, como dice José Luis Mejías —jubilado de San Juan de la Cruz que vivió su conversión hace ocho años—, acudía al templo «como el que va a echar gasolina… Y adiós». El trabajo de Acción Católica —con una fuerza de unos 60 militantes en la parroquia toledana— se dirige hoy a superar ese modelo de «católico de surtidor». En su lugar, ofrece una propuesta de acompañamiento para formar laicos comprometidos, personas responsables y sabedoras de que su fe no se queda en el templo al salir por la puerta, sino que esta debe operar hacia dentro y hacia fuera, irradiando todas las partes de la existencia.

Doble movimiento
Precisamente, el papel fundamental de los laicos en esta parroquia es el de encarnar la Iglesia en salida que pedía el papa Francisco, ser portadores del primer anuncio, evangelizar y ofrecer un rostro de cotidianeidad para aquellos vecinos que llegan con reservas y prejuicios, o sienten que la figura del sacerdote les impone demasiado. Como reverso de la moneda, hacia dentro, la figura del laico militante gasta su vida caminando junto al recién llegado hasta su transformación en discípulo. Y ese acompañamiento como eje central de la vida cristiana y pastoral fue, precisamente, el leitmotiv del Encuentro de Laicos de Parroquia de Málaga.
Primer anuncio y acompañamiento son —junto con procesos formativos y presencia en la vida pública— dos de los cuatro grandes itinerarios surgidos de las reflexiones colectivas del Congreso de Laicos «Pueblo de Dios en Salida», organizado por la Conferencia Episcopal en 2020. Toda la estrategia de acción tiene un eje transversal innegociable: la sinodalidad, entendida como la corresponsabilidad real entre obispos, sacerdotes y laicos. De esta forma, el Encuentro de Laicos de Parroquia funciona como una prolongación pastoral para vivir el primer anuncio a nivel comunitario, según las mencionadas directrices del Congreso de Laicos para toda la Iglesia española, traduciendo estas líneas de acción en vivencias concretas para fieles y parroquias.
El despertar
En San Juan de la Cruz, José Luis es uno de los fieles que encarna este cambio. Con tres hijos y cuatro nietos, su vida transcurría por los cauces habituales del cumplimiento hasta que se encontró con Cristo vivo en un retiro de Emaús. Tras madurar y perseverar en su vocación, describe con franqueza estos métodos de nueva evangelización como «un chupinazo maravilloso», una explosión de fe que, sin embargo, plantea un peligro inmediato: el enfriamiento. «Había conversiones y más conversiones, pero ahí se quedaba todo. Teníamos que asentar eso y empezar a generar algo que nos hiciera entrar en un camino de discipulado», confiesa en el encuentro organizado por ECCLESIA.
Para intentar cerrar esa gran brecha entre la euforia espiritual y el contacto con la rutina, en la parroquia toledana ofrecen la opción de las comunidades de vida, grupos de laicos para acompañarse y escuchar, donde se va acomodando a los recién llegados tras pasar por las reuniones posteriores a un retiro de Effetá o Emaús, unas cenas Alpha o un Seminario de Vida en el Espíritu. Actualmente, en San Juan de la Cruz funcionan decenas de comunidades de vida, cada una de ellas con un límite de entre 12 o 14 personas, como estructuras eclesiales donde se comparte la vida a la luz del Evangelio. El número reducido «permite que la gente tímida o reacia a la comunidad se abra y haya tiempo para que hablen todos», afirma José Luis, «porque en las reuniones, por ejemplo, de Emaús, se reúnen aquí entre 60 y más de 100 personas». Define este proceso como «el progreso de la emoción a la maduración».
El precio del compromiso
No se trata, ni mucho menos, de un paso sencillo ni exento de valentía, pues el compromiso público tiene un precio que no todos están dispuestos a pagar. «Cuando te das cuenta de que lo que tienes que encajar en tu vida es la cruz, eso tiene unas implicaciones. Tienes que admitir la injusticia, que te puedan abandonar o criticar tus amigos, rechazar la comodidad, aspirar a llegar al cielo exhausto, gastado y malherido… Si eres consecuente, es algo que asusta», confiesa José Luis. Y, en ese momento, es donde el acompañamiento se revela con toda su fuerza: «En muchos momentos de mi vida de fe, en los que yo me estaba tambaleando, fue mi propia comunidad la que me sostuvo», reconoce Jota Martín, responsable de jóvenes de la Acción Católica en la archidiócesis de Toledo y miembro del equipo de Pastoral Juvenil. En ello coincide también Encarna Amores, militante de Acción Católica General en San Juan de la Cruz: «Si yo estoy aquí, es por mi comunidad, porque el mundo te arrastra, y si tú no tienes a alguien que te sostenga y vaya en tu misma línea, te vas para abajo». Como detallan los propios materiales del Encuentro de Laicos de Parroquia, «en un contexto social que a menudo provoca dispersión, cansancio o incertidumbre, la comunidad cristiana está llamada a ser lugar de encuentro, de cuidado y de impulso misionero».
La «marca blanca» de la Iglesia
Queda claro, por tanto, que, si bien la labor de acompañamiento y de evangelización son dos de las caras más visibles del servicio laical, «por nuestro compromiso como fieles estamos abiertos a servir a nuestra parroquia en lo que nos pidan y para lo que nos llamen», afirma Encarna. A este respecto, uno de los conceptos más fascinantes que maneja Javier Ramos es la definición de Acción Católica como la «marca blanca de la Iglesia». A diferencia de otros movimientos con identidad y fundadores reconocidos, esta se presenta como la esencia misma de la parroquia: «No tenemos un carisma concreto; nuestro carisma es el carisma propio de la Iglesia», explica. Son los «cristianos disponibles», los que están para lo que haga falta, desde leer en la liturgia hasta trabajar en Cáritas, organizar un campamento o limpiar los bancos.
Precisamente, esta ausencia de «etiquetas» ayuda a que una parroquia como la de San Juan de la Cruz funcione como una simbiosis entre el clero y el laicado. Aunque tanto los militantes como los sacerdotes apuntan al término «corresponsabilidad», la cooperación funciona en la práctica como algo mucho más orgánico. Vicente lo describe como «una delegación de confianza». Los sacerdotes han entendido que para que la parroquia sea una «maquinaria de evangelización», deben soltar el mando en ciertas áreas. «La confianza y la libertad que nos han dado a los laicos para trabajar son enormes. La libertad para entrar y salir a todas horas» es algo que, a su juicio, marca la diferencia para bien.
Para Jota, «la clave está en la comunión». «El objetivo es que podamos trabajar como uno, desde el amor. Tanto mayor es la comunión, más frutos hay en cuanto a la pastoral parroquial, sin ninguna duda», sentencia. Por su parte, José Luis retoma el concepto anterior y señala que «si no existe esa simbiosis entre pastores y laicos, si no hay esa ayuda mutua, pues no es parroquia». En cuanto a la visión de Encarna, el sacerdote se erige en figura central para mantener la unidad y el sentido comunitarios: «Es como el cabeza de familia. Si no existe esta cabeza, cada miembro va por su lado». Por último, Vicente considera que el párroco tiene una especial responsabilidad a la hora de animar el compromiso de sus laicos, ya que «como sucede en todos los ámbitos, hay personas que se dejan todo y su ejemplo —y la forma en la que valoran lo que hacen los fieles— anima a los demás a comprometerse, y otras que simplemente prefieren no complicarse la vida».
Para tratar de limitar al máximo esta dependencia de los rasgos personales, Acción Católica ha hecho un llamamiento general a los pastores en sus textos preparatorios para el Encuentro de Laicos de Parroquia: «Queremos caminar en sinodalidad y comunión tanto laicos como consagrados y pastores. Os necesitamos para acompañar al laicado en corresponsabilidad», resaltando que esta comunión es necesaria para alcanzar la meta común de «anunciar a Jesucristo con obras y palabras». En definitiva, como concluye Jota, «lo que une a laicos y sacerdotes no es el pensamiento o la línea pastoral, sino Cristo».
De esta forma, la simbiosis permite a los sacerdotes centrarse en lo que solo ellos pueden hacer —los sacramentos— mientras los laicos asumen una parte nada desdeñable de la gestión cotidiana, como, por ejemplo, el «primer anuncio», pues el laico es, a menudo, «la única cara visible que un alejado está dispuesto a tolerar», como señala José Luis. «El laico tiene que ser quien ponga la primera imagen ante el ajeno: un vecino puede rechazar la invitación de un cura, y es más fácil con un amigo con el que comparte trabajo o aficiones», agrega.

El reto de la generación Effetá
Si los adultos lidian con el «miedo a la cruz», los jóvenes se enfrentan por su parte al gran reto de la identidad. Jaime Soriano, joven de 29 años y 11 de militancia —ha formado parte de Acción Católica desde pequeño, asistiendo a sus campamentos—, coordina y acompaña grupos surgidos de retiros de primer anuncio y ha vivido en primera persona cómo este fenómeno está revitalizando la pastoral juvenil: «Nuestro grupo creció bastante, vino mucha gente nueva, que eso también fue como un soplo de aire fresco. Tuvimos que dividirnos en dos para mantener la manejabilidad, aunque la clave es la perseverancia», explica. Jaime participa en misiones en otros pueblos para llevar el modelo de Acción Católica y colabora con la Delegación de Pastoral Juvenil de Toledo en eventos como el Jubileo o las JMJ. Actualmente, forma parte de la Mesa de la Juventud en San Juan de la Cruz, un espacio donde se coordinan los distintos grupos surgidos de retiros como Effetá, Bartimeo o Samuel para llevar una pastoral conjunta y coherente.
Para Arturo Carmona, uno de los vicarios de la parroquia, el gran reto es «crear esa necesidad de formación, esa necesidad de identidad». La explicación es clara: «Muchos jóvenes acuden al retiro, experimentan el impacto emocional y luego desaparecen tras la tercera reunión. Lo que queremos es crear esa identidad parroquial y que vean la necesidad de formarse, que no me puedo quedar simplemente con esa fe de los retiros», señala el sacerdote.
Tanto Jota como Jaime asistirán al Encuentro de Laicos de Parroquia de Málaga, como ya hicieron con las anteriores ediciones de Barcelona y Santiago de Compostela. Esta visión intergeneracional es la que Málaga intentará proyectar durante estos días. Así, habrá espacios para niños de hasta 6 años, adolescentes y adultos, en un intento de presentar a la Iglesia como una «familia de familias» diversa. El encuentro de Málaga llega en un momento de reestructuración profunda, marcado por la reciente visita de León XIV a nuestro país, la escasez de vocaciones sacerdotales y el proceso sinodal impulsado por Francisco. Así las cosas, el evento del 24 al 26 de julio quiere impactar de manera decisiva en el proceso como un «impulso que pueda renovar nuestras parroquias», un espacio no solo para los que ya están dentro de la Iglesia, sino donde se pueda «despertar el interés de que Jesús puede transformar la vida» de los alejados.
Por ello, para explicar la vocación del laico, Acción Católica utiliza la imagen de la flor en su llamamiento: en el centro, el polen que da vida, la Eucaristía; de ese núcleo nacen los grupos de vida donde se madura la fe. Pero la flor no está completa sin sus pétalos, es decir, la presencia pública del fiel en el mundo. «Un laico tiene que sentirse activo, cercano a Jesucristo y, desde ahí, poder tener una fe vivida también en lo cotidiano», afirman los organizadores. Porque, como concluye Javier Ramos, «si consiguiéramos que toda la gente que va a Misa descubriera el poder de vivir su fe en un equipo de vida… ¡Uf! Eso sería brutal».






