Se convierte en el primer Papa de la historia en intervenir ante las Cortes de España, con una implacable defensa de la vida y el fin de la polarización
Sobre las 10:30 horas de su tercera jornada en España, el Papa ha llegado al Congreso de los Diputados, donde ha sido recibido por la presidenta de la Cámara Baja, Francina Armengol, y su homólogo en el Senado, Pedro Rollán. Tras escucharse los himnos vaticano y español, León XIV ha sido saludado en el Salón de Pasos Perdidos por los líderes de los grupos parlamentarios, se ha procedido a la foto oficial, el intercambio de regalos —el Parlamento español ha entregado a la Santa Sede importantes ejemplares medievales del Libro de las Horas y un Códice de Beato de Liébana— y el Santo Padre ha firmado el Libro de Honor de las Cortes. La histórica presencia del papa León XIV en el Palacio de las Cortes —ante el pleno de Congreso y Senado, salvo los representantes de Podemos y BNG, que se han ausentado voluntariamente— ha revestido de una gravedad litúrgica la sede de la soberanía nacional, que el protocolo parlamentario rara vez logra impostar.
Y es que el Pontífice no ha acudido al Congreso como un jefe de Estado más, sino como el portador de una memoria y una legitimidad que reividincan al individuo como algo más que un mero engranaje del orden económico: «La dignidad humana debe orientar todo ordenamiento juridico», ha proclamado. «El bien común —ha defendido— es, en cierto modo, la forma social de la dignidad humana» y, en consecuencia, «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad». Por ello, ha sentenciado:«La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización».
Tras las palabras de bienvenida de la presidenta del Congreso, el Santo Padre ha reivindicado, en un escenario donde el ruido y la disputa suelen sepultar la reflexión y el diálogo, la herencia de la Escuela de Salamanca para recordar que la autoridad no es ni puede ser un cheque en blanco, sino una responsabilidad sujeta a límites morales irreductibles.
Su intervención, así las cosas, ha supuesto una lección de alta política antropológica, proclamando que la verdadera salud de una democracia no se mide por la eficiencia de su burocracia, sino por la pregunta decisiva sobre «qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes». Según ha afirmado León XIV, España posee una identidad donde «la fe y la razón, el arte y el derecho» se han encontrado de forma fecunda, permitiendo reconocer al individuo como una «criatura abierta a la verdad», y cuya dignidad debe preceder a cualquier utilidad legislativa.
El núcleo de su histórico discurso ante el Parlamento ha abordado la herida de la polarización que corroe el debate público contemporáneo. En un hemiciclo acostumbrado al enfrentamiento, el Papa ha pedido pasar de la «descalificación permanente del adversario» a una «amistad cívica» que sea capaz de sostener el respeto mutuo incluso en la discrepancia. De este modo, ha vuelto a hacer un llamamiento a «desarmar el lenguaje», bajo la premisa de que las palabras pueden ser puentes o muros, y que quienes ostentan cargos públicos tienen la obligación ética de sortear las dificultades y nunca humillar al oponente.
Para León XIV, la paz social no es simplemente la ausencia de conflicto, sino una «exigencia moral» que requiere instituciones puestas al servicio del encuentro y no del fomento de la «desconfianza recíproca». Al citar el lema europeo «In varietate concordia», ha subrayado que la unidad auténtica no es uniformidad, sino una cohesión que respeta las diferencias y hace de ellas una «ocasión de enriquecimiento mutuo». En este sentido, ha recordado que el derecho a la libertad religiosa y de conciencia, incluyendo el «sigilo sacramental de la confesión», es una garantía esencial para proteger ese espacio sagrado de libertad interior.
El momento de mayor tensión moral ha llegado cuando el Pontífice ha puesto el foco en la «cultura del descarte», denunciando que una sociedad que deja de reconocer la vida como valor fundamental carece de futuro. Con una retórica que buscaba interpelar directamente al legislador, el Papa ha preguntado: «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?». La defensa de la vida humana, ha remarcado, debe custodiarse «desde su concepción hasta su ocaso natural», pues, «si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades?»
En este sentido, León XIV ha sido tajante al afirmar que la dignidad de la persona no puede quedar subordinada a «consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento», pues pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir. En esta arquitectura social, ha reivindicado la institución de la familia como la «primera escuela de humanidad» y ha exigido respeto para el «derecho primario e inalienable» de los padres a elegir la educación de sus hijos según sus convicciones.
La mirada papal no se ha quedado en las fronteras de lo doméstico, extendiéndose hacia los desafíos globales de la técnica y el drama migratorio. Sobre los «nuevos mundos» de la inteligencia artificial, ha advertido que la tecnología nunca es neutral, pues «toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza», exigiendo un discernimiento que ponga siempre a la persona en el centro de las decisiones. Esta vigilancia ética es especialmente crítica en el ámbito militar, donde ha rechazado que las decisiones sobre la vida y la muerte puedan ser descargadas sobre «automatismos» o mecanismos tecnológicos.
Respecto a la migración, León XIV ha elevado el debate por encima de las lecturas demográficas, calificándolo como una «cuestión eminentemente moral y jurídica» que vulnera la igual dignidad humana cuando hay discriminación. Y ha defendido una doble justicia: ofrecer vías seguras de acogida y promover el «derecho a permanecer en la propia tierra», instando a la comunidad internacional a afrontar las causas profundas que obligan a las personas a abandonar su hogar, desde las crisis económicas hasta los efectos de la «crisis climática».
Al concluir, el Papa ha invitado a los parlamentarios a alzar la mirada hacia el lucernario que corona el Salón de Plenos del Congreso, una metáfora visual de que la política debe reconocer «una medida que la precede y la supera». Su mensaje final para España ha sido una llamada a la «renovación moral», recordando que una ley no es grande por ser meramente aprobada, sino cuando puede «comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse».
Por último, en un gesto de profunda cortesía histórica, ha invocado la huella de Santiago y la presencia de la Virgen del Pilar para desear prosperidad a una nación que sigue teniendo la vocación universal de unir fe, razón y derecho. León XIV se ha retirado de la Cámara dejando una advertencia que resuena como un eco de la Escuela de Salamanca en pleno siglo XXI: el poder solo es legítimo cuando se pone al servicio de quien no tiene fuerza para hacerse oír.
Al término del discurso del Santo Padre, el hemiciclo ha prorrumpido en una sonora ovación de las Cámaras, que, puestas en pie, se ha prolongado durante más de siete minutos, salpicados con «vivas» al Papa por parte de los parlamentarios.








