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Regina Casado, la misionera que construyó un futuro entre la basura con la ayuda de Manos Unidas


A sus casi 85 años, ha llevado su congregación a dos países de África y cambiado la vida de muchas mujeres en uno de los barrios más pobres de los alrededores de Dakar

Regina Casado es un torbellino de 85 años. Es persistente, ajena al desaliento y desborda vida. Misionera, religiosa de las Hijas del Niño Jesús (Damas Negras), ha pasado más de media vida en África: primero en Camerún y luego en Senegal, donde sigue al pie del cañón en la actualidad, construyendo una vida digna y un futuro para los que no tienen nada. Es, además, una de los 400 socios locales con los que Manos Unidas realiza sus proyectos por todo el mundo. Este año, además, es la protagonista de la Campaña contra el Hambre. Prestará su historia, su voz y su rostro para demostrar cómo la Iglesia, a través de Manos Unidas y religiosas como ella —este mes se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada—, trabajan todos los días con abnegación para dar dignidad y futuro a las personas.

La de Regina es una historia de entrega a los demás. Algo ya intuía en su infancia, en una familia numerosa y humilde en Rodanillo, en el Bierzo. Como sus hermanos, tuvo que dejar la escuela para ponerse a trabajar. Ella ayudaba a su madre con los niños, guiaba a las reses o sacaba las malas hierbas. Era una cuestión de subsistencia. Y aunque en su casa no sobraba nada, porque esa era la realidad, siempre había algo para aquel que lo necesitaba. Allí, Regina ya vio que su corazón se hacía cercano a los más pobres. «Siempre me acercaba a ellos para escucharlos y ayudarlos», explica en conversación telefónica con ECCLESIA desde Pikine, a las afueras de Dakar.

El camino para llegar hasta convertirse en misionera no fue sencillo, pero sí providencial. Una señora de Madrid, que pasó unas vacaciones en su pueblo, le dijo a ella y otras chicas que la congregación a la que hoy pertenece había abierto una casa para niñas en San Sebastián. Pero todavía era muy pequeña para marcharse. Cuando, dos años después, llegó al País Vasco y entró en aquel lugar, dijo: «Es esto, es esto». Las religiosas, asombradas, le preguntaron qué quería decir y ella les explicó que había encontrado su vocación. No le importaba que sus estudios fueran muy básicos, sabía trabajar: «Estaba cada vez más convencida de seguir mi camino de oración y de encuentro con el Señor para ayudar a los otros».

Marisa Casado, con una de las chicas del centro. / Almudena Guido.

Que los pobres no sufran

Entre los compromisos, el noviciado y la formación, surgió la vocación misionera, sobre todo, la de estar con los desheredados de la tierra. «Nací en un pueblo pobre, en una familia pobre. La gente nos despreciaba y nos acusaba falsamente de robar manzanas o ganado. Mi madre no lo podía aguantar. Yo me dije que no iba a soportar que los pobres sufrieran como yo sufrí y decidí ir con ellos y ayudarlos a defender su dignidad y a ser ellos mismos».

Tras un paso por París y un amago de irse a América Latina llegó por fin la misión: Camerún. Su padre, desde el lecho de muerte, le confirmó la llamada al decirle que tenía su aprobación y que se iba al lugar más bello del mundo. Allí llevó su congregación junto con otras religiosas, todas francesas y mayores que ella. No sabía francés, pero lo aprendería. Como repite una y otra vez, sabía trabajar. Y lo hizo: se implicó en la formación de jóvenes y los frutos no tardaron en llegar: al cabo de 22 años, había casi una veintena de religiosas nativas. Tocaba entonces retirarse para dejar paso a aquella incipiente comunidad.

Volvió a España, donde le llegó la propuesta para ir a Senegal. Fue a ayudar a unas religiosas de otra congregación, aunque luego se quedó para echar una mano a los escolapios, recién llegados a uno de los barrios de Pikine, llamado Sam Sam III. Serían unos pocos años, pero ya lleva 24 y desde hace cuatro años está implantando su congregación en el país, concretamente en torno a poblados muy pobres, en los que, con varias hermanas, ha abierto una casa de formación y un centro de salud que pronto estará en marcha. Esto lo compagina con su actividad en Sam Sam III, donde, con el apoyo fundamental de Manos Unidas, ha generado una estructura para la formación de chicas en cocina y costura, mujeres que ahora tienen su propio empleo y que no están al albur de que las exploten en trabajos precarios. Llegó a suplicarle a los padres, musulmanes, para que dejaran a sus hijas completar los cuatro años. Tampoco le importó que ningún profesor quisiera ir al barrio a dar clase. Ella formó de entre las candidatas a algunas que serían las responsables. Cuando empezó el proyecto le decían que trabajaba inútilmente, que aquellas chicas «no valían para nada». Se equivocaban: «Hoy son las que gobiernan el mundo aquí». Gestionan su propio restaurante y una cooperativa de artesanía.

También tiene un proyecto con chicos jóvenes, que duermen en la calle o están enganchados a los disolventes, a través de cursos de ebanistería. Como también sucede con las chicas, la formación es técnica, pero integral. Aprenden francés, matemáticas, marketing, comunicación… 

Pero su labor en el barrio no se queda ahí, Regina ha promovido que se haya retirado la basura de las calles y se hayan hecho canalizaciones para evitar las inundaciones cada vez que llueve. Incluso ha promovido un centro de sanidad, que ahora es público, una huerta ecológica y un polideportivo. En la inauguración de este último, una de las autoridades le confesó lo siguiente: «Regina, te quiero decir que lo que has hecho es maravilloso. Decíamos que no lo ibas a sacar adelante. Nosotros no éramos capaces. Y vemos que tu trabajo ha tenido éxito». 

Regina tiene claro que no quiere volver a España. Desea que su cuerpo descanse allí. Pero no piensa en ello, solo en seguir: «Veo a tantos niños que se mueven, a tanta gente, que yo me muevo y vivo. Solo quiero dar vida. Es lo que Dios espera de mí. Y cuando ya no pueda darla, que me lleve con él». 

Testimonio en uno de los proyectos promovido por Regina

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