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La Iglesia y los lefebvrianos: historia de un desencuentro, unas ordenaciones para sobrevivir y una excomunión asumida

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X volverá a nombrar obispos sin permiso del Papa el miércoles. Tras la ruptura de la comunión en los 70 y 80, Benedicto XIV había conseguido reconstruir la relación

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha decidido quemar las naves antes que poner proa a Roma. En los últimos meses, los conocidos como lefebvrianos han rechazado la mano tendida al diálogo por el papa León XIV para continuar con una hoja de ruta que culminará la semana entrante con la ordenación de obispos propios sin el consentimiento de la Santa Sede, prevista para el próximo 1 de julio.

El desafío es de tal magnitud que, tras rechazar la propuesta vaticana de emprender «un camino de diálogo teológico» compartido —supeditado, eso sí, a la suspensión de estos nombramientos episcopales—, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe se vio obligado a emitir una declaración oficial el pasado 13 de mayo pidiendo a la FSSPX que diera «marcha atrás» respecto a esta «gravísima decisión». En su escrito, el cardenal prefecto Víctor Manuel Fernández advierte de que la Fraternidad no cuenta con el mandato pontificio correspondiente para ordenar obispos, por lo que seguir adelante supondría un «acto cismático» en toda regla, citando la carta apostólica Ecclesia Dei de san Juan Pablo II. De acuerdo con lo anterior, la adhesión formal a un cisma representa una «grave ofensa a Dios» y conlleva automáticamente la excomunión establecida por el derecho de la Iglesia. Esta medida legal subraya la gravedad de la ruptura con la autoridad de la Santa Sede y la unidad de la Iglesia católica.

La raíz del conflicto: el Concilio Vaticano II

Para conocer mejor la naturaleza de este desencuentro que, presumiblemente, acabará en los abismos del cisma y la excomunión, resulta conveniente remontarse a los orígenes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, una comunidad eclesial de raíz tradicionalista brotada del rechazo frontal tanto al Concilio Vaticano II como al postconcilio. Como casi siempre en estos casos, la adhesión o rechazo a las coyunturas orgánicas suele contener un trasfondo personal. Y es que el fundador de la FSSPX, el arzobispo francés Marcel-François Marie Lefebvre —Tourcoing, Francia, 29 de noviembre de 1905-Martigny, Suiza, 25 de marzo de 1991—, fue precisamente uno de los padres conciliares —aunque por entonces en calidad de superior general de los Padres Espiritanos—, y ya a lo largo de las diversas asambleas manifestó sus objeciones a muchas de las cuestiones que terminarían por cristalizarse en los documentos del Vaticano II.

Bien conocida es la oposición del prelado francés a la institución del Novus Ordo Missae, que definía como «la celebración de Lutero». En su argumentación, Lefebvre rechazaba, entre otras cosas, el abandono de la liturgia en latín, que el nuevo papel del celebrante lo pusiera cara a la asamblea o el propio concepto de asamblea en la que el sacerdote era «reducido a presidente». Con el tiempo, la reforma litúrgica se ha convertido en uno de los principales, comunes y más conocidos caballos de batalla de las corrientes tradicionalistas, pero no debe restar importancia al hecho de que el arzobispo también se opuso con firmeza a la doctrina de la colegialidad episcopal, la consolidación del ecumenismo por parte del Concilio y el concepto de libertad religiosa tal como quedó establecida en la declaración Dignitatis Humanae.

1970-1989: fundación del seminario y excomunión

De este modo, con el fin de salvaguardar la liturgia del papa Pío V, y para combatir los decretos conciliares, monseñor Lefebvre fundó en 1970 la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, un seminario radicado en Suiza para la formación de futuros sacerdotes que mantuvieran las celebraciones religiosas en el clásico Vetus Ordo Missae. Pese a que la Santa Sede nunca ha prohibido esta fórmula litúrgica tradicional, Roma respondió al pulso ordenando clausurar el seminario cinco años después, y, en 1976, el papa Pablo VI suspendió a divinis a su fundador. La respuesta del arzobispo francés, como cabía esperar, fue intensificar su desafío: sobre el argumento de que el Vaticano no había dado respuesta a su recurso interpuesto contra la clausura del seminario, continuó formando a sus futuros sacerdotes.

El tira y afloja prosiguió hasta bien entrados los años 80, cuando llegó el punto de ruptura definitiva por causas que ahora nos resultan familiares: la ordenación de cuatro obispos sin la aprobación de Roma. Debido a esta insumisión, san Juan Pablo II acabó excomulgando a Lefebvre y a los cuatro prelados ilegítimos en 1989. En el motu proprio Ecclesia Dei —que ahora se esgrime para la nueva advertencia a la FSSPX— el Papa definía como «acto cismático» la «desobediencia» en la que habían incurrido las personas sancionadas.

2009: reconocimiento y levantamiento de la excomunión

Sin embargo, tras este portazo la voluntad reparadora de la Santa Sede fue suavizando las posiciones a lo largo de los años, limando resistencias y aproximándose a los lefebvrianos a través de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei —creada por san Juan Pablo II a partir del motu proprio homónimo, Benedicto XVI le otorgó la consideración y autoridad de dicasterio romano en 2007. En 2019, Francisco suprimió esta institución y sus competencias fueron asumidas por la Congregación para la Doctrina de la Fe—. Finalmente, este acercamiento progresivo por parte del Vaticano tuvo su respuesta en una carta del entonces superior de los la FSSPX, monseñor Bernard Fellay, en la que expresaba el deseo de los obispos rebeldes de permanecer fieles al Papa y a la Iglesia de Roma, y culminó con el levantamiento de la excomunión por parte de Benedicto XVI en 2009 a través del decreto Uxorium Ecclesiae —también conocido como el «decreto de la Congregación para los Obispos», firmado por el cardenal Giovanni Battista Re—.

Aprovechando el buen clima generado por tan felices acontecimientos, la Santa Sede volvió a invitar a la Fraternidad a reconocer las enseñanzas del Concilio Vaticano II, como paso imprescindible para que el Vaticano pudiera reconocerla canónicamente. Pero los lefebvrianos no dieron su brazo a torcer, manteniendo que es necesario «corregir todo lo que el Concilio Vaticano II tiene de incompatible con la fe y la Tradición de la Iglesia».

El pontificado de Francisco, así las cosas, comenzó con un primer entendimiento, ya que el nuevo Papa dio validez a algunos de los sacramentos administrados por sus sacerdotes. Sin embargo, esto no fue sino un espejismo, pues la FSSPX pasó enseguida a dedicarle críticas furibundas a causa de sus encíclicas, por iniciativas como el Sínodo de la Amazonía o contra el documento suscrito en Abu Dhabi para la fraternidad humana. Incluso, llegaron a acusar al Santo Padre de «represión despiadada» contra los tradicionalistas.

Una ordenación episcopal para la supervivencia

Francisco, por su parte y, al menos, de manera pública, siempre sostuvo que era necesario ir dando pasos adelante con los lefebvrianos «en un espíritu de fraternidad». En defensa de este deseo del Papa argentino, el pasado verano pudo verse en el Vaticano a los miembros de la Fraternidad atravesando la Puerta Santa de la basílica de San Pedro con motivo del Jubileo de la Esperanza. Él no lo pudo ver con sus ojos, pues había fallecido unos meses antes, al igual que dos de los cuatro obispos ordenados en su día por Marcel Lefrebvre, mientras que los otros dos rozan ya una considerable edad. Y es por esto que, precisamente, se hace absolutamente necesario para la Fraternidad ordenar a nuevos obispos, de cara a garantizar su propia supervivencia. Es lo que han anunciado que harán el próximo miércoles.

Reunión del 12 de febrero

Pero el anuncio daba al traste con años de guerra fría, críticas soterradas y paz incierta, un desacuerdo histórico que se había mantenido en letargo a la espera de que León XIV diera algún paso en este sentido. El pasado 12 de febrero, Doctrina de la Fe informaba de que, con el consentimiento del Papa, se había producido una reunión entre el prefecto del dicasterio, el cardenal Víctor Manuel Fernández, y el superior general de la Fraternidad, Davide Pagliarani. Durante el encuentro, la Santa Sede había propuesto a los Lefebvrianos «un camino de diálogo específicamente teológico, con una metodología bien precisa, sobre temas que aún no han tenido una suficiente precisión (…) o los diferentes grados de adhesión que requieren los distintos textos del Concilio Ecuménico Vaticano II y su interpretación». La Santa Sede explicó que también había querido incluir en su propuesta temas de especial interés para la Fraternidad, según había comunicado al Vaticano en 2019, con el objetivo de llegar «a unos mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica y, en consecuencia, delinear un estatuto canónico de la Fraternidad junto a otros aspectos que profundizar ulteriormente».

No obstante lo anterior, el cardenal prefecto también aprovechó la reunión para recordar a Pagliarani que el Código de Derecho Canónico no había cambiado con respecto a 1989 y que, por tanto, ordenar obispos sin el permiso del Papa seguía suponiendo o volvería a suponer la ruptura de la comunión eclesial. De ahí que la Santa Sede apostara por el diálogo siempre y cuando la FSSPX depusiera su intención. El 12 de febrero, por tanto, la pelota quedaba en el tejado de los tradicionalistas… que la devolvían a Roma pocos días después.

La FSSPX rechaza la propuesta

Esencialmente, los lefebvrianos rechazaban la propuesta. En un documento fechado el Miércoles de Ceniza, el superior reprochaba al Vaticano que dicho camino de diálogo habían propuesto emprenderlo la Fraternidad en 2019, pero entonces el Vaticano había dado la callada por respuesta. «No puedo aceptar, por honestidad intelectual y fidelidad sacerdotal, ante Dios y ante las almas, la perspectiva y los objetivos en nombre de los cuales el dicasterio propone reanudar el diálogo en la situación actual; ni tampoco, por otra parte, el aplazamiento de la fecha del 1 de julio», firmaba Pagliarani. 

Además de mantener las ordenaciones episcopales sin autorización, la FSSPX subraya en este documento la necesidad de «corregir» el Concilio, así como la imposibilidad de alcanzar unos mínimos en materia doctrinal, especialmente, «con los desarrollos doctrinales y pastorales surgidos durante los últimos pontificados». Además, afirma: «En efecto, la mano tendida para la apertura al diálogo va acompañada, lamentablemente, de otra mano ya dispuesta a infligir sanciones. Se habla de ruptura de la comunión, de cisma y de “graves consecuencias”. Más aún, esta amenaza es ahora pública, lo cual crea una presión difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo».

A continuación, el superior de la Fraternidad se despoja de toda rigidez para apelar a la a la flexibilidad de Roma, pues, aparte de no desear «reabrir las heridas», recuerda que «durante la última década, el papa Francisco y usted mismo han abogado ampliamente por la escucha y la comprensión de las situaciones particulares, complejas, excepcionales, ajenas a los esquemas ordinarios. También han deseado que el Derecho se utilice siempre de forma pastoral, flexible y razonable, sin pretender resolverlo todo con automatismos jurídicos y esquemas preestablecidos».

Ironías entre teólogos

Tras esta petición, Pagliarani se despide del prefecto asegurando, no sin sorna, sus oraciones «al Espíritu Santo y —no lo tome como una provocación— a su santísima esposa, la Mediadora de todas las gracias». Cabe recordar la Nota doctrinal sobre algunos títulos marianos referidos a la cooperación de María en la obra de la salvación Mater Populi fidelis, publicada por el dicasterio de Fernández a principios del pasado noviembre, consideraba «problemático» atribuir a María el título de Mediadora. «Algunos títulos, como por ejemplo el de Mediadora de todas las gracias, tienen límites que no facilitan la correcta comprensión del lugar único de María. De hecho, ella, la primera redimida, no puede haber sido mediadora de la gracia recibida por ella misma», explicaba el texto.

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