«No he venido a pronunciar discursos, sino a celebrar la Eucaristía», afirmó el Pontífice en una visita en la que rezó ante las tumbas de migrantes y ante el mar en el que muchos siguen jugándose la vida
«El Papa sigue acompañándoos, os apoya y os anima. No he venido a pronunciar discursos, sino a celebrar la Eucaristía, signo supremo de la presencia de Cristo entre nosotros. El gesto de Jesús al partir el pan para entregarse a sí mismo da sentido y fuerza a nuestros gestos cotidianos de ayuda y de compartir.». Estas fueron las primeras palabras pronunciadas por León XIV en Lampedusa, justo antes de la Eucaristía, en el recinto deportivo Arena, en respuesta al saludo del alcalde.
El Pontífice llegó a Lampedusa a primera hora de la mañana, donde, en primer lugar, acudió al cementerio para depositar flores en las tumbas de algunos migrantes. Luego se dirigió a la Puerta de Europa, donde se vio con una familia de migrantes, e inauguró en el muelle Favaloro una placa que le da a ese lugar el nombre del papa Francisco.
En su reflexión ante el alcalde, León XIV subrayó que en Lampedusa, «más que las palabras, hablan los gestos». «Pero los gestos, para ser humanos, necesitan un corazón. Por eso nos hemos reunido aquí: para beber de Cristo el amor que solo él puede darnos, para que el mundo de hoy y de mañana sea más humano para todos», añadió.
Ya en la Eucaristía, concretamente durante la homilía, el Pontífice recordó, al comentar la parábola del buen samaritano, que «no hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco». «Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros —como ha hecho Jesús— significa entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado», agregó.
Asimismo, dirigió un mensaje especial a Europa: «Posee un potencial único, que deriva de su historia y de su cultura y, por eso mismo, una equivalente responsabilidad. Por su posición geográfica y por su estructura institucional, tiene la capacidad de afrontar la crisis de modo orgánico, insertando los primeros auxilios en un plan estratégico de larga duración, que sea capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar. […] Es un deber de las instituciones públicas, pero también de toda la
sociedad civil y de la Iglesia».
El Papa lamentó que haya personas que temen contaminarse por entrar en contacto con los demás, «negando así el origen común en Dios, la infinita dignidad de cada ser humano y la llamada al amor sin límites».
Y, por ello, señaló que es tiempo de reconocer y afirmar que «la pertenencia religiosa no debe convertirse jamás en motivo de discriminación, como si la fe tuviera límites y no fuera, en cambio, llamada universal a la salvación».






