El presidente de la Conferencia Episcopal Española denunció las políticas antinatalistas de la ONU, que ha priorizado frente a la lucha contra el hambre en el mundo. También ha denunciado que el Estado use el Código Penal contra quienes no concuerdan con su confesionalismo antropológico
El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, ha ofrecido este jueves, como colofón al curso El colapso de la democracia. La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano, una reflexión sobre los desafíos antropológicos y éticos que enfrentan las democracias en estos momentos, así como la propuesta que puede hacer la Iglesia para su regeneración.
Como premisa, el también arzobispo de Valladolid ha aclarado que él, antes que de colapso, prefiere hablar de crisis de las democracias occidentales, porque este término deja abierta una respuesta de la propia democracia.
Como la cuestión antropológica está en el corazón de la doctrina social de la Iglesia, como pone de manifiesto Magnifica humanitas, Argüello hizo una reflexión sobre dos realidades que afectan a esta cuestión. La primera tiene que ver con el hecho de que hoy mueren más personas de las que nacen. El arzobispo explicó que ha habido momentos de la historia, por guerras o hambrunas, en que la población decrecía, pero que no tener hijos sea «un proyecto cultural, civilizatorio y liberador no se había vivido nunca». Aunque, añadió, también hay condicionantes económicos que tienen que ver con la gestión actual del capitalismo global.
El otro polo del desafío antropológico de este tiempo, agregó, es la reducción de la persona a individuo, que exalta la autonomía, la independencia y la desvinculación. Y, por tanto, «cada uno es fuente autónoma de su propia concepción del bien y del mal». Esto genera dificultades para «tejer vínculos, para sostener a la familia y para transmitir la vida» y, por tanto, hace que la convivencia sea «difícil».
De hecho, en este punto, dijo que esta antropología es la que defiende el Estado: «Hay un confesionalismo antropológico y, si te sales de ahí, código penal». Lo ejemplificó con el apoyo a las terapias afirmativas en el caso del colectivo LGTBI y la condena, «llamando terapias de conversión», al acompañamiento a personas que tengan dudas sobre su corporalidad, sexo o género. «No hay vacío antropológico ni neutralidad del Estado», apostilló.
Con todo, el presidente de la CEE señaló que el principal problema de la democracia tiene que ver con el pueblo, aunque también con la auctoritas y la potestas.
«Lo primero a regenerar es el demos. Y la gran aportación de la Iglesia es ofrecer un pueblo que practica la amistad civil o la amistad social», dijo, pues propone «la fraternidad no como un valor, sino como un hecho, porque consideramos que Dios es creador y padre».
Y para construir un pueblo, insistió, hace falta abordar la natalidad, la familia, la relacionalidad y, desde estas experiencias humanas elementales, «poner unas bases éticas mínimas sobre las que poder dialogar». «Para que haya democracia hace falta que haya pueblo», sentenció.
En este sentido, denunció que el único objetivo que ha cumplido en plazo Naciones Unidas tiene que ver con la salud reproductiva, con el antinatalismo y las políticas proaborto, posponiendo el cumplimiento de la disminución del hambre en el mundo a 2050. «El capitalismo mundial tiene una estrategia, apoyado por fundaciones surgidas en EE. UU., y que ha tenido en la izquierda europea a sus sicarios en esta tarea de reducir los comensales en la mesa», denunció con claridad.
Al hablar de la auctoritas, Argüello recalcó la importancia de la ética y de los fundamentos para regenerar los sistemas democráticos. «Cuando un Estado olvida la ética, se convierte en una banda de ladrones. Y a las pruebas me remito», dijo, haciendo una referencia a san Agustín, para, a renglón seguido, señalar que las referencias éticas son para todos.
Sobre la potestas, el presidente de la CEE ha pedido que se respeten las reglas del juego, se asegure la separación de poderes y la libertad de prensa, se presenten los presupuestos… y, desde ahí, se cuide el principio de subsidiaridad que compromete a la sociedad. Y para comprometer a la sociedad, indicó, hay que evitar que el Estado se convierta en una Cáritas laica, que da limosnas.
Como hace habitualmente, el arzobispo de Valladolid, al defender el papel de los ciudadanos, dijo que es necesario «promover asociaciones en favor de los deberes humanos». «A la hora de abordar el desafío grande de la crisis de la democracia, hay una responsabilidad grande de los ciudadanos. […] Los desafíos son grandes y es necesario que trabajemos ladrillo a ladrillo. Y hay que estar dispuestos a acoger todos los ladrillos, las propuestas que vienen de un lado y de otro», subrayó.






