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Las rodillas invisibles: la vida contemplativa en la visita del papa León XIV a España

De los monjes y monjas recibió, a bordo del avión que le traía a nuestro país por primera vez vestido de blanco, una cesta repleta de productos hechos en silencio y oración

España es la primera potencia mundial en vida contemplativa. León XIV lo sabe, y ahora además está injertado con nuestros casi 8.000 monjes y monjas, los que no han estado en las calles, pero han tejido desde hace meses la alfombra que ha pisado el Papa desde Barajas hasta Los Rodeos.

Para ellos tuvo unas palabras específicas en la audiencia general, de vuelta a Roma: «Finalmente, quiero dar las gracias a cuantos han rezado por el éxito de este viaje apostólico, especialmente a las comunidades de monjas contemplativas, que en España, gracias a Dios, son muy numerosas. Sigan rezando para que, mediante la intercesión de la Virgen María, las semillas que he esparcido den frutos abundantes. ¡Gracias!».

Y de ellos recibió, a bordo del avión que le traía a nuestro país por primera vez vestido de blanco, una cesta repleta de productos hechos en silencio y oración: decenarios de las dominicas y las carmelitas descalzas, polvorones de las clarisas de Estepa, galletas saladas de Igualada (Barcelona), palitos de Valdemoro (Madrid), pastas de Reus (la cuna de Gaudí), yemas de agustinas sevillanas, dulces de agustinas de Castellón, mermelada de agustinas extremeñas, chocolates varios de monjes cistercienses, jabón de propóleos procedente de las abejas conventuales de Navarra, y hasta un bálsamo cartujano para el dolor, entre otras muchas delicias. 

Era la manera de hacer visible —y degustable— la oración que había precedido a ese momento, de poner en sus manos el fruto del ora et labora, de darle la bienvenida sin salir de los monasterios. Y fue nada más y nada menos que Eva Fernández, la corresponsal de COPE en el Vaticano, la periodista a la que los españoles debemos que este viaje se hiciera realidad. Durante años y años ha pedido, ha insistido, ha regalado a los Papas —primero Francisco, después León— todo tipo de motivos para que se animaran. Lo consiguió a base de dulzura, humildad y tozudez —iba a ser Francisco e iba a ser Canarias, pero Dios alteró un poquito los nombres y los tiempos—, pero nada hubiera sucedido, Eva lo sabe mejor que nadie, sin las rodillas invisibles que no han cesado de sujetarles, a ella y a ellos. 

Lo que quizá no sepa el Papa todavía es que la custodia con la que bendijo a los jóvenes en la vigilia de Madrid se llama «Árbol de la Vida» y fue elaborada a mano en el taller de orfebrería de los Hermanos de Belén. O que el crucifijo que presidió la Misa del Corpus Christi en Cibeles salió directamente del molde de esa familia monástica que bebe de la liturgia oriental y se alimenta de la Palabra antes de ser arte religioso. 

Pero se lo llevó todo puesto. El cariño, el sacrificio, las horas ante el Santísimo, las miles de manos que sostuvieron al Sucesor de Pedro antes, durante y después del viaje a España. Y la certeza de una Iglesia orante, invisible, que vive de rodillas por toda la humanidad. Que explica —de qué, si no— que también de nuestro país hayan salido más misioneros que de ningún otro. La vida contemplativa no se ve, pero nos hace respirar. 

La Fundación Contemplare, que aglutina a un montón de laicos de distintas profesiones que ponen sus talentos al servicio de los cenobios, tuvo una idea genial en cuanto se supieron las fechas de junio: propusieron a siete conventos que enhebraran pequeños rosarios a modo de oración tangible para el viaje apostólico, y futuro souvenir de un momento colectivo inolvidable. Pues bien, estos decenarios se multiplicaron de tal manera, se agotaron a tal velocidad, que se acabaron triplicando las «fábricas» y fueron 21 comunidades monásticas las que se dedicaron a ensartar cuentas mientras rezaban por el peregrino, el joven, el curioso, el alejado, que acabara con ello en las manos. Decenas de miles de estos decenarios, ya bendecidos por León XIV, están ahora en los bolsillos y las mochilas, mezclados con esas semillas a punto de germinar.

Cuando un Papa cruza el portón, ya no hay vuelta atrás. El aldabonazo ha sido mundial. 

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