El coordinador del Observatorio de Conversión Pastoral y profesor de la UCV subraya como elementos clave para la renovación de las comunidades el primer anuncio, el acompañamiento y la formación
José Luis García Martínez es filósofo y profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Valencia (UCV). Desde hace años, es referente, junto a Cristian Camus, en un proyecto de renovación pastoral destinado a comunidades parroquiales. El proyecto, llamado en un primer momento Buenas Prácticas en Parroquias, dio lugar a un estudio pionero y a un congreso. Y, desde ahí, evolucionó a un Observatorio de Conversión Pastoral que pronto estará en marcha. Se trata de un espacio para guiar, capacitar y acompañar a las parroquias en sus procesos de transformación pastoral, con el objetivo de cumplir de forma efectiva su misión, que es llevar a Jesucristo a los hombres y mujeres de hoy. José Luis dirige, además, el renovado Máster en Conversión Sinodal y Misionera de la UCV, que cuenta con el apoyo de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y el Centro Bíblico Teológico Pastoral para América Latina y el Caribe (Cebitepal).
—Dentro de poco se pone en marcha el Observatorio de Conversión Pastoral, fruto de años de trabajo, de conocer la realidad de las parroquias y recoger las buenas prácticas. ¿Dónde nace esta inquietud?
—Surge de la experiencia que tenemos los católicos en sociedades secularizadas como la nuestra. Hace años, las parroquias tenían un peso social que hoy ya no tienen, porque el periodo de cristiandad ha terminado. Hay que aclarar que me refiero a la cristiandad como clave sociológica, porque el cristianismo sigue ahí. Antes, los colegios educaban en clave cristiana, los calendarios y horarios funcionaban en clave cristiana, las parroquias eran espacios reconocidos a nivel social. Eso ha desaparecido. También vemos que las nuevas generaciones acuden menos a la Iglesia y, cuando acuden, lo hacen de una manera diferente. No tenemos comunidades fuertes como en otros momentos. Esta situación, por tanto, merecía una respuesta. Una opción era buscarla en los libros, pero nosotros preferimos ir a las parroquias que lo estaban haciendo bien y que obtenían frutos, para, con ese conocimiento, elaborar un manual de buenas prácticas. Así, otras comunidades parroquiales podrían tener referencias para iniciar un proceso de conversión.
—¿Qué descubrieron al investigar las buenas prácticas?
—En primer lugar, que no existe un modelo ideal de parroquia. Cada una tendrá que adaptarse a su contexto, a la identidad de su fieles, a su músculo. Por ejemplo, no es lo mismo una parroquia urbana que una rural. En general, descubrimos que las parroquias que logran frutos tienen un aire de familia, que en ellas los laicos asumen una responsabilidad mayor y, por tanto, hay una corresponsabilidad entre el sacerdote y los laicos. Es decir, las parroquias con laicos más comprometidos dan más frutos. Buenas prácticas son, por ejemplo, la formación de los laicos, que haya una cultura de acogida y de primer anuncio, lo mismo que itinerarios de discipulado para fortalecer la fe. De todas formas, no todas las parroquias tienen que tener o cumplir con todas las buenas prácticas o hacerlo de la misma manera. Son un punto de partida para alcanzar el objetivo: evangelizar y contar con un mayor número de discípulos misioneros.
—¿Cómo se estructura la propuesta del Observatorio? ¿Cuál es la hoja de ruta para una parroquia?
—El Observatorio está al servicio de la Iglesia. Después de hacer el listado de buenas prácticas, las parroquias nos pedían ayuda para iniciar el proceso. Así que hemos creado un itinerario en tres movimientos: Despega, Crece, Expande. Una vez que una parroquia se acerca a nosotros, se le ofrece un itinerario inicial para entrar en la cultura de la conversión pastoral (Despega). Son ocho sesiones que buscan que se sumerja en una nueva cultura. Superada esta fase, y a través de una herramienta llamada Bitácora de Evangelización, la parroquia podrá ir consiguiendo indicadores de esa conversión pastoral a medida que ponga en práctica iniciativas o realice cambios (Crece). Y tras estas dos etapas, ya estará preparada para expandirse, para llevar su experiencia y conocimiento al resto de parroquias; incluso podrá convertirse en mentora de otras que inician el proceso (Expande). Además, ofrecemos pequeñas píldoras formativas para capacitar en cuestiones urgentes como, por ejemplo, el primer anuncio o la escucha activa.
—¿Cuáles son los principales retos y dificultades para una parroquia?
—Estamos en un cambio de época que lleva aparejado un proceso de secularización. Esto lo vivimos con tristeza, pero es el tiempo que nos ha tocado vivir y, por tanto, un tiempo de Dios. Por ejemplo, nos encontramos con unos jóvenes que viven en condiciones materiales y de ilusión muy bajas. Se les ha cancelado el futuro y, por ello, se están volcando en el presentismo, que es lo contrario de trascendencia y religiosidad. Están angustiados. La pregunta que debemos hacernos es si nuestras parroquias son los lugares vibrantes que pueden satisfacer el anhelo de sentido y trascendencia que tienen nuestros jóvenes. Es una oportunidad, porque el anhelo de trascendencia se puede acallar durante un tiempo, pero, al final, revive, porque queremos ser más. Insisto, la pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿cómo podemos conseguir que nuestras parroquias sean ese espacio para satisfacer y responder a ese anhelo?
—No hay parroquias modelo, pero sí aspectos de ellas que pueden ayudar a otras. ¿Cuáles son esas características que imitar?
—En primera lugar, las parroquias que son referencia conocen su contexto. Nos hemos encontrado con algunas que tenían claro que evangelizando a las personas mayores, evangelizaban a los hijos. Y les funciona bien, porque, cuando el hijo alejado ve el papel que tiene la parroquia con sus padres, se acerca de nuevo. Estas parroquias se hacen cargo de su contexto y evangelizan en función de las necesidades. Esto es diferente en una parroquia de nueva creación, en un lugar donde hay gente más joven y más niños. La primera clave, por tanto, es saber dónde está y cuál es el fiel promedio. Y sobre lo que el contexto puede exigir, se empieza a construir. Construir es no tener miedo a experimentar, a equivocarse y rectificar, a volver sobre los pasos e intentar otra cosa. Lo importante es evaluarnos, saber si estamos consiguiendo frutos, teniendo claro que esto es un camino a muy largo plazo. Hay que tener paciencia, pero no detenernos a la hora de probar cosas.
—¿Cuál es el error más frecuente que comete una parroquia cuando quiere iniciar un proceso de transformación o conversión pastoral?
—Creo que hay un momento crítico. Se produce tras el primer anuncio, ya sea después de Alpha, Emaús o Cuatro40. La gente ha tenido un encuentro, se ha ilusionado y viene encendida. Lo que toca en ese momento es que se incorporen a las parroquias en itinerarios de discipulado y formación. Este es el barranco, el precipicio, en el que estamos. Y aquí tenemos que poner el mayor esfuerzo. El acompañamiento. Cuando una persona se ha reencontrado o ha tenido un primer encuentro con Jesús, hemos de acompañarla en la parroquia, escucharla y acogerla sin juzgar. Se trata de que vea que la parroquia es una puerta abierta, que tiene un lugar en la mesa, que es amada y bienvenida. Ese acompañamiento va a ser clave para ir dándole señales de qué es ser cristiano.
—Decía antes que las parroquias más exitosas son las que tienen laicos más comprometidos. ¿Qué papel tienen estos en esta conversión pastoral de las comunidades?
—Fundamental. La corresponsabilidad, además de un poco más de carga para los laicos, nos permite llevar a cabo nuestra misión que, como bautizados, tenemos: evangelizar. Esto es ilusionante. En este sentido, creo que es importante que tengamos clara la necesidad de entrar en una cultura del primer anuncio si queremos ser una parroquia evangelizadora. Las que asuman esto necesitarán un equipo de laicos bien formados que ayuden al sacerdote, que se formen, que lideren y estén continuamente en cultura de acogida, de primer anuncio y de discipulado. El papel de los laicos ahora va a ser fundamental, teniendo claro que la sinodalidad no es caer en una democratización de las decisiones ingenua o en una horizontalidad vacía. El sacerdote tiene su papel, su marco de decisión, pero en este paradigma todos se escuchan, se ponen a la luz del Espíritu.
—Además, implicando a los laicos, la vitalidad de una parroquia no dependerá solo del sacerdote que esté en ese momento…
—El sacerdote muestra su liderazgo y autoridad desde la coordinación de todos, pero, en una propuesta sinodal y de corresponsabilidad, su marcha no supone la quiebra de los procesos iniciados. Porque la palabra clave es proceso. Toda transformación va a utilizar métodos, va a utilizar herramientas, pero lo importante es el proceso. Aquí me gustaría introducir una cuestión importante: la tentación de medirnos en números. Como dijo el Papa en España, debemos escapar de los números. La vitalidad de las parroquias ya no se medirá en números, sino en calidad. No estoy diciendo que no sea deseable que haya grandes cifras, pero sí quiero recalcar que lo que tenemos que buscar son laicos que estén comprometidos con la vida parroquial.
—¿Líderes laicos?
—El liderazgo es una palabra que da problemas, porque parece que hablamos de management o marketing. En cualquier caso, el líder es aquel que es seguido. Jesús fue seguido y los líderes laicos que necesitamos en las parroquias serán seguidos porque generan autoridad, hacen las cosas bien y son cristianos en los que vemos a Cristo, cuyos testimonios de vida son coherentes. Nos hacen falta esos referentes en las parroquias. Es un laico que arrastra al resto, que es ejemplo y testimonio, y que puede ayudar a aquellos que han recibido un primer anuncio a madurar en el camino de la fe y a comprometerse.
—¿Dónde tienen que estar los laicos de forma preferencial? ¿Dentro o fuera de la parroquia?
—Para responder tomaré las tres palabras del Sínodo sobre la sinodalidad: comunión, participación y misión. Los laicos tenemos que estar en las parroquias generando comunión, sin enjuiciar al del lado, respetando todos los carismas, todas las formas de vivir a Cristo, sabiendo que lo que nos une es que miramos a la cruz. Además, tenemos la obligación de participar en todas las cuestiones que se nos requieran en la parroquia. Finalmente, debemos salir a hacer discípulos, que es para lo que hemos sido bautizados. Nuestra misión es invitar a venir a la parroquia y satisfacer los anhelos de trascendencia que hay más allá de sus paredes. Por resumir, debemos estar dentro, viviendo esa comunidad sinodal de la que todos formamos parte, pero sin olvidar que tenemos una misión fuera.
—En ese salir también se incluye la participación en la vida social, con una propuesta que surge desde nuestra fe y que tiene como pilares la dignidad humana y el bien común, ¿no?
—Tenemos que ser formados y entrenados para acompañar a la gente fuera de nuestras parroquias y tener la capacidad de ver la oportunidad de evangelización. No podemos salir y ponernos a chillar a la gente que Dios los ama. Pero sí puedo acompañar a una persona que sufre. Ser católico hoy supone un grado de exposición alto y, a veces, corremos el riesgo de encerrarnos en nuestras comunidades. Hacerlo desactivaría el mensaje católico, de universalidad. Tenemos la obligación de salir al espacio público e incorporar los valores cristianos en todos aquellos lugares en los que podamos, ya sea en los colegios, en las empresas, en las familias o en cualquier lugar. Formamos parte de esa vida pública. Así que advertiría ante la tentación de un repliegue en comunidades autorreferenciales y subrayaría la necesidad de tomar conciencia de la necesidad de defender la dignidad humana, la magnifica humanitas, como dice León XIV en su encíclica. Es un buen punto de partida para repensar el papel del laico en nuestra sociedad. Hoy más que nunca es necesario hablar de libertad y de verdad. Lo que hizo León XIV en el Congreso de los Diputados fue un reflejo de lo que el católico tiene que hacer en la vida pública.
—Citaba antes la visita del Papa. ¿Cree que puede ayudar a dinamizar las parroquias a entrar en ese cambio de cultura del que hemos hablado?
—La presencia del Papa en nuestro país ha hecho que nos estemos planteando, como decía, cuál es el papel del católico en la sociedad. Y creo que este papel pasa por retomar el orgullo de salir como católicos al espacio público defendiendo la verdadera libertad y la verdad. En la sociedad de la posverdad y de la inteligencia artificial, es el momento de recuperar la verdadera humanidad y cuestionarnos qué es la verdad.








