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El revés de la prisa: Pablo Seco, capellán de Barajas, un misionero en el limbo del aeropuerto

Tras un cuarto de siglo como misionero en Japón, ha pasado de las parroquias rurales y los centros de detención del lejano oriente a convertirse en Alter Christus en las terminales

En los laberintos de acero y cristal del aeropuerto de Madrid, donde el tiempo se mide en retrasos y zonas horarias superpuestas, un hombre habita las esperas, el revés de la prisa. Su nombre es Pablo Seco y es el capellán de este «lugar de paso, una ciudad sin ventanas». Tras un cuarto de siglo como misionero en Japón, ha pasado de las parroquias rurales y los centros de detención del lejano oriente a las terminales de Barajas, un entorno prosaico bajo la luz artificial.

Ahora, como capellán de aeropuerto, la vida de Pablo luce más que nunca como una geografía de contrastes. Su partida hacia Japón no fue una decisión propia, sino un envío: él quería ir a África, pero terminó en un país donde la Iglesia es minoría absoluta y la fe, una anomalía silenciosa. Allí aprendió que la misión no es solo «ayudar a los pobres», sino «anunciar a Cristo, que es la mayor riqueza». Esa experiencia moldeó su paciencia; regresó a Madrid para cuidar de sus padres en el castizo barrio de Hortaleza, pero su padre falleció antes siquiera de que pudiera aterrizar. Fue realojado en la capellanía de Barajas como un espacio propio de transición, un lugar donde su épica de misionero se funde con las vidas de millones de pasajeros que solo están de paso.

Según reconoce, el aeropuerto es un ecosistema de flujos constantes donde «siempre es de día o siempre es de noche o siempre es primavera». En este escenario de luz forzada perpetua, la Iglesia mantiene tres puestos para la oración y los sacramentos, en las terminales T1, T2 y T4. Pablo se desplaza entre ellas con una flexibilidad que la administración pública envidiaría, cuidando que en cada sagrario no falte la presencia del Señor, que justifica su puesto. «Lo importante es que se celebre la Eucaristía una vez a la semana en cada capilla para renovar el Santísimo y para cuidar que haya un cierto decoro».

Su trabajo consiste, en gran medida, en ser un facilitador de lo invisible. En un microcosmos de códigos de acceso y controles biométricos, Seco también responde correos electrónicos generados por un código QR donde sacerdotes itinerantes le preguntan por horarios y/o permisos para celebrar Misa. Pablo se asegura de que la intendencia de lo sagrado funcione: «Preparo las sacristías para que los sacerdotes que vienen con grupos de peregrinos se encuentren con que hay pan, que hay vino y que están los purificadores limpios», afirma. Si, por ejemplo, un grupo de 40 personas aterriza de improviso en Madrid, él se encarga personalmente de que «no se queden sin formas» para comulgar.

Los espacios sagrados del aeropuerto reflejan la historia de la propia aviación española. La capilla de la T2, «más antigua y destartalada», conserva una imagen de Josemaría Escrivá de Balaguer, recordado allí como «el primer viajero». En cambio, la de la T4 es una pieza de diseño moderno, recubierta de mármol y con una talla de la Virgen de Loreto que en su momento fue sufragada por la propia Aena. Pablo agradece esta convivencia de la Iglesia con la gestión pública, aunque a veces el ritmo burocrático choque con la necesidad de los sacramentos diarios: «Si se funde la lámpara del sagrario, cámbiala tú, porque como esperes que te la ponga Aena… pasan dos años».

La calma de este «limbo» climatizado también está expuesta a las tormentas de la actualidad, como las crisis migratorias. En 2024, cientos de personas sin pasaporte quedaron atrapadas en salas de tránsito de la T4 Satélite, solicitando asilo en un aluvión que, literalmente, colapsó el sistema. Fue entonces cuando la capellanía dejó de ser un servicio de mantenimiento espiritual para enfrentarse a la «inhumanidad de los limbos legales». Pablo intentó acceder para ofrecer asistencia religiosa a quienes llevaban meses durmiendo en el suelo, pero se encontró con un muro administrativo y policial.

«Estas personas están en el limbo. Ni aunque nosotros queramos podemos ir allí y aunque ellos quieran, no pueden venir aquí», dice, citando una lógica evangélica aplicada a la burocracia de frontera. Para Pablo, esta situación visibilizó el drama de los centros de internamiento, lugares donde la gente espera sin poder recibir visitas ni consuelo. A pesar de que su oferta de ayuda fue rechazada oficialmente por la complejidad del protocolo policial, su intento le valió el premio Alter Christus que otorga la Conferencia Episcopal, en la categoría de Pastoral Social: «Todo lo que sea visibilizar esta realidad me parece bueno… pero no es que yo me merezca premios», zanja sin darse importancia.

En Japón, donde el concepto de sacrificio samurái es tan fácil de entender, el perdón cristiano resultaba ajeno. «El concepto de perdón no entra tan bien como el de sacrificio», recuerda sobre su tiempo en esta sociedad que entiende la entrega de la vida, pero no siempre la gratuidad de la misericordia. En el aeropuerto, aplica esa misma lógica misionera de diálogo con la cultura. No se ve a sí mismo como un mero pastor que cuida a las ovejas que ya están en el redil, sino como alguien que debe entablar relaciones con los no cristianos y con los que tienen «sed de Dios», pero se pierden en la tecnología.

Al final de su jornada, Pablo abandona las terminales y se convierte en un viajero más de la red de transporte público madrileña. No lleva consigo los ornamentos de su oficio, apenas lo indispensable: la tarjeta de transporte y el teléfono móvil. Para él, el aeropuerto es la metáfora perfecta de la existencia: una plataforma donde todos somos forasteros en busca de acogida. En un mundo que nos obliga a ser productivos y nos permite brevemente ser turistas, el capellán permanece allí como una «cortesía» del Espíritu, recordando que, incluso en el lugar más efímero del mundo, el alma necesita un sitio donde posarse.

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