En Vivir en el asombro, el autor norteamericano reivindica los milagros y la «evidencia de lo sobrenatural» frente a «la imposición del mito materialista»
El periodista y escritor Rod Dreher (Baton Rouge, Estados Unidos, 1967) se ha convertido en los últimos tiempos en una voz imprescindible —a fuer de polémica— para entender y navegar los desafíos que la modernidad plantea para la vida de fe. Converso ortodoxo, consiguió con La opción benedictina (2017) un gran éxito de público y ventas a nivel internacional, cosechando, de paso, una enorme notoriedad para unos postulados rompedores —la propuesta de un repliegue para sobrevivir en una sociedad secular y hostil creando comunidades sólidas y disciplinadas, a imagen de las abadías de san Benito, no para huir del mundo, sino para preservar su cultura y cultivar su fe— con las grandes corrientes del cristianismo contemporáneo. Posteriormente, publicó Vivir sin mentiras (2020), una defensa de la verdad y la resistencia frente al «totalitarismo blando» contemporáneo, inspirado en las historias de disidentes cristianos en la Europa soviética. Este año, ha presentado su obra más íntima: Vivir en el asombro (Encuentro, 2026), donde se nos invita a abrir los ojos a una realidad cargada de misterio y presencia divina. Charlamos detenidamente con él sobre la «máquina de desencanto» que es Internet, el peso de lo sobrenatural para las nuevas generaciones y la belleza como camino de regreso a casa.
—Tras sus trabajos sobre la resistencia cultural y las posibilidades de la vida bajo un «totalitarismo blando», ¿cuál ha sido su motivación para centrarse ahora en el asombro?
—Este libro trata sobre cómo aprender a abrir los ojos a la realidad del mundo espiritual, y también sobre la forma como este mundo interactúa —porque lo hace— con la materia. He llegado a la conclusión de que, en la raíz de cómo vivimos, debe haber una conciencia de la realidad de Dios; no solo como una idea o un conjunto de reglas morales, sino como una realidad espiritual viva. En definitiva, y respondiendo a su pregunta, mis últimos libros forman una especie de trilogía sobre la supervivencia cristiana en un mundo poscristiano: está el tema de la comunidad, en La opción benedictina; del discernimiento de la verdad, en Vivir sin mentiras; y, ahora, de la vida espiritual en Vivir en el asombro. Mi tesis es que, si vemos la fe solo como un conjunto de reglas, la perderemos ante los desafíos que ya vienen, especialmente con la llegada de la inteligencia artificial.
—Hablando de pruebas y desafíos: usted ha advertido de que, si el cristianismo no ofrece este misterio, los jóvenes lo buscarán en otros lugares, como el ocultismo…
—Porque es así. Hace poco, un seminarista anglicano de Oxford me dijo que, para su generación
—la Generación Z—, el ateísmo ya no es una amenaza: lo es el ocultismo. Los jóvenes buscan trascendencia y, si el cristianismo solo les ofrece moralismo y racionalismo insípido, se irán a la astrología, el tarot o la brujería, porque estas cosas prometen lo místico sin exigir nada a cambio, aunque al final —y ellos no lo saben— les acabe costando el alma. No los atraeremos con más sentimentalismo, sino poniendo énfasis en la belleza, en lo místico y el conocimiento de lo tradicional.
—Cuando se refiere a la belleza, lo hace por experiencia personal, puesto que fue una cuestión fundamental en su propia conversión…
—Yo era un adolescente agnóstico cuando visité la catedral de Chartres a los 17 años. En Europa, los jóvenes tienen el regalo de catedrales y monasterios que les recuerdan lo que fueron y lo que pueden volver a ser. Y, precisamente por esto, no deben permitir que la tecnología manipule su visión de la realidad. En Chartres, me sentí abrumado por la belleza y, por primera vez, experimenté un verdadero asombro. No salí convertido de esa experiencia, pero sí en una búsqueda del Dios que inspiró a hombres de hace 800 años a construir tal gloria. Ese camino terminó ocho años después, cuando conocí a un sacerdote, a Carlos Sánchez, que tenía por entonces casi 100 años. Me contó cómo había perdido su fe y cómo la había recuperado tras presenciar varios milagros eucarísticos. Al verlo llorar mientras contaba su historia, supe que era un testigo real. Como dijo Benedicto XVI, el arte y los santos son los mejores argumentos para la fe.
—En Vivir en el asombro asegura que vivimos en un mundo «desencantado»…
—El sociólogo Max Weber decía que el mundo moderno está desencantado porque ya no creemos que el espíritu interactúe con la materia. Se nos ha impuesto el «mito del materialismo», que exige que ignoremos cualquier evidencia de lo sobrenatural. Sin embargo, la Iglesia siempre ha sabido que el mundo está «encantado». Recuerdo que un abogado católico me dijo una vez: «El mundo no es lo que pensamos que es». Él mismo —y a eso se refería— había tenido encuentros con seres luminiscentes que solo desaparecían cuando rezaba. Tras consultar sus extrañas visiones con un exorcista, todos estos eventos lo acercaron más que nunca a la Iglesia. Cosas así suceden más de lo que creemos, pero nuestra cultura nos ha enseñado a ignorar las señales.
—Por ejemplo, la historia del joven Stefano, en Roma, que cuenta en su libro y que resulta especialmente asombrosa…
—Es una de mis historias favoritas. Stefano creció en una familia comunista italiana y fue educado, literalmente, en el odio a Dios. Su vida, como la de la mayoría de las personas, caminaba muy mediada por la educación recibida, hasta que, una noche, estando en Roma, un mendigo se le acercó y le dijo: «Hola, Stefano, finalmente te encuentro: el Señor Jesús me ha encargado decirte que no tienes que tener miedo». Aquel mendigo conocía detalles íntimos de su vida que no había forma de saber y, tras rezar un padrenuestro, desapareció diciendo que se llamaba Felice di Natale. Después de aquello, Stefano se convirtió y llevó la fe a toda su familia. Pero lo mejor estaba por llegar: años después, descubrió en una iglesia de Roma una imagen gigante de aquel mendigo que le había cambiado la vida. Resultó ser san Félix de Cantalicio, un fraile del siglo XVI conocido por pedir limosna, cuya tumba estaba
—y sigue estando— en ese templo al que llegó por casualidad. Dios sigue interviniendo en el mundo, en la historia y en nuestras vidas mediante signos que normalmente no vemos.
—En Vivir en el asombro abundan historias que podrían ser tildadas poco menos que de increíbles. ¿Qué papel juegan los relatos en el reconocimiento y transmisión de la fe en el contexto de su obra?
—Las historias viven en la imaginación. Los neurocientíficos han comprobado que el cerebro está mucho más activo cuando recibe una verdad a través de una narración que a través de un argumento proposicional. Por eso, Jesús hablaba en parábolas. Mi libro está lleno de historias de milagros, encuentros con ángeles e, incluso, combates explícitos contra el mal, porque quiero que la gente experimente el mundo como realmente es: lleno del Espíritu de Dios, revelado a través de la belleza y la santidad. El reencantamiento no es nada parecido a la magia de Disney; es aprender a ver el mundo con los ojos del primer milenio, donde todo estaba lleno de energía espiritual. Dios sigue hablando; solo tenemos que aprender a escuchar.
—Dentro de este «mito del materialismo» que comentaba, usted define internet como una «máquina de desencanto». ¿Cómo afecta la tecnología a nuestra capacidad de percibir lo sagrado?
—Internet es una máquina de desencanto porque fragmenta nuestra atención. Lo cierto es que aquello a lo que prestamos atención se convierte en nuestra realidad psicológica. Si no puedes enfocar tu atención, no puedes rezar; y, si no puedes rezar, pierdes el sentido de Dios. La neurociencia respalda esta afirmación: el uso excesivo de pantallas afecta la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro que nos ayuda a percibir lo espiritual y lo numinoso, mientras hipertrofia la amígdala, haciéndonos más emocionales y ansiosos. La realidad es que, como sociedad, estamos asistiendo a un experimento masivo con nuestros jóvenes que podría dificultarles neurológicamente tomar conciencia de la presencia de Dios.
—¿Qué consejo práctico daría a alguien que sienta o sospeche que ha perdido la capacidad para el asombro?
—El primer paso sería buscar el silencio interior. Diría algo así: menos tiempo en línea y más tiempo en silencio, especialmente en oración. Esto, sin duda, nos permite recuperar la capacidad de percibir al Espíritu Santo a nuestro alrededor. También recomiendo lo que en inglés llamamos «tocar hierba», es decir, reconectar de alguna manera con el mundo natural. Es importante tener una gran determinación y establecer claramente los tiempos donde no se mira el teléfono ni se atiende el portátil. La atención es lo que crea nuestro sentido de la realidad.
—¿Cómo es su vida de oración para combatir este desencanto?
—Intento que mi oración sea una conversación constante con Dios a lo largo del día. Rezo la oración de Jesús —«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador»— de forma habitual y meditativa. Durante una grave enfermedad que me provocó el estrés, mi sacerdote me mandó rezarla 500 veces al día. Fue más difícil que caminar diez kilómetros, pero me sacó de mi ansiedad intelectual y me enseñó el valor del silencio. Me confieso a menudo por pasar demasiado tiempo en Internet, porque ese tiempo se lo robo a la oración. Es así: debemos morir a nosotros mismos cada día para que el Espíritu Santo pueda llenarnos.
—¿Considera que, fruto de esta relación insana con el mundo digital, algunas personas dentro de la Iglesia viven un ateísmo práctico o más bien es una cuestión secular?
—Obviamente, es un gran riesgo. Todos sabemos que se puede ir a Misa y tener todas las opiniones correctas en materia doctrinal, pero si nuestro corazón está frío, esa es una forma de ateísmo práctico. En Estados Unidos, está muy extendido lo que los sociólogos llaman «deísmo terapéutico moralista»: la idea de que Dios es alguien simpático que quiere que seamos buenos y al que solo acudes cuando necesitas algo. Otro ejemplo: muchos discursos, hoy, hablan de «aprender a amarse más a uno mismo», pero eso no salva al mundo. Necesitamos valentía para hablar de batallas espirituales, de milagros y de la santidad que brilla en la oscuridad.
—Tanto la Iglesia católica como la ortodoxa entienden la fe como una realidad encarnada. Desde su experiencia personal, ¿qué encontró en la ortodoxia?
—He aprendido que mi fe era demasiado intelectual y, en cierto modo, arrogante. Creía que, mientras tuviera los argumentos claros, mi fe sería sólida, pero, cuando vinieron las pruebas, estuve a punto de caer. Ahí comprendí que la fe debe vivirse en el cuerpo: a través de los sacramentos, los ayunos, las peregrinaciones y la oración física. Las investigaciones, por ejemplo, del antropólogo Paul Connerton descubrieron que las comunidades que mantienen su identidad en la modernidad tienen en común una historia sagrada celebrada en rituales que usan el cuerpo. Esto es el cristianismo sacramental. Nuestra fe tiene que ser encarnada o desaparecerá.






