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Los autores de Dios, la Ciencia, las pruebas

Probar desde la ciencia que Dios existe

El superventas Dios, la ciencia, las pruebas —250.000 ejemplares en Francia— aplica las leyes de la termodinámica, la relatividad, el ajuste fino y el big bang para demostrar que, hoy, lo más razonable es creer en una inteligencia creadora

Durante siglos, Occidente ha construido un antagonismo artificial entre ciencia y religión sin ser aparentemente consciente de que un debate de tal naturaleza solo podía tener lugar en Occidente. Después de una Edad Media en que fueron muy celebrados los saberes matemáticos y médicos de la filosofía árabe —tal es el caso de Averroes, por cuyas manos llegó la obra de Aristóteles a santo Tomás de Aquino—, no resulta sencillo encontrar un científico de relevancia entre los siglos XVI y XX ajeno a las raíces judeocristianas. Así, la elevación de la ciencia a un estrato de nueva religión se fraguó en nombre de un progreso que, según la cultura que impulsó este desarrollo, no es sino la consecuencia de un Logos divino reflejado en el ser humano para que, a través de su propia, imperfecta razón, pudiera descifrar el mundo hasta llegar a la Verdad. La construcción de las catedrales, las universidades católicas, Cristóbal Colón, auspiciado por los Reyes Católicos, Vasco de Gama o Magallanes en su vuelta al mundo dieron testimonio siempre de una realidad: el Occidente cristiano estaba mucho más avanzado científica y tecnológicamente que el resto de civilizaciones con las que iba entrando en contacto. 

Pero el hombre occidental, como parece presagiar el Génesis, fue alejándose poco a poco de Dios conforme iba penetrando las maravillas físicas y biológicas del mundo. Hoy en día, muchos son quienes predican en nombre de «los científicos», pero es muy difícil conocer cuáles son las creencias de este colectivo. Según un estudio amplio de Pew Research en 2009, una mayoría de científicos en Estados Unidos son creyentes (51 %), frente a un 41 % de ateos, con un 7 % que no se pronuncian. Hay más premios Nobel que se declaran creyentes en Ciencia que en Literatura, y ello podría constituir una bonita metáfora sobre esta cuestión. 

Lo que sí parece claro en nuestro mundo es que, cuanto mayor es el nivel de vida de una persona, menos tiempo tiene para pensar en el futuro o la espiritualidad. «No hay cuestión más importante que la de la existencia de Dios, y es esencial que nos la planteemos al menos una vez en la vida», asegura Michel-Yves Bolloré, ingeniero informático, máster en Ciencias, doctor en Gestión y empresario en la industria mecánica. «En el pasado, muchos hombres no se planteaban la existencia de Dios porque lo consideraban una cuestión irresoluble, y puede que fuera verdad. Pero hoy en día ya no es así: hay numerosos argumentos a favor de la existencia de Dios», sentencia. Bolloré es coautor, junto a Olivier Bonnassies —también ingeniero, además de diplomado en Comercio y licenciado en Teología— del superventas Dios, la ciencia, las pruebas (Funambulista), todo un fenómeno en Francia, donde ha vendido más de 250.000 ejemplares. 

El libro, de argumentación impecable, erudito y muy exacto, pero fácil de leer, sostiene una tesis principal: «No hay nada que demuestre que la ciencia está separada de Dios. Nunca hubo tantos descubrimientos científicos, tan espectaculares y que hayan aparecido en tan poco tiempo. Estos suponen un vuelco completo respecto a la tendencia de siglos anteriores de considerar el campo científico incompatible con todo tipo de debate acerca de la existencia de Dios». 

Desde el siglo XVI, los sucesivos descubrimientos científicos parecían avanzar en sentido contrario a la fe, al contradecir los sistemas de conocimiento sobre los que había crecido la historia. Así, la demostración de que la tierra gira alrededor del sol, y no al contrario; la comprensión de las fuerzas del universo mediante la matemática, gracias a Newton; el descubrimiento de la edad de la Tierra, no solo de unos miles de años, sino antiquísima; la aparición de la vida gracias a un proceso evolutivo natural de miles de millones de años, o la selección natural, hicieron temblar la estructura inquebrantable del pensamiento occidental durante siglos, sembrando desconcierto en no pocos creyentes. El marxismo y el psicoanálisis hicieron el resto, captando y capturando esta zozobra para ponerla al servicio de sus propios intereses. De hecho, Freud llegó a hablar de las «tres humillaciones» que el hombre moderno había sufrido con Copérnico, Darwin y consigo mismo: desalojado de su lugar central en el universo, descendiente del mono y, con la teoría del inconsciente, ni siquiera soberano de sus propios pensamientos.

«En el fondo, no había motivo para sentirse tan profundamente turbado por estos nuevos descubrimientos, pues todos los que eran auténticos no entraban en contradicción con la fe —escriben Bolloré y Bonnassies—. Pero faltaba distancia y conocimiento necesarios para tomar conciencia de ello. Estos avances científicos fueron recibidos con incredulidad, hasta con hostilidad, ya que abandonar antiguas certezas y modificar el paisaje mental suele requerir un inmenso esfuerzo». 

En los últimos siglos, muchos creyentes de Occidente abandonaron su fe con facilidad, y, entre quienes la mantuvieron, brotó un complejo de inferioridad frente al materialismo que les llevó a quedarse al margen de los debates científicos y filosóficos, por miedo al desprecio y las burlas. Todo cambió en la segunda mitad del siglo XX, con el colapso del marxismo, la refutación del psicoanálisis y la confirmación de la exactitud de los principios de la mecánica cuántica, que aniquilaron la creencia en un universo simple, mecanicista y determinista. La destrucción simultánea de los tres pilares del materialismo —principal oponente de la idea de Dios, pues o todo es material o existe algo ajeno a la materia que opera en la realidad— dio paso a otra serie de avances que pueden interpretarse como pruebas científicas de la existencia de Dios.

En primer lugar, la muerte térmica del universo según las leyes de la termodinámica: surgida en 1824 y confirmada en 1998 por la expansión acelerada del universo, refuta la idea de que el universo es estable y eterno, pues la constatación de que tiene un final implica necesariamente que tuvo un principio, y todo principio supone un creador. Además, según la ley de la entropía, los sistemas cerrados como el universo van degenerando y son cada vez más imperfectos, hasta que colapsan. Esta ley implica que, si nos remontamos atrás, el universo era absolutamente perfecto en el momento de su creación. 

La teoría de la relatividad, de Einstein, demuestra por su parte que el tiempo, el espacio y la materia están vinculados de manera inquebrantable, y que ninguno de los tres puede existir sin los otros dos. De su postulado se sigue fácilmente que, si hubo un principio del universo y todo principio exige una causa, esta no pudo ser ni temporal ni espacial ni material.

El Génesis y el big bang

En tercer lugar, la teoría del big bang, formulada por el cosmólogo y sacerdote Pierre Lemaître, que encontró el rechazo total y la persecución de buena parte de la comunidad científica —el propio Einstein exclamaba: «No, eso no, ¡sugiere demasiado la Creación!»— y que se tuvo que acabar asumiendo tras el descubrimiento de la radiación de fondo cósmico, que no es sino un eco a través de los tiempos del estallido del átomo original y perfecto. Uno de los descubridores de esta radiación de fondo cósmico es el estadounidense Robert Wilson, premio Nobel de Física en 1978, quien firma el prólogo al libro. «Ciertamente, para una persona religiosa formada en la tradición judeocristiana, no puedo pensar en una teoría científica del origen del universo que coincida mejor con las descripciones del libro del Génesis que el big bang», escribe. 

Por su parte, el ajuste fino del universo, ampliamente admitido por la comunidad científica desde los años 1970, plantea una cuestión irresoluble para el materialismo: son tantos los parámetros —fuerza de la gravedad, electromagnética, velocidad de la luz, constante cosmológica…— que, de variar solo uno una milésima, harían imposible la vida en la tierra, que quienes niegan la existencia de una inteligencia detrás del equilibrio maravilloso del mundo se aplican a ecuaciones exponenciales de resultados absurdos. Los fabulosos ajustes del universo se resumen en una veintena de valores numéricos, determinados desde el primer instante de su aparición, invariables en el tiempo y en el espacio que dan lugar al principio antrópico: pareciera que todo está milagrosa y milimétricamente preparado para que exista el hombre en la tierra. Sin olvidar modelos como el Big Crunch, construcciones mentales que hablan de multiversos y big bangs infinitos que no se basan en cálculo ni en posibilidad de demostración alguna. Todo para demostrar que el azar, y no la inteligencia, son los causantes de este universo.

Algo similar se produce en el campo de la biología, donde, con una mínima alteración, la máquina perfecta del cuerpo humano se destruiría. El abismo al que se enfrentan los biólogos para tratar de explicar —o comprender— cómo se pasó de lo inerte al mundo vivo es mayor que el que tendrían que recorrer para explicar el origen del universo. Si bien no sabemos —ni sabremos— cómo se produjo el salto del lado inerte a la forma más simple de vida, ni cómo replicarlo, la ciencia sí sabe lo suficiente como para evaluar la improbabilidad —infinita— de que se produjera por azar.

Estos avances, como recogen Bolloré y Bonnassies en Dios, la ciencia, las pruebas, han arrinconado las tesis materialistas hasta un punto en que la navaja de Ockham ya cae del lado de Dios: es más sencilla y probable la explicación de una inteligencia superior detrás del mundo que los multiversos e infinitos big bangs que se plantean por parte del ateísmo. «El materialismo es una creencia, y siempre lo ha sido. Además, ahora se está convirtiendo en una creencia totalmente irracional, porque los materialistas ya solo tienen la necesidad de creer en un montón de cosas descabelladas para poder justificar su creencia», explica Bolloré. 

¿Por qué creen que anteponen sus creencias al conocimiento científico? «La existencia o no de los alienígenas, por ejemplo, es algo que no molesta. Pero la posible existencia de Dios sí enfada a las personas. En gran parte por prejuicios, porque creen que Dios limita su libertad, los juzga…», responde Bolloré. Para Bonnassies, es un proceso: «Con 20 años era ateo, y necesité mucho tiempo para aceptar la existencia de Dios. Un amigo, tras convertirse, me dijo: “No te imaginas el tiempo que se necesita para poner en coherencia mis nuevas convicciones con mis ideas”».

Sabedores de las pasiones que podían despertar, los autores dedican un capítulo inicial a sentar las bases de la investigación, pues encontraron que «una de las principales objeciones al libro es que la gente cree que decir que hay pruebas de la existencia de Dios equivale a demostrar científicamente dicha existencia. Se confunde una prueba con una demostración», reconoce Bonnassies. Por ello, de manera impecable, establecen una definición de prueba y una gradación de las diferentes certezas que se pueden obtener mediante la investigación científica, aclarando que la «demostración o fuerza absoluta» solo rige para las matemáticas, la lógica y la algoritmia. Las pruebas físicas de carácter fuerte corresponderían a las que abordan en el libro —big bang, muerte térmica del universo o principio antrópico— y estarían más probadas que la teoría de la evolución o la paleontología, sin olvidar que hipótesis como las de los universos paralelos y los multiversos son pura especulación, de fuerza nula. Por ello, es cierto que este libro no pretende establecer una demostración de la existencia de Dios, pero aporta pruebas más que suficientes para afirmar que la creencia en Dios no solo no es contradicha por los avances de la ciencia, sino que es la posición intelectual más racional y razonable de acuerdo con los conocimientos que tenemos hoy en día. 

«Probar la existencia de Dios y probar su inexistencia no son trabajos simétricos —explica Bonnassies—. Para probar la inexistencia de los extraterrestres, tendríamos que ir a todos los planetas, galaxias, sistemas solares de todos los tiempos… Es decir, podemos probar su existencia, pero no su inexistencia. Bertrand Russell dijo: “Si yo creo que hay una tetera orbitando entre Marte y Venus, no tengo que probar que existe, vosotros me tendréis que demostrar que no”. Estoy de acuerdo: tenemos que probar que Dios existe, porque no se puede demostrar que no existe. Los creyentes aportamos las pruebas. Para que el debate funcione, los ateos deberían basarse en estas pruebas y tratar de desmentirlas o probar que son falsas».

Dios, la ciencia, las pruebas aporta más de 400 cifras, 500 notas al pie, más de 2.800 nombres, «y en dos años publicado en Francia ni una sola persona ha podido desmentir o demostrar que un solo dato no sea cierto», señalan con orgullo.  «Si es verdad que Dios existe, todos los saberes tienen que tender obligatoriamente a ello. Si todas las disciplinas que hemos tocado confluyen en un resultado, es porque debemos concluir que este conocimiento es cierto», sentencia Bolloré. 

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