El sacerdote, que fue presidente de Comunión y Liberación entre 2005 y 2021, recopila, en un libro editado por la Biblioteca de Autores Cristianos bajo el título No hemos visto nada igual, diversos textos en los que aborda la transmisión del cristianismo en el contexto actual
Julián Carrón (Navaconcejo, Cáceres, 1950) vive hoy, tras la importante responsabilidad al frente de Comunión y Liberación que dejó en 2021, entre centros educativos y la atención a personas que se lo piden. Le siguen ofreciendo clases en la Universidad del Sacro Cuore de Milán y está comprometido con la obra de dos centros: Cometa, en Como, que fue alentado por Luigi Giussani, y la Fondazione San Michele Arcangelo, en Bérgamo. En estos dos lugares entabla contacto con personas en proceso de formación profesional, algunas de ellas con dificultades. Dice que es un «desafío» después de tantos años enseñando a otros niveles. Recientemente, pasó por España para presentar su último libro, No hemos visto nada igual. La transmisión del cristianismo hoy, editado por la Biblioteca de Autores Cristianos. Se trata de una recopilación de entrevistas, conversaciones, mesas redondas, artículos o intervenciones breves que demuestran una preocupación por el hombre y su plenitud. Entre encuentros y la presentación, en la que participó el arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, guardó un rato para asomarse a la sede del Servicio de Publicaciones y Editoriales de la CEE y charlar con ECCLESIA.
—¿Es diferente el modo de transmitir la fe en una universidad a hacerlo en un centro de formación profesional?
—En realidad, siempre he hablado de forma concreta de las cosas que me interesaban de Dios. Para mí, la fe es algo que tiene que ver con la vida. Por tanto, me interesa cómo la fe puede iluminar y ser significativa en la relación con las personas, a través de las preguntas que tienen y de los desafíos que afrontan. Las personas con las que me encuentro son distintas, pero el tema, que es la vida, es igual para todos.
—En el libro, que incluye muchos temas y géneros, se aborda la realidad actual, los signos de los tiempos de hoy. ¿Cuál es su análisis?
—Los signos de los tiempos son los que tenemos delante, los que se ven en la relación de un padre con el hijo, del educador con los estudiantes o del párroco con las personas que participan de la vida eclesial. Ha habido un derrumbe de fundamentos que antes eran evidentes. Hoy, una madre puede llegar a no entender de qué tristeza le habla su hija, aunque esta tenga las necesidades materiales resueltas. Estamos delante de un mundo nuevo y hay dificultades a todos los niveles: en el hogar, en las relaciones políticas, en las relaciones internacionales… Todo lo que ha aportado el cristianismo y que se ha sostenido con leyes a lo largo de décadas —vida, matrimonio, educación…— se está derrumbando delante de nuestros ojos por haberlo separado del origen. Se ha demostrado que las raíces, como decía Benedicto XVI con lucidez, no han sido capaces de resistir los avatares históricos del tiempo, los problemas. Es lo que estamos viviendo. Y esto, que es una desgracia, muestra que las raíces no eran sólidas.
—¿Qué ha pasado?
—Se ha planteado el cristianismo como una serie de reglas o de mandamientos a los que podemos ser fieles (Kant), pero esto no es suficiente para dar vida a la persona. No basta para levantarse por la mañana, para amar a la mujer, a los hijos o para introducir una novedad en la historia. Por ello, esta época es una gran ocasión para descubrir de nuevo la naturaleza del cristianismo, que hemos reducido a ética y valores.
—Le hago la pregunta que se planteaba T. S. Eliot y que usted recoge en su obra: ¿Es la Iglesia la que ha abandonado a la humanidad o la humanidad que ha abandonado a la Iglesia?
—Creo que las dos cosas. La humanidad ha pensado que no tenía necesidad de la novedad que Cristo ha traído a la tierra y, por tanto, ha buscado la respuesta en otro modo de estar en la realidad, de vivir la vida y las relaciones. En este contexto, Dios no tiene relevancia social ni personal. Ahora, la sociedad está haciendo su verificación y vemos el vacío, el escepticismo, la falta de duración de las relaciones, el escaso gusto por vivir o el malestar. La Iglesia, por su parte, está viendo qué pasa con la propuesta que ha hecho. Una propuesta que insistía, sobre todo, en la moral y no en el anuncio cristiano. Por tanto, en el cuadro que tenemos delante hay personas a las que no les resulta atractivo lo que decimos. Esto no quiere decir que no busquen respuestas. La gente no se va porque tiene un problema con un dogma, se va porque lo que decimos no le interesa para su vida. Me parece una ocasión estupenda, porque el cristianismo tiene algo significativo que transmitir a estos buscadores. El cristianismo tiene que aparecer hoy con otro rostro. El que ya se conoce no interesa.
—Tiene que volver a provocar la exclamación: «No hemos visto nada igual». Pero también es cierto que los que lo exclamaron primero eran pocos. ¿Cómo hacer que el hombre de hoy se sienta atraído por el cristianismo?
—No tengo otra respuesta: hacer que vuelva a suceder lo que sucedió hace años. Aquí aparece la pregunta de si el cristianismo es una cosa del pasado o continúa sucediendo en el presente. Solo si sucede en el presente, se puede exclamar la frase del título del libro. Y esto se hace a través de las personas. Es, verdaderamente, impresionante.
—¿Por qué?
—Porque nos pone delante del método de Dios.
—¿Puede ahondar en esta afirmación?
—El año pasado fui a dar una conferencia a la diócesis de Getafe sobre la transmisión de la fe. En cierto momento, desafié a todos los presentes. Les pregunté por dónde empezarían a cambiar el mundo si tuviesen a su disposición todos los recursos para hacerlo. Ninguno pensó en el método que Dios había escogido: Abrahán. Parece que este método, como ya reflexionó Benedicto XVI, es poco eficaz para cambiar el mundo. Pero desde Abrahán hasta nuestros días han sucedido cosas. Lo fundamental es que la persona viva una novedad cuando se encuentra con el otro, porque ve cómo habla, cómo vive y afronta las dificultades. Y, por eso , quiera vivir como ella, con alegría y esperanza. El cristianismo no ha tenido ninguna necesidad de más poder que el testimonio de vida de la sobreabundancia divina. Llega a través de la vida cambiada de las personas. Esto tiene que suceder hoy como en los inicios del cristianismo. Aquellos discípulos, sin ningún tipo de apoyo social, poder o relevancia cultural, cambiaron la realidad.
—Hay posiciones diversas en la necesidad de llevar el mensaje de Cristo a la sociedad. Unos piensan que es mejor replegarse y rearmarse, mientras que otros sostienen que hay que salir…
—Cada uno tendrá que hacer la verificación de su propuesta. Por ejemplo, se podrá analizar si la llamada opción benedictina de Rod Dreher produce el cambio en la persona para que otros se sientan atraídos. Luego están los que se mezclan con todos. La cuestión no es estar o no estar con todos, sino si, cuando estemos con ellos, tenemos algo distinto que decir y aportar. Yo me identifico más con la segunda opción, pero no basta ir a los sitios y decir las mismas cosas que los demás; la cuestión, repito, es si tienes algo que pueda interesar.
—En el libro se reproduce una interesante conversación sobre el mal. A veces, cuando sucede algo difícil de entender o que nos tambalea, pedimos cuentas a Dios. Incluso lo hacen los que dicen no creer. ¿Falla la concepción que tenemos de Dios?
—Absolutamente. La cuestión aquí es la imagen que uno se hace de Dios, como alguien que tapa agujeros. ¿El problema es Dios o es una objeción a Dios por haber hecho al hombre libre? El problema de fondo es la objeción a la libertad. Si Dios ha creado al hombre libre, no puede estar constantemente interviniendo, impidiendo la libertad. El mal es una consecuencia del uso de la libertad. Si no se propone un atractivo que desafíe la libertad para mostrar que se puede realizar mejor, no podremos responder al mal. A mí me impresiona que Jesús entra en la historia y el mal existe. Por ejemplo, se encuentra con la samaritana, que había tenido cinco maridos. A él no le interesa solo perdonarla, que la perdona, sino que quiere responder a su sed. Porque si no cubre esta necesidad de felicidad, irá a buscar a otro marido. Si Jesús no responde a la sed de plenitud que cada uno tiene, es inevitable que busquemos en otro sitio. Este deseo de plenitud no es anecdótico en la vida. Es lo que somos. Jesús viene para responder a esta sed. Si recibe la respuesta, la gente no necesitará hacer el mal para encontrar cierta plenitud ni en la violencia ni en la posesión de cosas. «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Solo quienes tengan esta experiencia de vida podrán ser tan libres que el mal no se extenderá. ¿Por qué? Porque no tendrán necesidad de hacer el mal para ser felices. Hay gente que hace el mal o se entrega a actos de violencia y no sabe realmente por qué lo hace… Hay un vacío, una pérdida de las referencias sobre lo que significa vivir. Sin responder a esto, no resolvemos el problema del mal. No basta volver al moralismo, a decir: «No hagas esto o esto otro». No basta con volver a la insistencia moral para que alguien nos escuche, hay que proponer algo atractivo que le mueva.
—Por tanto, para que el cristianismo vuelva a interesar a las generaciones actuales, tiene que abordar el deseo de plenitud. ¿No es así?
—Esto es decisivo. En un mundo marcado por el cambio de época, ¿qué surge ante nosotros con claridad? El deseo de plenitud. O la propuesta cristiana se dirige al deseo de plenitud de las personas, que es para lo que vino Cristo, o esto no le interesa a nadie. Esto es importante, porque lo que está viviendo la sociedad actual no es solo un problema psicológico, sociológico, de incoherencia moral o de falta de formación. Esto no es suficiente para abordar la naturaleza última del problema. Dios nos ha creado con un deseo de plenitud que pertenece a nuestra naturaleza, que es lo que somos. Y esto, insisto, no es accesorio, no es algo que podamos dejar de tomar en consideración, como si no fuera importante. Si no se responde a este deseo, las personas que no tienen el gusto por vivir utilizan la violencia o buscan respuestas en cosas que no se las pueden dar.
—¿No cree que, en ocasiones, solo recurrimos a la fe cuando tocamos fondo? ¿Cómo hacer que la fascinación surja en toda circunstancia?
—Los primeros discípulos no se encontraron con Jesús por una desgracia. Fue fruto de la fascinación por la presencia de una persona que vivía una plenitud que, con todos sus intentos, sus esfuerzos y estrategias, no podían llegar a soñar.
—Y una última pregunta. Usted estuvo muy cerca de Giussani. ¿Cuál sería su propuesta para el hoy que vivimos?
—Una cosa: el cristianismo es un acontecimiento o no es cristianismo. Un acontecimiento que consiste en el encuentro. Porque el cristianismo no se puede comunicar solo como una abstracción o un elenco de normas morales, sino saliendo al encuentro de cada persona. Y puede tener hoy la misma capacidad de fascinación que tenía al principio. Por eso digo que las actuales circunstancias pueden ser una grandísima ocasión para descubrir la naturaleza del cristianismo.








