El Pontífice ha visitado el Encuentro por la Amistad entre los pueblos y se ha encontrado con la Iglesia particular
Tras San Marino, León XIV ha viajado el sábado 22 de agosto a Rímini para participar en el 47.º Encuentro por la Amistad entre los pueblos, que organiza cada año Comunión y Liberación. En esta ocasión, el lema toma una cita de la Divina Comedia: «El amor que mueve el sol y las demás estrellas».
El Pontífice recordó las distintas estancias del lugar que acoge el encuentro, visitando las distintas exposiciones y encontrándose con los asistentes, algunos de ellos especiales. Como Lou Marini, uno de los músicos de Blue Brothers, o Roselin Hamel y Nassera Kermiche, hermana del padre Jacques Hamel, asesinado en 2016, y madre de Adel, uno de los agresores. El testimonio de las dos mujeres, marcado por el perdón y la amistad, se ha podido escuchar estos días en la ciudad italiana.
El discurso de León XIV ha casado perfectamente con esta historia, pues lo ha centrado, en un primer momento, en el poder del amor, en la gratuidad de Dios, en la conciencia de que el mal no se combate con mal. «Como en el cielo, así también en la tierra el amor es la ley de la vida, el método de la redención, del Mesías crucificado. Al falso realismo, que rearma las mentes, las palabras y las naciones, la cultura católica debe oponer hoy el realismo de la misericordia, según el cual no pueden existir enemigos y todos, incluso los adversarios, son hermanos y hermanas a quienes mirar a los ojos y con quienes encontrarse en la verdad. El pecado existe, sin duda, pero es más fuerte el amor redentor de Cristo, que nos exige purificar los pensamientos, los intereses, los hábitos, las relaciones, los proyectos, las inversiones —cada aspecto de la vida— de todo aquello que la cultura del poder ha contaminado», ha afirmado.
En este sentido, ha hecho una llamada a la responsabilidad personal, a poner los talentos al servicio del bien común. También a superar la desconfianza, la cultura de la prepotencia, la educación de la ideología, el trabajo de la idolatría del lucro y la tecnología y las finanzas de los negocios de la muerte. Así, ha pedido que se desenmascaren «las relaciones injustas de poder, que son la raíz de la pobreza y las desigualdades, de la guerra y de los desastres medioambientales».
Y ha añadido: «Desarmemos el desarrollo tecnológico cuando se vuelve omnipresente y destructivo. Se necesitan pioneros valientes que, empezando por su propio cambio de rumbo, hagan convincente y creíble la conversión que se exige a todos».
En el fondo, se trata de asumir el riesgo de educar del que hablaba Giussani, que es lo mismo que implicarse en los problemas de nuestro mundo para hacer una propuesta liberadora, aunque sea un reto enorme.
Y esta llamada a la acción la ha dirigido también de forma particular a los jóvenes: «El amor mueve, impulsa, despierta del letargo, suscita nuevas vocaciones y llama a arriesgarse. ¡Pónganse en juego! Ábranse a una verdadera catolicidad, ampliando sus vínculos más allá de cualquier pertenencia demasiado limitada. Que el Movimiento, los grupos y las comunidades sean un trampolín desde el que se lancen de lleno a toda la realidad. Combatan aquello que quiera alejarlos de sus hermanos y hermanas de diferentes culturas, sensibilidades y procedencias, especialmente de los más pobres. Al contrario, ¡salgan al encuentro de todos!».
El Pontífice ha concluido su discurso con dos llamadas concretas a Comunión y Liberación: a la unidad, la comunión, tema sobre el que había hablado ya en San Marino, y la sinodalidad. Sobre esta última cuestión, ha explicado: «Los invito a vivir esta experiencia de caminar juntos: cada uno escucha, se deja transformar por la fe de los demás y, juntos, bajo la guía de los pastores, maduran nuevas conciencias, nuevos pasos, valientes actos de obediencia al Espíritu Santo. La sinodalidad no es el nombre de un proceso, sino la naturaleza de un pueblo que, en la amistad y en el encuentro con el otro, se percata de que pertenece únicamente a Dios. Entonces, la autoridad se convierte en servicio, que honra las diversidades y facilita su armonía. Este estilo constituye, en esta época convulsa, un auténtico signo de los tiempos. Demos testimonio de que cada carisma es para el bien común, de que toda riqueza se multiplica si se comparte, de que todo miedo puede superarse: debemos hacerlo tangible, creíble y deseable».

Con la Iglesia local de Rímini
Tras su paso por el Encuentro por la Amistad entre los Pueblos, el Papa se ha dirigido a la catedral de Rímini para encontrarse con personas enfermas y con discapacidad atendidas por Cáritas. A todos ha invitado a dejarse sanar por Jesús, dejarse perdonar y convertir, para, después, «caminar juntos en su Iglesia, la comunidad que él ha formado para llevar a todos el Evangelio de su victoria sobre el pecado y la muerte».
El colofón a la jornada fue una Eucaristía en el puerto de Rímini, donde, en la homilía, ha recalcado que la verdadera autoridad es el servicio y que todo el Pueblo de Dios, y no solo los pastores, «está llamado a abrazar, reunir, acoger, liberar, perdonar, emancipar a todo aquel que sea prisionero del pecado y de sus consecuencias».
«Todo lo que somos y tenemos es don de Dios, confiado a nosotros para que, en sus manos, podamos ser los unos para los otros instrumentos de salvación en la justicia, a partir de los lugares y las personas con quienes vivimos y trabajamos cada día, para dirigirnos, con un corazón grande y abierto, al mundo entero», ha afirmado.
Finalmente, desde un lugar dedicado especialmente al esparcimiento, el Pontífice ha recordado que en Dios encontramos el verdadero descanso. «Sabemos que el lugar más verdadero donde encontrar descanso, donde encontrar a Dios para encontrarnos de verdad entre nosotros, no está fuera, en el caos, sino dentro de nosotros, en lo profundo del alma. Como comunidad cristiana estamos, pues, llamados de modo especial a cultivar esta experiencia y a transmitirla, en la apertura y en la hospitalidad personal y de las estructuras, en el cuidado y en el recogimiento de las iglesias, en la disposición a la ayuda y a la caridad».







