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La Losa levítica (I)

Primero fue el espíritu, después la norma, y después las veinte adendas que se necesitan para explicarla. La ley llama a la ley, y a cada nueva regla que se fija le salen, por lo general, sus veinte hijas a imagen y semejanza de la madre y a cada cual más minuciosa y asfixiante que la anterior. Así, lo que en principio nace como puente hacia la paz corre el riesgo de convertirse en muro que la oculta, y lo que surge como guía hacia el otro termina por convertirse en un bosque impenetrable en el que cada árbol trae su tocho de reglamento y cada rama su excepción a la excepción de la excepción. Es justo ahí donde la lógica se pierde y la verdadera justicia se enreda entre puntos, comas, pautas y artículos numerados.

La regla y el código son necesarios, dígase bien alto. La alternativa es el caos, la caída al vuelo de cada uno, anarquía que, además de inútil, es costumbre bárbara y nada elegante. Pero es que el problema no nace en la misma norma, sino en el momento en que esta se esculpe en mármol y se alza como ídolo. Se empieza con buena intención —corrijamos este vicio, regulemos este comportamiento, evitemos este abuso, seamos fieles al origen— y se acaba, si bien no se mira, con un artefacto irrespirable de leyes apiladas unas sobre otras, caídas sobre el individuo como una losa, lastrándole el corazón y acumulándole angustias en el pecho. Una norma aplicada a destiempo, traída sin misericordia y ejecutada sin sentido del amor, ni del humor, ni del favor ni del honor, puede convertirse en guillotina exacta que cae indiferente sobre cualquiera, tajándolo en dos. Y así sucede, de hecho, que lo que servía para ordenar la vida acaba desordenándola y lo que había nacido para evitar el atropello termina, ay, atropellando.  

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