Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Rodrigo Hidalgo (Escuela de Teología en Internet): «Las personas no somos meros datos alojados en un servidor»

El dominico, director de la Escuela de Teología en Internet, reclama límites éticos a la inteligencia artificial inspirados en Vitoria y en Magnifica Humanitas

Dominico de la Provincia de Hispania, Hidalgo dirige la Escuela de Teología en Internet (ETI) de la orden, es profesor y está al frente del Colegio Mayor Universitario Cardenal Xavierre. Además, junto a otros ocho religiosos de distintos países, forma parte de la comisión internacional de la Orden de Predicadores sobre la IA y la tecnología en la predicación.

—La ETI arrancó con menos de 60 alumnos y hoy supera los 300. ¿Qué explica ese crecimiento y cuánto puede crecer una escuela así sin perder el trato personal con cada estudiante?
—Cuando se me encomienda la integración de las dos escuelas online que teníamos los dominicos en España, hacia mediados de 2019, ambas escuelas estaban llegando, por distintos motivos, al final de un ciclo, y la primera impresión no era muy positiva. Ante esa realidad, desde el primer día hicimos cambios imprescindibles en la forma de trabajar y de comunicarnos con los alumnos, y mostramos una nueva imagen. Si a eso sumamos la pandemia y el documento de la Santa Sede en el que lo online, con matices, se veía como una opción de formación, el resultado fue un crecimiento constante hasta superar el curso pasado los 300 alumnos repartidos por España y todo el mundo de habla hispana. Para una escuela que enseña teología, nos parece una muy buena cifra. A esos motivos se suma, y esto es muy importante, el deseo de un laicado que quiere formarse de manera seria, crítica y sistemática en su fe, con la ventaja que tiene lo online: en casa, a su ritmo y dentro de la tradición teológica de los dominicos.

—Tienen alumnos en España, Hispanoamérica, Estados Unidos y ya también en países como Suecia o Reino Unido. ¿Qué cambia al enseñar teología a gente que vive la fe en contextos tan distintos?
—Para todos ellos lo online ha supuesto una puerta abierta para poder realizar algo que de otra manera sería imposible, como es estudiar una ciencia tan particular como la teología. No en todas las ciudades hay facultades de Teología, ni mucho menos, y no todo el mundo tiene tiempo para acercarse a recibir clases al final del día, después de una jornada laboral intensa. Nuestra metodología es distinta: el alumno organiza su currículo y decide el tiempo que quiere y puede dedicar a cada materia. Por tanto, la flexibilidad de horarios y la deslocalización geográfica son el valor añadido de la propuesta online, que permite compatibilizar la vida laboral, familiar y académica.

—Por la escuela pasan seglares, diáconos permanentes, monjas de clausura, profesores y también personas que no creen. ¿Qué busca alguien que no tiene fe cuando se matricula en Teología?
– Como bien dices, el perfil que tenemos es muy amplio, incluso con personas que se acercan solo por «conocer algo más de lo cristiano». Pero en todos ellos se repite un patrón común, y ellos mismos te lo dicen: «Siempre quise estudiar teología…, pero». Casi diría que están cumpliendo el sueño de hacer algo que, por diversas razones, no pudieron hacer antes. En ese grupo encontramos un número no despreciable de personas que han terminado su vida laboral, algunas de ellas profesores universitarios o docentes en centros educativos. Me atrevo a decir que todos los que vienen lo hacen para encontrar fundamentos sólidos para su fe explicados de manera sistemática, sobre todo en una sociedad secular donde, por momentos, desde ciertas instancias mediáticas o bien se quiere silenciar el hecho religioso o bien tergiversar su contenido. Ante tanta información cruzada, no siempre compatible, es normal que la gente con sentido crítico quiera encontrar razones de lo que cree y espera.

—En la apertura de este curso dijo que «la educación va a cambiar para siempre». ¿Qué va a cambiar exactamente y qué debería seguir como está?
– Cuando digo que «la educación va a cambiar para siempre», no estoy pensando simplemente en que tendremos más ordenadores, más clases online o más inteligencia artificial. El cambio va a ser mucho más profundo. Va a cambiar, en primer lugar, nuestra manera de acceder al conocimiento, como ya estamos viendo. Durante mucho tiempo el profesor ha sido, en buena medida, quien poseía y transmitía la información. Hoy, en cambio, tenemos una cantidad inmensa de información disponible en segundos y una inteligencia artificial capaz de explicarnos un concepto, resumir un libro, traducir un texto o ayudarnos a formular una pregunta. Por tanto, enseñar ya no puede consistir principalmente en transmitir información, como se venía haciendo, sino en dar claves para interpretar con certeza todo lo que vamos recibiendo y crear auténtico conocimiento organizado. También la metodología de la educación, me parece, tendrá que ser más flexible y personalizada, como ya ocurre en lo online. ¿Y qué no variará? La figura del «maestro» o profesor que despierta en el alumno lo mejor de sí mismo para poder relacionarse y situarse en este mundo de la información, con cambios tan profundos.

—¿Usan ustedes la inteligencia artificial en la escuela? ¿Cómo saben que el trabajo que entrega un alumno lo ha pensado él y no una máquina?
—No. Los apuntes y el material que entregamos, que todos agradecen, son fruto de años de docencia de profesores dominicos. ¿Usaremos algo para controlar la IA? Ese es el debate que tenemos ahora los profesores, si usar o no un software específico para detectar si las respuestas se han hecho con IA. Pero antes de tomar estas medidas, lo que planteamos a todos nuestros alumnos es que quien viene a la ETI no lo hace por títulos ni por calificaciones, sino por aprender, por encontrar razones para su fe, para ser evangelizador y mejor cristiano, para hacer experiencia de Dios desde el estudio de la ciencia sagrada. Por tanto, cada uno tendrá que recorrer con responsabilidad y seriedad su propio camino personal de estudio y discernimiento. Buscar atajos, pensamos, no tiene sentido en nuestra escuela.

—Ha dicho que la IA puede ser un avance o un peligro, según la usen quienes tienen el poder para imponer una visión del mundo. ¿En qué riesgos concretos está pensando?
—Siempre lo he dicho, también en la inauguración del nuevo curso de la ETI. La IA representa la gran revolución del siglo XXI y va a cambiar el mundo laboral, social, económico y, por supuesto, el educativo tal como lo hemos conocido hasta ahora. Por tanto, la primera tarea es conocerla en su grandeza y en su debilidad. Su grandeza está en que los algoritmos matemáticos son capaces de procesar a gran velocidad muchísima información y entregarnos resultados inmediatos y muy bien formulados, y no te quiero ni contar si le pides un mapa conceptual o una infografía. Pero ¿son siempre ciertos? Basta consultar distintos modelos de IA para darse cuenta de que a veces difieren, y no poco. Por eso sigue siendo necesaria e imprescindible la figura del profesor, del tutor, del que va por delante del alumno por sus años de estudio de la materia y ha generado conocimientos más asentados y contrastados por la experiencia y la docencia. En esta primera aproximación, el peligro sería doble: consumir información sin ningún filtro y dejar que la IA concluya y valore por nosotros aquello que consideramos importante. En lugar de hacernos libres, eso nos devuelve a la servidumbre de la visión unilateral del algoritmo programado. No debemos permitir que alguien externo decida por nosotros y nos diga qué vemos y cómo lo vemos, porque así se genera un pensamiento único que no refleja la realidad.

—¿Qué aporta Magnifica humanitas, de León XIV, al debate sobre la IA? ¿Qué debería subrayar un educador al leerla?
—Creo que Magnifica humanitas aporta algo fundamental al debate sobre la inteligencia artificial. Vuelve a colocar a la persona, al ser humano, a la criatura creada a imagen y semejanza de Dios, en el centro del desarrollo tecnológico, uniendo ética y tecnología. Frente a una discusión que muchas veces se plantea únicamente en términos tecnológicos —qué puede hacer la IA, hasta dónde llegará, qué profesiones sustituirá—, León XIV nos propone una pregunta anterior, mucho más importante y profunda: ¿qué tipo de ser humano y qué tipo de sociedad queremos construir con esta tecnología? En definitiva, la ética al servicio de una IA más humana. El Papa no se opone, como es lógico, a las ventajas que la IA puede traer a la sociedad, pero nos llama a pensar al servicio de qué ponemos esta poderosa herramienta, y afirma que una tecnología solo será verdaderamente buena si está al servicio de la dignidad humana, del bien común y de la justicia, sin excluir a nadie.

—Vitoria y los maestros de San Esteban pensaron los derechos humanos y los límites al poder en el siglo XVI. ¿Qué herramientas de aquella escuela sirven hoy para pensar la IA?
—Evidentemente, Vitoria y los maestros de Salamanca no podían imaginar nada acerca de la inteligencia artificial, pero sí tuvieron que enfrentarse a algo que tiene mucha actualidad y que nos conecta con ellos. Vieron un mundo que estaba cambiando rápidamente con el descubrimiento de América y en el que aparecían nuevas formas de poder y de dominación. Ante aquella realidad no se limitaron a repetir respuestas antiguas, «las de siempre». Se plantearon cuestiones fundamentales, novedosas desde la teología de santo Tomás: ¿todo lo que puede hacer el poder es siempre legítimo?, ¿existen límites?, ¿qué derechos tiene la persona?, ¿hay principios universales que deben respetarse independientemente de quién tenga la fuerza o la capacidad para imponerse? Hoy ese poder está en manos de las grandes corporaciones tecnológicas, y es en ese límite al poder para salvaguardar la dignidad de la persona, en línea con Magnifica Humanitas, donde veo la aportación de Vitoria y sus compañeros salmantinos. No todo lo que se pueda hacer con la IA está legítimamente permitido; la tecnología tiene que tener límites éticos marcados por la dignidad, la libertad y los derechos inalienables de las personas. Y, ahondando un poco más en la misma idea, las personas no somos meros datos de consumo alojados en un servidor remoto, «seres útiles» a los que enviar información rentable, sino personas con derechos y dignidad.

—Si la información está a un clic, ¿el reto de la educación ya no es solo transmitir información, sino enseñar a discernir qué merece la pena?
—Comparto la apreciación. La educación y el profesor seguirán transmitiendo información, pero ¡hecha conocimiento!, experiencia, sabiduría de quien tiene bases sólidas para ampliar el horizonte de comprensión de los alumnos y ayudarles a desarrollar un pensamiento crítico, capaz de filtrar y discernir toda la información que nos llega. Y ahí aparece una palabra fundamental, discernimiento. Educar será cada vez más enseñar a distinguir entre información y conocimiento, entre opiniones y certezas, entre lo verdadero y lo simplemente verosímil, entre lo importante y lo superficial, entre aquello que nos ayuda a crecer y aquello que simplemente reclama nuestra atención.

—Como educador, ¿qué le preocupa más de cómo aprenden hoy los jóvenes, entre las pantallas, la falta de atención y las respuestas inmediatas?
—A estas alturas ya no podemos prescindir de las «pantallas» en la educación. Solo en un móvil, por ejemplo, llevamos más información sobre cualquier ciencia que la que había en cualquier biblioteca hace unas décadas. ¿De qué se trata? Simplemente de aprender a utilizarlas como herramientas, como medios, y no como fines en sí mismos. Si las «pantallas» no nos aíslan y nos ayudan a ver la pluralidad del mundo, a descubrir las necesidades de los que sufren, a dialogar con los que piensan distinto, si nos abren a la experiencia del encuentro con el otro y, por qué no, con Dios —muchos conversos tuvieron su primer encuentro con la Iglesia a través de una entrevista en YouTube—, bendita tecnología. Habremos ganado como seres humanos y como cristianos en nuestra sociedad.

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now