Queridos amigos:
¡Paz y bien!
La Iglesia está viviendo un tiempo de al conmemorar el VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís, el Poverello, quien en la noche del 3 de octubre de 1226 abrazó a la «hermana muerte» cantando las alabanzas del Creador. Este acontecimiento no es un simple recuerdo de algo pasado. Es, más bien, una llamada vibrante a la conversión, a «volver al corazón». Para nuestra Diócesis de Coria-Cáceres, tan franciscana, este aire celebrativo resuena con una fuerza singular y cercana gracias a la imponente figura de nuestro patrono, San Pedro de Alcántara, el reformador extremeño que encarnó, siglos después del nacimiento de la orden franciscana, la radicalidad del carisma original de Asís.
Existe un providencial blanco cordón, como el del hábito franciscano, que une la Alverna y la Porciúncula, los paisajes pisados y recorridos fervorosamente por Francisco de Asís, con los encinares de Alcántara y el recoleto convento de El Palancar, de nuestra tierra extremeña, recorrida insistentemente por el santo alcantarino. Ese cordón es la fidelidad al Evangelio desde la humilde sencillez, la pobreza extrema, la contemplación y, aunque en la actualidad no está muy de moda, la penitencia. Cuando el espíritu franciscano corría el riesgo de acomodarse al cansado paso de los tiempos, el Señor regaló a nuestra tierra a Juan de Garavito y Vilela de Sanabria. Al vestir el sayal y tomar el nombre de Pedro en el convento de los Majarretes, el joven alcantarino asumió también la misión de devolver a la Orden Franciscana su frescura primitiva, convirtiéndose en el retrato vivo de San Francisco en pleno Siglo de Oro español.
El paralelismo entre ambos gigantes de la vida austera de fe es conmovedor. Si Francisco, fue el hombre de la paz y el bien que se desnudó ante el obispo de Asís, Pedro de Alcántara llevó la austeridad hasta límites que asombraron a la mismísima Santa Teresa de Jesús, quien dejó constancia de que su cuerpo parecía «hecho de raíces de árboles». Ambos entendieron que la auténtica reforma de la Iglesia no nace de la imposición ideológica o de la inversión de la escala de poder, sino de la santidad personal de vida, de la oración en el silencio y del abrazo afectuoso al crucificado y al desprotegido.
Celebrar este octavo centenario de la pascua de San Francisco de Asís, el juglar de Dios, nos obliga a mirar a nuestro santo extremeño con ojos renovados. San Pedro de Alcántara nos demuestra que el evangelio de Francisco no es una utopía medieval inaccesible, sino un camino fecundo y transitable. En una sociedad marcada por el consumo desmedido, el ruido mediático y la crisis ecológica, la herencia de Francisco y la reforma de Pedro nos traen aires frescos de sobriedad compartida, fraternidad y cariñoso cuidado de la naturaleza, creación de Dios.
Para nuestra diócesis, este centenario franciscano debe ser un revulsivo pastoral. San Francisco nos invita a redescubrir la alegría del Evangelio en los caminos de la vida; San Pedro de Alcántara nos apremia a buscar la hondura de la oración incluso en el ruidos y ajetreado ritmo cotidiano. Que la contemplación de este tránsito glorioso nos impulse a ser, como ellos, templos vivos de la gracia, constructores de paz en nuestras parroquias y testigos audaces del «Amor que no es amado». Que la intercesión de nuestro admirable patrón Pedro de Alcántara, nos guíe en este camino de renovación espiritual y misionera, para volver juntos al corazón y poder encontrarnos con Dios y con el prójimo, de la mano de la madre de Guadalupe que nos busca y espera.
Con mi afecto y bendición,




