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El milagro de Nakuru

En poco más de medio siglo, esta demarcación rural de Kenia ha multiplicado por diez su comunidad católica y envía misioneros a otros países

La de Nakuru no es una historia extraordinaria o, al menos, no lo es más que la de cualquier otro territorio de misión. Para conmemorar el centenario del Domund, OMP España decidió investigar la trayectoria completa de una diócesis a lo largo de este siglo, buscando un continente, un país y una demarcación al azar para extraer todo su historial durante décadas. Por tanto, si no es extraordinario en sí, el caso de Nakuru es, al menos, significativo. 

Cuando la diócesis fue erigida canónicamente en 1968 en el corazón del valle del Rift, la geografía humana de la región reflejaba las cicatrices del periodo colonial británico. Dominada históricamente por la hegemonía anglicana, la presencia católica se limitaba a pequeñas comunidades dispersas entre campesinos de las etnias kikuyu, kalenjin, luo y luhya. En 1970, los registros oficiales consignaban apenas 72.000 católicos en un territorio vastísimo. Cinco décadas después, la cifra de fieles supera los 677.000, apoyada en una tupida red de parroquias, escuelas y centros sanitarios.

Para comprender esta aceleración demográfica que desafía la sociología religiosa, el padre Frederick Mwangi, responsable de Obras Misionales Pontificias en Nakuru, apela a una máxima bíblica: «Yo planté y Apolo regó, pero fue Dios quien dio el crecimiento». Tras esa convicción providencialista subyace, sin embargo, una metódica estrategia de implantación social. La primera ola evangelizadora no se limitó a la construcción de templos, sino que identificó en la educación el verdadero vehículo de estructuración comunitaria. Dicho y hecho: la Sociedad Misionera de San Patricio y los Misioneros de Mill Hill levantaron instituciones emblemáticas como las escuelas de San Pablo, Santa Teresa, Elburgon o Molo, por cuyas aulas transitaron las primeras generaciones de líderes locales, incluidos el arzobispo Peter Kairo y el obispo Dominic Kimengich.

Religiosas y laicos

No obstante lo anterior, la consolidación de la Iglesia en Nakuru habría resultado inviable sin la pronta implicación de las congregaciones femeninas y la articulación del laicado de base. Las Misioneras Franciscanas para África, Hermanas de la Misericordia y las Pequeñas Hermanas de San Francisco abrieron dispensarios, centros de atención a niños de la calle y el noviciado local, que permitió dar forma a las vocaciones kenianas en su propia tierra.

Desde la primera línea del terreno en Nakuru, la hermana Ligia Ninette Ramos, religiosa guatemalteca de las Franciscanas de la Purísima Concepción
—congregación española, fundada en Murcia— que trabaja activamente en la diócesis desde hace más de una década, subraya el valor estratégico de este entramado socioeducativo: «Las escuelas hacen una gran labor, porque se catequiza no solo a los niños, sino también a los padres, que tienen una gran confianza en las escuelas católicas y se involucran activamente». Frente a las recurrentes deficiencias de la administración pública local, la red sanitaria de la Iglesia suple también lagunas asistenciales críticas. «El sistema de salud aquí a veces es un desastre por las huelgas de médicos y enfermeras, y la diócesis ayuda enormemente con sus hospitales y dispensarios», detalla la religiosa a ECCLESIA.

El verdadero motor de la vida parroquial arrancó en 1973 con la implantación de las Pequeñas Comunidades Cristianas, denominadas localmente Jumuiya Ndogo Ndogo. Impulsadas por el primer obispo autóctono, monseñor Raphael Ndingi Mwana’a Nzeki, estas células de barrio trasladaron la vivencia de la fe desde el centro parroquial hasta los propios hogares. En palabras del padre Frederick, en las Jumuiya «los laicos no se limitan a escuchar la Palabra de Dios, sino que la reflexionan juntos y consideran cómo esta debe moldear sus familias y vecindarios».

Este dinamismo cotidiano se complementa hoy con una presencia mediática adaptada a los nuevos lenguajes urbanos y digitales. Como destaca la hermana Ligia Ninnette, la diócesis ha desarrollado emisoras de radio católica e iniciativas como Capuchin TV, que permiten transmitir misas, catequesis y música con un amplio seguimiento popular: «La gente aquí es muy de fe, muy comprometida, llena de esa luz y esa chispa, y le gusta escuchar todo lo que lleva un mensaje evangélico».

Durante este tiempo, uno de los mayores retos asumidos por Nakuru ha sido la transición paulatina desde la tutela externa —donde el Domund ha jugado un papel fundamental— hacia la autosuficiencia material. A través de sucesivos episcopados —desde monseñor Ndingi y monseñor Kairo hasta el actual prelado, monseñor Cleophas Oseso Tuka, nativo de la propia diócesis—, se ha inculcado una cultura de corresponsabilidad en la que el sostenimiento de sacerdotes, catequistas y proyectos recae sobre los propios fieles.

Este compromiso se visibiliza, por ejemplo, en la celebración anual del Día de la Familia. La hermana Ligia Ninnette describe la mecánica de este esfuerzo colectivo: «Los católicos colaboran una vez al año trayendo su contribución para sostener la diócesis; cada parroquia presenta su aportación y, así, la Iglesia crea sus propios medios para salir adelante». Un ejercicio de donación que, como destaca el padre Frederick, trasciende el dinero en efectivo: «Durante la Misa, los fieles aportan según sus posibilidades, no solo dinero, sino también maíz, fruta, huevos y otros productos de la tierra».

En la actualidad, en parroquias de extensión gigantesca como Mogotio —que cuenta con más de 50 estaciones secundarias— o Keringet —con 28—, la figura del catequista laico sigue siendo insustituible para mantener vivas las comunidades adonde el sacerdote solo puede acudir periódicamente. 

Y, pese a todo, Nakuru ha dejado de ser una simple receptora de ayuda para convertirse en una Iglesia con capacidad de envío. La diócesis forma a sus seminaristas en Roma y envía sacerdotes fidei donum a otras regiones de Kenia, a países africanos como Nigeria o Malawi, y se prepara para apoyar a diócesis europeas aquejadas de sequía vocacional. Como concluye el padre Frederick evocando el histórico llamamiento de Pablo VI: «Los africanos deben convertirse en misioneros de sí mismos. Hoy, podemos añadir: los africanos deben convertirse también en misioneros para el mundo».  

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